En tren por la solitaria belleza de Nueva Zelanda

En la primavera del hemisferio sur regresará el Coastal Pacific, el tren panorámico más impactante del país austral

A pesar de tener una superficie que es la mitad de la de España, Nueva Zelanda tiene una diversidad de paisajes que van desde volcanes a bosques, planicies llenas de granjas y costas agrestes. Muchas de estas bellezas naturales se pueden descubrir en el tren Coastal Pacific, que presenta un nuevo mundo frente al litoral oceánico.

El trayecto conecta a las ciudades de Picton, en el extremo norte de la Isla Sur con Christchurch, la urbe más importante archipiélago meridional.

Por el coronavirus los viajes se paralizaron en marzo. De todas maneras, la temporada turística para realizarlos abarca desde el 25 septiembre y se extiende hasta el 2 de mayo, y ya sus directivos anunciaron que el ramal se reactivará a tiempo.

Viñedos a la altura de Blenheim. Foto: Robin Heyworth

Un trayecto que demoró demasiado

Cuando se transita por la complicada orografía de acantilados, montañas, precipicios y valles se entiende por qué este trayecto, que cubre poco más de 330 km, tardó 75 años en construirse. Y cada tanto debe afrontar algún capricho de la naturaleza, como terremotos o desplazamiento de rocas que obligan a cancelar la ruta.

A pesar de estar a 330 km de distancia, el ramal ferroviario que une a Picton con Christchurch tardó 75 años en construirse

Pero excepto estas contingencias, el viaje es uno de los trayectos ferroviarios de mayor belleza que se puede realizar en el hemisferio sur.

El surrealista paisaje del lago Grassmere. Foto: Robin Heyworth

Comodidad a bordo

Las locomotoras diésel impulsan cinco coches, todos de una única clase, dotados de grandes ventanales a los laterales y en la unión con el techo.

Como los asientos no pueden ser reservados, de esta manera se garantiza que todas las personas puedan contemplar la majestuosidad del Pacífico, las montañas de Kaikoura o la planicie de Canterbury sin interrupciones.

Un detalle interesante es que estos vidrios tienen un sistema que evita los reflejos, por los que los fanáticos de la fotografía (o los que prefieran usar su móvil) no tendrán problemas para retratar paisajes.

El viaje transcurre por 330 km bordeando el Pacífico. Foto: Coastal Pacific

Pero también hay un coche sin ventanillas, para aquellos que quieren la pureza fotográfica y de paso sentir la fuerte caricia de la brisa marina potenciada por la velocidad.

A bordo hay un vagón café que sirven comidas ligeras, y cada plaza cuenta con un sistema de guía que se puede escuchar en cinco idiomas mientras se transita por diversos parajes.

Viñedos y lagos

El trayecto insume unas cinco horas, y solo hay tres paradas en las pequeñas ciudades de Blenheim, Kaikoura y Rangiora.

El último vagón cuenta con un mirador abierto. Foto: Robin Heyworth

La primera de ellas está rodeada de un mar de viñedos, de una calidad reconocida a nivel mundial, que se pueden degustar en la misma estación, construida a principios del siglo XX en estilo Tudor.

El viaje sigue por sitios de valor histórico como Cloudy Bay, donde se encuentra uno de los primeros asentamientos de la cultura maorí, el solitario faro de Cape Campbell y el paisaje surrealista del lago Grassmere, en que se ven cientos de cuadrados blancos que desecan la abundante sal lacustre.

Por fin el Pacífico

A la altura de Kaikoura, a dos horas de viaje, el paisaje cambia radicalmente según donde uno esté sentado: a la izquierda se encuentra la inmensidad del océano Pacífico, un espejo entre plateado y azul que se extiende por miles de kilómetros hasta la costa de Sudamérica. Del otro están las montañas de Kaikoura, que llegan hasta los 2.600 metros de altura.

El paisaje es de una soledad casi total. Foto: Robin Heyworth

Si hay suerte cada tanto se ve el lomo negro de una ballena, a la altura de las costas de Kaikoura

La parte costera transcurre entre playas solitaria, algunas de ellas de arenas negras, y en donde cada tanto se divisa una colonia de lobos marinos o pingüinos. Para ver una ballena hay que tener mucha suerte, pero estos gigantescos cetáceos están allí, razón por la que la villa de Kaikoura tienen muchos turoperadores que realizan avistamientos en el mar.

Túneles y viaductos

A lo largo del viaje se atraviesan unos 20 túneles, que se suceden como la única opción para atravesar el macizo rocoso que cae a pique en el océano, un prodigio de la ingeniería ferroviaria que explica por qué se demoró tanto en unir el norte y centro del litoral costero.

El Coastal Pacific también transcurre por una gran cantidad de viaductos. No son ni tan altos ni tan largos como otros de Europa o América, pero la imagen de estar a unos 20 metros de alto por encima de las furiosas olas del mar es un espectáculo impactante.

Cruce del río Hakapu al amanecer. Foto: Robin Heyworth

Entre las penínsulas de Kaikoura y Hapuku el paisaje costero se tranquiliza y se suceden las playas y formaciones de dunas, sitios de envidiable soledad.

Esta sensación se ve desde el otro lado: antes de llegar a Christchurch, el punto final del viaje, se atraviesa una franja de la planicie de Canterbury, una llanura que se extiende por 200 kilómetros de norte a sur y 70 km de este a oeste, solo habitado por miles y miles de ovejas, a lo sumo interrumpido por alguna granja a la distancia.