Atlas de las montañas más fascinantes (y magnéticas) del mundo

Del Sinaí al Monte Fuji, del Mont Blanc al Kilimanjaro y del Anapurna al Uluru, el periodista y montañero Alfredo Merino recopila las montañas legendarias del planeta

En 1760, el aristócrata, naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure ofreció una fuerte recompensa al primer montañero que consiguiera conquistar la cumbre del Mont Blanc. Tuvieron que pasar 26 años para que Jacques Balmat y Michel Gabriel Paccard lo consiguieran, el 8 de agosto de 1786. Justo en ese momento nacía el alpinismo, pero también una nueva relación entre el ser humano y las montañas.

Conquistar la cima del gigante granítico de los Alpes, de 4.810 metros de altura –que el propio Horace-Bénédict de Saussure pisó también el 3 de agosto de 1787, apenas un año después- no fue solo una proeza extraordinaria del hombre, que venció el enorme desafío a sus capacidades físicas e intelectuales, sino que logró derribar “el mito de maldad e intimidación” de las montañas, que pasaron a convertirse en “objetivo de conquista y campo de batalla”.

Quien lo cuenta es Alfredo Merino, periodista, divulgador naturalista y montañero, que ha seleccionado las cimas más fascinantes del mundo en su Atlas de montañas legendarias (Geoplaneta). Ilustrado por Ignasi Font, esta es una colección de montes sagrados, volcanes implacables y picos desafiantes pero también de la relación entre los seres humanos y las montañas, desde que los hombres buscaban en ellas a sus dioses hasta las más notables hazañas deportivas contemporáneas.

En 1760, el aristócrata, naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure ofreció una fuerte recompensa al primer montañero que consiguiera conquistar la cumbre del Mont Blanc. Tuvieron que pasar 26 años para que Jacques Balmat y Michel Gabriel Paccard lo consiguieran, el 8 de agosto de 1786. Justo en ese momento nacía el alpinismo, pero también una nueva relación entre el ser humano y las montañas.
Kailash. Ilustración: Ignasi Font.

Montañas legendarias

Dice Merino que no existe ningún otro mito con la “influencia, capacidad de inspiración y fuerza” de las montañas. Que ni siquiera los mares y océanos han logrado moldear de forma siquiera semejante el pensamiento del hombre. A diferencia de ellas, compasivas y generosas –aunque también letales en ocasiones-, las montañas han ostentado a lo largo de la historia una naturaleza sin piedad. “Territorios malditos, donde residían peligros mortales, patria del incómodo miedo, el riesgo más agreste y la amenaza omnipresente”.

La conquista del Mont Blanc rompió con una tradición de siglos donde religiones –cristianos, musulmanos, budistas o hindús-, culturas y pueblos –incas, polinesios, sumerios, masáis, inuits o indígenas norteamericanos- consideraron las tierras altas como algo misterioso y sagrado.

Eran los puntos más cercanos al firmamento y, por ello, los senderos más lógicos al infinito, apunta el autor, algo así como “escaleras a las estrellas” pero también el paso obligado al reino de las profundidades, en este caso a través de los volcanes, “la vía más directa al subsuelo”. Sin embargo, de infiernos, lugares prohibidos o riesgo mortal, poco a poco empezaron a ser consideradas caminos al paraíso, lugares donde vislumbrar la belleza y, también, encontrarse a uno mismo.

En 1760, el aristócrata, naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure ofreció una fuerte recompensa al primer montañero que consiguiera conquistar la cumbre del Mont Blanc. Tuvieron que pasar 26 años para que Jacques Balmat y Michel Gabriel Paccard lo consiguieran, el 8 de agosto de 1786. Justo en ese momento nacía el alpinismo, pero también una nueva relación entre el ser humano y las montañas.

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A partir de la gran hazaña alpina, a la vez experimento científico y desafío a las capacidades humanas, la sociedad empezó a ver las montañas bajo otra óptica y, desde luego, con un interés nunca antes imaginado. Ahora destino recurrente del urbanita que busca el contacto con la naturaleza, el que quiere practicar actividad o el que quiere poner a prueba sus límites, las montañas son escaladas, ascendidas, esquiadas. También, cada vez más, maltratadas, como consecuencia de la masificación de estos lugares hasta ahora remotos y salvajes y, cada vez más, destinos turísticos y hasta parques de atracciones en altura.

«Entre el suelo y el firmamento, las montañas pasaron a ser lógicos senderos hacia el infinito, escaleras a las estrellas»

Alfredo Merino

En este sentido, se plantea Merino, ¿será la covid-19 y el paréntesis obligado en la movilidad y los viajes la oportunidad para regresar al medio natural de una manera más respetuosa?

En 1760, el aristócrata, naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure ofreció una fuerte recompensa al primer montañero que consiguiera conquistar la cumbre del Mont Blanc. Tuvieron que pasar 26 años para que Jacques Balmat y Michel Gabriel Paccard lo consiguieran, el 8 de agosto de 1786. Justo en ese momento nacía el alpinismo, pero también una nueva relación entre el ser humano y las montañas.
K2. Ilustración: Ignasi Font.

Montañas y más montañas

A lo largo de este particular atlas, que recorre Asia, Europa, América, África, Oceanía y La Antártida, podemos recorrer las montañas que más huella han dejado en el pensamiento y la cultura de los seres humanos, aquellas ‘culpables’ de leyendas y mitos, las que llevaron al límite de las capacidades a los más aventureros, los montes sagrados, las rocas más desafiantes.

Además de recorrer las cimas más emblemáticas de la tierra, la obra analiza la relación que mantienen con el hombre

Viajamos al centro del universo que es el Kailash, en la cadena Gangdisê, en Tíbet, y a Ararat que, con sus 5.137 metros es el pico más alto de Turquía, un volcán inactivo cubierto de nieves perpetuas que se considera el lugar donde se posó el Arca de Noé tras el Diluvio Universal.

En 1760, el aristócrata, naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure ofreció una fuerte recompensa al primer montañero que consiguiera conquistar la cumbre del Mont Blanc. Tuvieron que pasar 26 años para que Jacques Balmat y Michel Gabriel Paccard lo consiguieran, el 8 de agosto de 1786. Justo en ese momento nacía el alpinismo, pero también una nueva relación entre el ser humano y las montañas.
Annapurna. Ilustración: Ignasi Font

Si en el monte Sinaí, al nordeste de Egipto, y según el Antiguo Testamento, Dios entregó a Moisés los Diez Mandamientos, el Fuji ha sido considerada una montaña sagrada desde la Antigüedad, además de ser el tema más recurrente del arte y la literatura japoneses.

El Pico de Adán en Sri Lanka, el Nanda Devi en La India, en Annapurna en Nepal, el Everest –parque de atracciones del alpinismo actual-, o el K2, relacionado con tantas tragedias que lleva por sobrenombre la ‘montaña salvaje’ protagonizan otros de los relatos en Asia.

El viaje continúa en Europa con paradas en el monte Parnaso (Grecia), el Mont Ventoux (Francia), el espectacular Matterhorn/Cervino, entre Suiza e Italia, el Eiger (Suiza), el Estrómboli (Italia) y el Naranjo de Bulnes, símbolo de inaccesibilidad hasta la escalada del asturiano Pedro Pidal en 1904.

En 1760, el aristócrata, naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure ofreció una fuerte recompensa al primer montañero que consiguiera conquistar la cumbre del Mont Blanc. Tuvieron que pasar 26 años para que Jacques Balmat y Michel Gabriel Paccard lo consiguieran, el 8 de agosto de 1786. Justo en ese momento nacía el alpinismo, pero también una nueva relación entre el ser humano y las montañas.
Naranjo de Bulnes. Ilustración: Ignasi Font.

En América destacan la historia de El Capitán, el monolito granítico de 914 metros en el parque nacional Yosemite, en California (EE UU), la del Denali, la montaña más alta de Norteamérica con 6.190 metros, la de la Torre del Diablo (Wyoming, EE UU), envuelta en fantásticas leyendas de osos y extraterrestres, la del volcán Popocatepelt en Méxco y, por supuesto, la del Aconcagua (Argentina).

El Kilimanjaro, el Monte Kenia y el Ruwenzori en África, el Uluru en Australia, el Taranaki en Nueva Zelanda y el Vinson en la Antártida completan este viaje por las cumbres más fascinantes del mundo.

a.
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