Escapada a Altea, la cúpula del Mediterráneo

Calles empedradas, casas blancas asomadas al mar, galerías de arte, buganvillas, playas y una gastronomía que condensa el Mediterráneo: bienvenido a Altea

Se disipa el calor sofocante de los meses anteriores y ponemos de nuevo la vista en el Mediterráneo como una de las grandes opciones para pasar unos días de descanso. ¿Y si te dijéramos que existe un lugar de infinita belleza que aúna historia, encanto, playa, casitas blancas y calles empedradas?

Cuando uno piensa en un pueblo blanco encaramado en una montaña, muchas veces la mente vuela a Andalucía y a sus célebres postales. Pero, ¿sabías que entre Benidorm y Calpe se ubica una de las localidades con más encanto del Mediterráneo? Allí, frente al gran azul nos espera Altea, una de las joyas de la comarca de la Marina Baja.

Una población con historia

La llaman ‘la cúpula del Mediterráneo’ y es que este pueblo situado en lo alto de una colina frente al mar y al abrigo de las montañas es uno de los grandes miradores de la costa alicantina. Pero mucho antes de ser conocida como un destino vacacional, Altea ya marcó su lugar en el mundo.

Se cree que su nombre proviene del griego Althaia, que significa ‘yo curo’. En la villa se han encontrado vestigios íberos y romanos y, tras pertenecer a la Taifa de Dénia en época musulmana, Jaime I la conquistó en 1244 y le dio el nombre que hoy conocemos.

Toda la localidad es un balcón sobre el Mediterráneo. Foto: Turismo de Altea.

El encanto de su centro histórico

Siglos de historia a sus espaldas y un encanto difícil de igualar fueron reclamos suficientes para conquistar a artistas de muchas disciplinas, desde grandes nombres de la pintura como Benjamín Palencia, fundador de la escuela de Vallecas, o el vasco Rafael Ruiz Belardi, dibujantes como Eberhard Schlotter, del que se conserva su fundación en el pueblo con una importante muestra de su colección, hasta escritores de la talla de Blasco Ibáñez y Rafael Alberti, que por algún tiempo la convirtieron en su refugio personal atraídos por su luz y belleza.

Una pasión por el arte que hoy sigue viva en muchos de los locales del centro histórico convertidos en ateliers de artistas, galerías de arte y tiendas de pequeños artesanos.

¿Qué hace al casco histórico de Altea algo tan especial? Sin duda, tiene magia. Ante nuestros ojos se despliega un entramado de calles empedradas y casas de fachadas blancas, donde buganvillas y palmeras campan a sus anchas. En lo que antiguamente fuera el castillo de Altea, hoy se alza imponente la iglesia de la Virgen del Consuelo, centro neurálgico del pueblo, con dos cúpulas azules de cerámica vidriada -una técnica muy empleada en la Comunidad Valenciana-, visibles desde toda la población. Otra razón más para su sobrenombre.

Centro histórico de Altea. Foto: Getty Images.

De balcón en balcón

Perderse por sus calles empinadas se hace necesario, así como encontrarse con los grandes balcones-miradores con vistas al mar desde lo alto de esta atalaya, como el del Baluard de la Senyoria.

La vida en el casco antiguo pasa por visitar también la Mostra d’Artesania, icono desde 1983, que reúne en la plaza de la Iglesia a un conjunto de artesanos que trabajan con materiales locales y diseños exclusivos.

Para conocer más sobre el patrimonio cultural y natural de Altea, puedes apuntarte a sus visitas guiadas gratuitas, con aforo limitado y respeto de la distancia social, o descargarte la app PlayAltea con audio-guías gratuitas y tematizadas sobre la historia, el arte o rlas utas por la sierra de Bèrnia, entre otras.

Para dormir, encontramos refugio en una calle tranquila del casco histórico donde se alza el hotel boutique La Serena. Con tan solo 10 habitaciones de estilo mediterráneo, tiene todo lo necesario para el descanso, desde piscina con solárium a spa con sauna, hammam y zona de aguas con jacuzzi y fuente de hielo, pero también una propuesta gastronómica interesante y cócteles de su restaurante en la terraza.

Vistas desde la piscina de La Serena. Foto: Hotel La Serena.

Las playas de Altea

Si su casco histórico de Altea impresiona, también lo hacen sus playas de bandera azul. El benevolente Mediterráneo se encuentra perfectamente retratado en espacios como Cap Negret, la playa de L’Olla, la del Albir o la Cala del Mascarat.

A diferencia de otras playas arenosas de la Costa Blanca, en Altea son de guijarros, lo que beneficia el que no estén tan masificadas y sean igualmente cómodas. Una de las más amplias y familiares es la playa de La Roda.

Playa de La Roda. Foto: Turismo de Altea.

Altea gastronómica

En un lugar tan cautivador, necesitamos una propuesta gastronómica a la altura y Altea cumple con creces. En el casco histórico puedes reservar en restaurantes como Oustau, que en las noches estivales funciona como una coqueta terraza repleta de vegetación, con cocina francesa e internacional, con la singularidad de que bautizan a sus platos en honor a estrellas de Hollywood o grandes películas.

Podrás probar una ensalada Sofia Loren, con tomates y mozzarella de bufala, un solomillo Scorsese con salsa de gorgonzola, mascarpone y un toque de Martini o unos filetes de dorada Tarantino con salsa de txangurro desmenuzado.

Ensalada Sofia Loren en Oustau. Foto: Oustau.

En el mismo centro de la villa blanca se encuentra en hotel San Miguel, el perfecto lugar para los aficionados a la cocina tradicional, en el que bordan los arroces y Terramaris, donde el chef Jordi Bernat trabaja con producto de proximidad y las lonjas cercanas para poner en la mesa lo mejor de la cocina de la comarca.

Bocados junto a la playa

Prácticamente frente a la playa, se encuentra uno de los paraísos para los amantes de las carnes maduradas, Ca Joan. Su artífice, Joan Abril, nació entre fogones en una familia dedicada a la hostelería, lo que pronto despertó en su carácter las ganas de continuar con el negocio, eso sí, diferenciándose del resto y especializándose en algo que convirtiera su local en un lugar único.

Así nació Ca Joan, un restaurante especializado en carne de vacuno y buey de larga maduración, que afinan en las cámaras del propio restaurante. ¿El resultado? Carnes de una complejidad y sabor difíciles de encontrar en otra parte. Aunque no todo es carne: en su carta no faltan mariscos como la fantástica gamba roja de Denia a la parrilla y pescados locales.

Foto: El Cranc Altea.

Uno no puede irse de Altea sin reservar en su chiringuito mítico, El Cranc. Ubicado a pie de playa en L’Olla, destila Mediterráneo por los cuatro costados. Uno come, literalmente sobre el mar, acariciado por la agradable brisa marina. No hay que perderse la ensalada alteana, que preparan con tomate rosa de Altea, endémico de la zona, cebolleta, encurtidos y anchoas. Además, tapas como el calamar relleno o su aspencat con miga de bacalao y terminar con un arroz, ya sea un señoret, a banda o el arroz El Cranc con atún fresco, sepia y alcachofas.

Bonus track

¿Sabías que Altea tiene hasta una cerveza artesana propia? Tomando el posible nombre griego, Mayte Pardo y Jorge Sánchez, creadores de la marca, la han bautizado como Althaia. Su filosofía es la de elaborar cervezas 100% naturales, con respeto a la materia prima y que sean más digestivas. Todo el proceso, desde la molienda hasta la maduración en botella se hace en el pueblo de Altea. Cuentan con nada menos que 17 variedades que van desde una clásica IPA, hasta Barlovento, una smoke imperial stout intensa, además de Sidama con café o Heliodora, una cerveza de trigo con toques cítricos.

Foto. Althaia.

El diseño además es otra de sus grandes apuestas para la imagen de las cervezas. Desde ilustraciones en homenaje al pueblo, hasta, de la mano de Martuxta Casares, diseños más rompedores y llamativos.

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