Oda a Myanmar: un país que merece ser libre

El 1 de febrero la Junta Militar de Myanmar dio un golpe de estado y depuso al gobierno. Esta es una carta de amor al hermoso país de pagodas doradas que quiere ser libre

No nos engañemos, por mucho que queramos darle un tinte épico y profundo a todos y cada uno de nuestros viajes, lo cierto es que la gran mayoría de ellos no dejan de ser unas vacaciones pasajeras en un lugar del que guardaremos buenos recuerdos. Sin más.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.

Myanmar lo cambió todo

Corría el año 2011 y Myanmar comenzaba a intentar salir del aislamiento, el atraso y la pobreza que habían producido cinco largas décadas de dictadura militar y un fracasado modelo económico basado en la nacionalización industrial.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.
Bagan. Foto: Thien Kim Nguyen Trinh | Unsplash.

Para los birmanos, ver a un extranjero moviéndose libremente por su país – incluso por los lugares más bellos y turísticos, como Bagan o el lago Inle – era un acontecimiento de lo más inusual y novedoso. Por eso, cada día se me acercaban, anunciándose con una tímida sonrisa, decenas de chicos y chicas que querían practicar su inglés a la vez que me preguntaban cómo era la vida más allá de las fronteras de su país.

En Myanmar viven unos 54 millones de habitantes de 130 etnias diferentes, con sus distintas lenguas, tradiciones y creencias

Conversé con muchos de ellos, pero, sobre todo, con un pescador, de nombre Sooleuy, que se ganaba la vida como buenamente podía en las aguas del río Irrawaddy a su paso por la mítica ciudad de Bagan.

Él fue quien, durante días, me ayudó a sumergirme en la historia, las tradiciones y los anhelos de los corazones de los birmanos. Al menos, a hacer una prospección por debajo de la superficie en la que se queda el turista, pues Myanmar es un país tan complejo que necesitaría varias vidas para conocerlo a fondo.

Y es que, en una nación que tiene un tamaño 1,5 veces superior al de España y en la que viven unos 54 millones de habitantes, hay más de 130 etnias diferentes, con sus distintas lenguas, tradiciones y creencias. Mantener el equilibrio y la paz entre tantas, y tan diversas, facciones es algo tremendamente complicado. Sin embargo, sí que hay algo que los une a todos: el ansia por la libertad.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.
Pescador en el lago Inle. Foto: Sebastien Goldberg | Unsplash.

Myanmar y la libertad

Eso lo pude comprobar durante mis siguientes viajes. Entre 2015 y finales de 2019 trabajé como guía de viajes en Myanmar. Pasaba allí 2 o 3 meses al año, pudiendo ver nuevamente a Sooleuy y hacer nuevos amigos, para acabar amando cada vez más a esa bellísima tierra poblada por personas amables, honestas, nobles y con un enorme corazón.

De año en año, veía los nuevos progresos – nuevas infraestructuras, modas, restaurantes, móviles, la aparición de una clase media – y era testigo de una apertura y una sensación de libertad sin precedentes.

Desde el golpe de Estado del 1 de febrero, el pueblo birmano está sufriendo una violenta represión a manos del Tatmadaw, el ejército birmano.

Esa libertad, como ya ocurrió con el golpe de estado del cruel general Ne Win en 1962, les ha sido arrebatada a los birmanos, desde el 1 de febrero de este año, por unos militares a los que no les tiembla el pulso a la hora de ordenar el derramamiento de sangre con el único fin de expandir sus riquezas y su poder.

Esa misma Junta Militar birmana es la que condujo al país hacia el desastre y la pobreza absoluta entre 1962 y 2015, año en que se celebraron las primeras elecciones verdaderamente democráticas en Myanmar.

En ellas, el partido NLD (National League for Democracy) barrió a sus rivales, iniciando una nueva era de ilusión y libertad bajo el mandato, aunque en la sombra, de Aung San Suu Kyi, hija del general Aung San – carismático líder que tuvo un papel vital en la independencia del país y que sería asesinado cuando contaba con tan solo 32 años – y conocida con el apodo de ‘The Lady’ (‘La Dama’) por el pueblo birmano.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.
Arte tanaka en Burma. Foto: Sippakorn Yamkasikorn | Unsplash.

Aung San Suu Kyi es venerada en su tierra e intentó limitar el poder de una Junta Militar que, a pesar de haber sido ampliamente derrotada en las elecciones, aún mantenía – gracias a la obsoleta y corrupta Constitución del 2008 – el control sobre ministerios tan importantes como los de Defensa, Interior y Fronteras.

‘The Lady’ tuvo un mandato con sus claros, oscuros y grises, pero en las elecciones de noviembre del 2020 volvió a arrasar en las urnas. Esa segunda victoria aplastante consecutiva fue demasiado para unos militares que comenzaron a temer la llegada de profundas reformas democráticas que pudieran acabar con su gran poder derivado de la desmedida ambición y corrupción de la que siempre hicieron gala.

Así, desde principios de febrero y con el mutismo de países que proporcionan armas al ejército birmano –como China, mayor inversor en Myanmar, y Rusia–, y la pasividad de una comunidad internacional que no se atreve a intervenir con acciones que pudieran contrariar a esas dos superpotencias, la Junta Militar ha privado a los birmanos de todos sus derechos fundamentales. Incluso el de la vida.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.
Protestas en Washington contra el golpe militar. Foto: Gayatri Malhotra | Unsplash.

Dos meses y medio y centenares de protestas multitudinarias más tarde, miles de personas han sido detenidas por hechos como oponerse en Facebook a las nuevas medidas del régimen del terror, y la sangre de más de 800 personas tiñe las calles de ciudades como Yangon, Mandalay, Bagan, Kengtung, Nyaungshwe o Taunggyi. Sangre de jóvenes que han saboreado las mieles de la libertad y se niegan a arrodillarse y aceptar el hecho de verse privados de ella.

Pasé largas temporadas en todos esos lugares.

De Yangon, recuerdo su eterna humedad, el caos y el olor de los puestos callejeros de comida, que parecen surgir de todos los rincones. Iluminando ese caos, como un faro en la tormenta, emerge la enorme cúpula dorada de la pagoda Shwedagon, icono budista del país.

De Mandalay, nunca puedo olvidar los atardeceres en su largo puente de teca (U-Bein) o en la colina de Mandalay, las largas conversaciones con los monjes budistas de la colina de Sagaing y ese reino olvidado que es la isla de Ava.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.
U bein, el larguísimo puente de teca en Mandalay. Foto: Anna Claire Schellenberg | Unsplash.

En Bagan, amé el misterio y la belleza de sus casi 4.000 templos, desde los más grandes y majestuosos, hasta las pequeñas pagodas anónimas y casi derruidas por el efecto del paso de los siglos. Y, por supuesto, aún recuerdo los partidillos de fútbol con los hijos de Sooleuy, siempre acompañados de sus frescas risas cuando marcaban un gol.

En Kengtung, los hechiceros y animistas adoran a la Madre Naturaleza, mientras las mujeres de los poblados Akha tejen sus llamativos atuendos y los hombres aran las terrazas de arroz, hundidos hasta las rodillas en el lodo detrás de sus bueyes.

En Nyaungshwe, al amanecer los barqueros se preparan para comenzar un nuevo día de trabajo en el mágico lago Inle. Más de 300.000 personas viven en casas construidas sobre las aguas, con sus huertos y jardines flotantes, pagodas, monasterios y, cercándolo todo, las verdes montañas entre las que se levanta y se pone el sol. Un lugar que recarga de energía vital a todo el que lo visita.

De los alrededores de Taunggyi y la ciudad colonial de Kalaw, imposible borrar el recuerdo de las vastas plantaciones de chili y jengibre, y de esas aldeas de las bellas montañas habitadas por las etnias Shan, Danu y Pa-O. También, las noches sentado junto al fuego que calentaba el interior de una casa de madera, mientras mi anfitrión Pa-O me contaba, mediante señas y escenificaciones, la leyenda de la poderosa mujer dragón que alumbró al primer Pa-O y cuyo aliento de fuego es recordado por las mujeres de la etnia portando un llamativo pañuelo, de tonos rojizos y naranjas, a modo de turbante.

Sin embargo, hay viajes que acaban marcándote para siempre. Eso es, precisamente, lo que me ocurrió al visitar Myanmar por primera vez.
Pagoda Shwedagon, Rangún. Foto: Sacha Gregoire | Unsplash.

Pero lo que más recuerdo de todos esos sitios son las sonrisas y el afecto que me profesaron las gentes que los habitan. Los niños correteando por los campos; los hombres y mujeres trabajando duramente las tierras embarradas; las vendedoras del mercado, los camareros y chefs de los restaurantes; la gente de los hoteles y los monjes de los templos budistas que me guarecieron durante los aguaceros monzónicos. Todos ellos me mostraron, siempre, un noble corazón.

Durante los primeros días posteriores al golpe de Estado, pude comunicarme con todos mis amigos birmanos. La semana pasada, tan solo dos de ellos seguían teniendo acceso a Internet, ya que la Junta está cortando toda comunicación con el exterior (e incluso la interior). A día de hoy, incluso ellos han dejado de responder a mis mensajes.

Los imagino protestando en las calles, huyendo de las balas y reagrupándose para seguir luchando por su libertad. Una libertad que les han arrebatado por la fuerza y que nunca debieron perder.

En los momentos de debilidad, temo por ellos y pienso que quizás no los vuelva a ver. Sin embargo, quiero creer que la próxima vez que les pueda abrazar volverán a ser hombres y mujeres libres.

a.
Ahora en portada