Royal Canadian Pacific: en tren por las Montañas Rocosas

Glaciares y lagos turquesas, vastas praderas verdes y la imponente presencia de las Montañas Rocosas alimentan la leyenda de este fascinante tren

En un país de vastas extensiones de terrenos deshabitados, el tren ha sido históricamente un medio fundamental de vertebrar su espacio y alcanzar esos lugares remotos e inaccesibles. Entre la diversidad de increíbles ferrocarriles de Canadá, el Royal Canadian Pacific ofrece uno de los viajes más sorprendentes del planeta.

Sus dos rutas comienzan y terminan en Calgary. La primera es la Royal Fly-Fishing Adventure, con una duración de seis días y en la que, dependiendo de la climatología, se puede pescar con mosca en los ríos o lagos de las Montañas Rocosas. La segunda, la Royal Canadian Rockies Experience, recorre 1.050 km en una semana mientras rodea las Rocky Mountains, en un trayecto circular por el oeste del país que atraviesa paisajes de abrumadora belleza: montañas de sus cimas nevadas, tupidos bosques, ríos, lagos y cascadas.

Royal Canadian Rockies Experience

Precisamente este es nuestro tren, que es además uno de los más glamurosos del continente americano. La reina Isabel II viajó en uno de estos coches cuando era princesa, poco después de su matrimonio con el duque de Edimburgo. De ahí el ‘Royal’ que lleva en su nombre.

De principios de siglo, el tren fue restaurado para incorporar las comodidades del siglo XXI. Foto: Royal Canadian Pacific.

Los coches de pasajeros fueron construidos entre 1916 y 1931, y posteriormente restaurados para ofrecer todas las comodidades del siglo XXI sin renunciar al encanto de principios del siglo XX, la época de mayor esplendor del transporte ferroviario.

Calgary, inicio de ruta

Nuestro recorrido comienza en Calgary, una de las ciudades más vibrantes y cosmopolitas de Canadá. Ubicada en la provincia de Alberta, por su profundo arraigo con las gestas del Salvaje Oeste se la conoce como la ‘Texas del Norte’ o ‘Cowboy Country’; no en vano en su bandera figura el típico gorro de vaquero sobre un fondo rojo.

Stephen Avenue es su centro y la avenida peatonal por excelencia. Aquí se dan cita los mejores restaurantes, bares, terrazas y negocios de la ciudad, mientras la Torre Calgary, con sus 191 m de altura, es uno de los iconos de la ciudad, desde el que disfrutar de una asombrosa panorámica de 360 grados.

Los pasajeros estamos convocados a primera hora de la tarde a un pequeño aperitivo a base de vinos y quesos en el pabellón de la Canadian Pacific Railway, justo delante del Fairmont Palliser, el emblemático alojamiento donde pasaremos la primera noche.

Calgary es una de las ciudades más vibrantes de Norteamérica. Foto: Kyler Nixon | Unsplash.

El Precipicio de los Bisontes

Comienza la aventura y desde la pequeña terraza ubicada al final el coche-mirador de cola vemos cómo los rascacielos de Calgary, visibles desde varios km, se van haciendo cada vez más pequeños mientras el cemento de la ciudad da paso al verde de la espectacular naturaleza canadiense.

Enseguida se sirve un copioso almuerzo para recabar energía de cara a las excursiones de la tarde: crema de calabacín y albahaca y lomo de venado con albaricoques y salsa de vino de Oporto maridado con merlot canadiense.

En menos de tres horas completamos los primeros 175 km que separan Calgary de Fort Macleod. El tren se detiene y visitamos el Precipicio de los Bisontes de Head Smashed-in Buffalo Jump, un extraordinario paraje natural donde las estribaciones de las Montañas Rocosas comienzan a elevarse sobre las praderas. Nuestro guía cuenta que, durante más de 5.000 años, las poblaciones nativas de las praderas utilizaron este precipicio para cazar bisontes, a los que conducían hasta el risco obligándoles a caer valle abajo.

En la frontera de los EE UU

El sol se pone sobre las praderas de Alberta y, tras una suculenta cena, el tren se detiene para pernoctar en la estación, ya que al día siguiente la excusión se dirige al cercano Parque Internacional de la Paz Waterton- Glacier, justo en la frontera con los Estados Unidos donde el parque cambia de nombre para denominarse Glacier National Park.

El tren discurre bajo la sombra imponente de las Rocosas. Foto: Royal Canadian Pacific.

Las raras flores silvestres, la inusual geología y la belleza pura de este parque de montaña reconocido como la ‘corona del continente’ dejan a cualquiera asombrado. Lobos grises, coyotes, pumas, osos grizzly y osos negros americanos o visones conviven con aves y peces de gran valor faunístico.

Un barco privado nos permite explorar el lago, de origen glaciar, el más profundo de las Rocosas y también uno de los pasos fronterizos más curiosos entre los EEUU y Canadá.

De regreso, el tren se pone lentamente en marcha camino a Crownest Pass, en la Columbia Británica. El paisaje desde la ventana es bucólico y puede disfrutarse en toda su plenitud, pues ahora el tren circula a la llamada ‘velocidad Kodak’: 30 km/h.

Un museo para amantes del tren

En el cuarto día de viaje y siempre rumbo al oeste, amanecemos en Cranbrook, una pequeña ciudad en el lado oeste del río Kootenay. Nos espera una de las visitas más aclamadas por los amantes de los trenes: el Museo Canadiense de Viajes en Tren. Su director, Garry Anderson, nos espera para hacernos un recorrido privado a través de coches y locomotoras de época, algunos mucho más vetustos que el nuestro.

En su colección se muestran coches de lujo para pasajeros datados entre 1886 y 1936, entre ellos siete de 1919 pertenecientes al Trans-Canada Limited, el primer hotel sobre ruedas de lujo de este país. Llama la atención también el vagón comedor Argyle, con sus 24 sillas originales fabricadas en nogal y piel de bovino azul.

Royal Canadian Pacific rememora el glamour de la época dorada del ferrocarril.

Volvemos al tren y continuamos el recorrido a través de Valle Columbia para llegar al restaurante Eagle Eye, en la ciudad de Golden, justo a tiempo para cenar mientras contemplamos una magnífica puesta de sol con vistas a las Rocosas, hogar de pueblos indígenas americanos como los apaches, pies negros, cheyennes, sioux.

A los pies del lago Louise

En la siguiente jornada, el tren se adentra en el Kicking Horse Pass, que constituyó un auténtico desafío para la construcción del ferrocarril transcontinental y que se superó con la ingeniosa hazaña de ingeniería conocida como ‘túneles espirales’ que han permitido atravesar estas montañas de manera segura desde 1908.

Llegamos al lago glaciar Louise, de increíble color azul turquesa que debe al polvo de roca que llega con el agua derretida del glaciar Lefroy y de los dos glaciares Victoria, que dominan el lago.

Utilizado como lugar de recreo durante la Segunda Guerra Mundial por los soldados americanos mientras construían la autopista Glenn, aún hoy sigue siendo un centro vacacional para amantes de la naturaleza que incluye medio centenar de lugares de acampada y varios restaurantes.

El increíble color de los lagos glaciares de Alberta. Foto: Matt Thomason | Unsplash.

Después de refrescarnos, y de un delicioso cóctel elaborado por el chef Pierre Meloche a base de licor de ostras ahumadas, nos espera la cena de gala, con delicatessen locales además de salmón, camarones salteados, vieiras y pato trufado, todo ello acompañado de champán y vino de Oporto.

El Parque Nacional Banff

El viaje aún depara sorpresas, como la excursión en helicóptero que nos regala las más impresionantes vistas de las Montañas Rocosas, o la visita a Banff. El Parque Natural más amado por los canadienses simboliza el espíritu de la América más indómita, la última frontera.

Fue el plató de películas como Leyendas de pasión (1995) que no por nada ganó el Oscar a la mejor fotografía. El paisaje poco difiere del que se muestra en el filme: infinita naturaleza dominada por amplias praderas, abetos, pinos y abedules con valles labrados por la fuerza arrolladora del deshielo de los glaciares.

Después, es tiempo para hacer las maletas y cambiarse de ropa para la cena, mientras el tren cierra su vuelta circular y regresa a Calgary donde, al menos, aún nos espera una noche en el Fairmont Palliser.