Dresde: una ciudad para todos los tiempos

Arte callejero, tiendas a la última, restaurantes de diseño y bares con magnéticas barras cerveceras llenan la Neustadt a la orilla derecha del Elba

Rota en pedazos después de sufrir algunos de los peores bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, parecía imposible que de aquellas cenizas resurgiera la imponente ciudad que es hoy. Pero lo hizo y Dresde, además de símbolo de coraje ciudadano, brilla de nuevo como la ‘Florecia del Elba’.

Su reconstrucción se aprobó en 1990, conseguida gracias al empeño de sus ciudadanos, que recaudaron la mayor parte de los fondos necesarios. La barroca Iglesia luterana de Nuestra Señora, situada en Neumarkt y totalmente destruida tras el bombardeo del 13 al 14 de febrero de 1945, luce renovada y convertida en un testimonio de los fatídicos hechos y del coraje ciudadano al levantarla de nuevo. También se han rehecho la Ópera Semper o la catedral católica de Hofkirche, el mayor edificio religioso de Sajonia.

La influencia y el poder de Augusto el Fuerte, enamorado de Italia y amante de las artes, colmó Dresde de tesoros artísticos 

El Palacio Real de Dresde, residencia de los electores y reyes de Sajonia, aún sigue en proceso de reforma. Desde sus alturas se divisa una excelente panorámica, idónea para hacerse una idea de la grandiosidad de la ciudad, que se evidencia en la multitud de cúpulas entre las que sobresale el simbólico domo de la iglesia de Nuestra Señora, y muchas otras, remates de los numerosos palacios, iglesias y castillos de la capital sajona.

Iglesia de Nuestra Señora y espectaÌculo de tejados y cuÌpulas. Foto David Mark Pixabay

Iglesia de Nuestra Señora y espectaÌculo de tejados y cuÌpulas. Foto: David Mark | Pixabay.

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La ‘Florencia del Elba’

Hay ciudades que van íntimamente unidas a aquel que las hizo florecer, tal es el caso de San Petersburgo y Pedro I el Grande, Weimar y la duquesa Anna Amalia, Florencia y los Medici o Dresde y su llamado ‘Rey Sol de Sajonia’: Augusto II de Polonia (Augusto El Fuerte).

Referente cultural de Europa, Richard Wagner estrenó Tannhäuser en la Ópera Semper de Dresde al igual que hizo Strauss con su Opus Salomé

Los legendarios componentes del Grand Tour inglés que acudieron primero a Italia y luego a Alemania en pos del romanticismo de Goethe, llegaron a Dresde buscando el compendio de arte y belleza que ofrecía la ‘Florencia del Elba’.

La influencia y el poder de Augusto el Fuerte, enamorado de Italia y amante de las artes, colmó la metrópoli de tesoros artísticos que atrajeron a la llamada Escuela de Dresden a pintores románticos. Entre ellos, su principal representante, Caspar David Friedrich, que se instaló allí en 1798, pero también a vedutistas y grabadores como Bernardo Belloto, sobrino de Canaletto. Las sonatas de Charles Burney se escucharon en los palacios de la ciudad y el mismo Richard Wagner estrenó Tannhäuser en la Ópera Semper al igual que hizo Strauss con su Opus Salomé.

Opera Semper. Michael Fertig Pixabay

La Ópera Semper vuelve a lucir en todo su esplendor. Foto: Michael Fertig | Pixabay.

Carl Maria von Weber introdujo la opera romántica en Dresde y fue invitado a Covent Garden para hacer un tema de Shakespeare, mientras que Handel viajó aquí desde Londres buscando cantantes para sus operas. Henry Christian Andersen se encontró con Ibsen en Dresde y el gran historiador polaco Jósef Ignacy Kraszewski vivió veinte años en la ciudad sajona.

Dresde fue en aquellos años centro de reunión de los artistas e intelectuales de Le petit Tour que llegaban de Weimar, Leipzig, Berlín o Heidelberg a la efervescente capital de Sajonia a orillas del Elba, ‘El Balcón de Europa’, según Goethe, que así bautizó a la Terraza de Brühl al término de un bello paseo costeando el Elba desde el parlamento hasta la plaza de la catedral.

El imponente Paseo de los PriÌncipes. Foto Denis Jung Unsplash

El imponente Paseo de los PriÌncipes. Foto: Denis Jung | Unsplash.

Ciudad de castillos, palacios e iglesias

El Palacio barroco de Zwinger en su tiempo albergó los innumerables festejos de Augusto el Fuerte, un gran vividor y un gran mujeriego al que se atribuyen innumerables amantes.

De hecho, en honor de su favorita, Anna Constantia, Condesa von Cosel, levantó el Palacio chinesco de Pillnitz y el de Taschenberg, hoy un magnífico hotel Kempinski, hasta que el enamoramiento del voluble rey sajón por una noble y joven polaca relegó a Anna Constantia al olvido y a un encarcelamiento domiciliario que sufrió el resto de su triste existencia. El bistró francés del Hotel Taschenbergpalais Kempinski es acogedor y tiene deliciosas ensaladas y tapas.

BistroÌ franceÌs en el Hotel Taschenbergpalais. Foto: Manena Munar.

BistroÌ franceÌs en el Hotel Taschenbergpalais . Foto: Manena Munar.

Para una comida más contundente, el legendario restaurante Sophienkeller, en la aristocrática calle Taschenberg, se disfruta de la gastronomía típica de la zona bajo ambientación de época a la par que los camareros aluden con el menú a los principales hechos históricos de la ciudad,  la mayoría relacionados con las venturas y desventuras de Augusto el Fuerte.

Un buen contraste del Dresde histórico sería alojarse en el Hyperion, de cinco estrellas y decoración rompedora, significativa de la nueva Dresde.

El original Kunsthofpassage, en la Ciudad Nueva de Dresde, está repleto de tiendas vintage, de artesanía y diseños locales, floristerías, bares y cafeterías

El Palacio de Zwinger actual acoge diferentes museos, entre ellos el salón de las matemáticas y física y la magnífica Galería de los Antiguos Maestros situada en el ala Semper del Palacio.

Palacio de Zwinger. Foto Radek Unsplash

Palacio de Zwinger. Foto: Radek | Unsplash.

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La Dresde del siglo XXI

A todos estos trazos históricos hay que añadir que la ciudad de Dresde ha sabido acoplarse a los tiempos que corren como la que más. Famosa es Neustadt​ (Ciudad Nueva) por su vida cultural y propuestas gastronómicas que se centran especialmente en calles como Luisenstrasse y Görlitzer.

Original fachada en Kunsthofpassage, en Neustadt. Foto Pixabay

Original fachada que da acceso al Kunsthofpassage, en Neustadt. Foto: Pixabay.

Allí es posible disfrutar de curiosos cocteles, por ejemplo en Pinta, pedir unas contundentes raciones en Lila Soße, visitar el mercado de siempre que, renovado en el año 2000, es un lugar acogedor e idóneo para picar algo, y terminar en el laberíntico Pasaje Kunsthof.

Una de las experiencias más originales en el Pasaje Kunsthof es asistir a un concierto de sus ‘tuberías cantarinas’ (solo si llueve)

Sus fachadas de cinco patios interconectados han sido decoradas por artistas ofreciendo un atractivo tour de arte callejero. Si llueve, nos sorprenderá un concierto de “tuberías cantarinas” ya que con el agua las cañerías se animan y emiten unos extraños -y ya célebres- sonidos musicales. 

Kunsthofpassage. Foto Maike und Björn Bröskamp Pixabay

Kunsthofpassage. Foto: Maike und Björn Bröskamp | Pixabay.

Ni que decir tiene que Kunsthofpassage está repleto de tiendas vintage, de artesanía y diseños locales, floristerías, bares y cafeterías.

Las afueras de Dresde

Los alrededores de la ciudad no hacen sino redondear su belleza. El Castillo de Pillnitz, construido al estilo chinesco, fue después remodelado por el famoso  arquitecto Matthaüs Daniel Pöppelmann como residencia de verano y lugar de festejos y ceremonias que le valió el apelativo de ‘Palacio del Placer de Dresde’.

El jardín es un auténtico botánico en el que el biznieto de Augusto el Fuerte, hombre débil que no heredó la fortaleza de su bisabuelo, se volcó, convirtiéndolo en un vergel con todo tipo de plantas y flores, sobresaliendo una camelia japónica de mas de 250 años.

Castillo de Moritzburg. Foto Greg Montani Pixabay

Castillo de Moritzburg. Foto: Greg Montani | Pixabay.

Otro ineludible de las afueras de Dresde es el Castillo de Moritzburg, al borde del lago, construido por el Duque Mauricio de Sajonia como pabellón de caza en el siglo XVI y remodelado por Augusto el Fuerte, que lo embelleció con obras de arte italianas y alemanas además de menaje de porcelana de Meissen que él mismo ayudó a promocionar.

Hay tres placenteras vías de transporte con que terminar de comprender y conocer la suntuosidad paisajística y arquitectónica de esta zona de Sajonia. Al trote de la calesa que rodea el lago del castillo de Moritzburg, entre arcos de arboleda y vastos campos, en el tren de vapor que va dejando aldeas barrocas y frondosos bosques a su paso y a bordo del barco de vapor de rueda que, a ritmo sereno, bordea la ruta vinícola de Sajonia y navega por pintorescos pueblos para concluir la travesía deleitando al pasaje con una sobrecogedora postal de Dresde al anochecer, para llegar al embarcadero en la célebre terraza de Bruhul.

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