De Blanes a Portbou: 214 km para disfrutar de la Costa Brava

De sur a norte, más allá de calas y caminos de ronda, los 214 kilómetros de esta preciosa franja costera invitan a descubrir todo un abanico de exclusivas experiencias

Desde hospedarse en un antiguo palacete colonial de 1866 hasta sobrevolar el Parque Natural Cap de Creus en avioneta, disfrutar de un maridaje de vinos, plantas y flores mediterráneas o degustar la auténtica gastronomía catalana navegando a bordo de un exclusivo yate. La Costa Brava, conocida por sus calas de ensueño -como Aiguablaba y su riquísimo Toc al Mar, Illa Roja o El Golfet-, sus inigualables caminos de ronda y sus preciosos pueblos medievales, invita también a dejarse seducir por exclusivas experiencias con las que enamorarse de las tres comarcas que la componen: La Selva, el Bajo Ampurdán y el Alto Ampurdán.

Historia, arte, ocio y naturaleza muestran sus mejores cartas y se combinan con alojamientos únicos y una gastronomía rica y variada con los que completar el periplo perfecto por el litoral de Girona.

Toc al Mar es un espectáculo en clave gastronómica. Foto: Toc al Mar.

La ruta más bella por los jardines de La Selva

En el municipio de Blanes, conocido como “portal de la Costa Brava”, se inicia este recorrido con una indispensable visita al Jardín Botánico de Marimurtra. Este espacio verde, con especies de todo el mundo, fue creado el 1921 por el alemán Carl Faust, un hombre apasionado por la naturaleza que invirtió su vida y su patrimonio a la realización de su mayor sueño.

Foto: Jardín Botánico Marimurtra.

Dotados de espectaculares panorámicas al Mediterráneo, Marimurtra ofrece la posibilidad de organizar una romántica cena para dos en el que es su spot por excelencia: el templete de Linneo, desde donde contemplar cómo el atardecer va cediendo paso a la noche.

En Lloret de Mar se encuentran los Jardines de Santa Clotilde, ejemplo perfecto de la esencia del jardín novecentista, declarados Bien Cultural de Interés Nacional. Perderse entre sus diferentes caminos dedicados al arte topiario, que en 1919 puso en marcha el marqués de Roviralta, supone una inmersión en las mitologías griega y romana y en las grandes historias sobre dioses y sirenas.

Fue el joven paisajista y arquitecto Nicolau Maria Rubió i Tudurí el encargado de transformar unos terrenos dedicados a la plantación de viñas en uno de los jardines más bellos -y aún desconocidos- del país. Cada tarde, y bajo la suave melodía de las tradicionales habaneras catalanas, el tiempo se detiene mirando al mar con el marco de Santa Clotilde como escenario perfecto.

Som de Mar Lloret
Los jardines Santa Clotilde son uno de los secretos mejor guardados de Lloret.

Una cena entre viñedos en el Bajo Ampurdán

Nada como conducir con las ventanillas bajadas para “saborear” el entorno que nos ofrece el Bajo Ampurdán. Plagada de campos de maíz, manzanas y viñedos, esta comarca propone aminorar el ritmo y disfrutar de las cosas más sencillas: un amanecer al son de las campanadas de la ermita más cercana; una fotografía entre girasoles o una sidra artesanal de pera en Mooma.

Además hay que sumergirse en Cuna, el mágico proyecto del cocinero Federico Filippetti y su experiencia única en medio del campo. Así, mientras una antigua casona del siglo XVIII –CunaHouse– ofrece alojamiento, CunaSpoon lleva del campo a la mesa los productos de temporada en cada momento del año con el genuino giro entre fogones del chef argentino. Un lugar idílico por su entorno, donde conviven de forma natural la vida pausada del campo con el vigor del mar.

Foto: Cuna Project.

En los alrededores, pueblos medievales como Pals, Begur, Peratallada o Monels transportan al visitante a una época pasada entre estrechas y empedradas calles plagadas de buganvillas. La serenidad se respira en cada rincón, y nada mejor para mantener ese estado de paz y rematar el día que una cena rodeados de viñedos de la mano de Celler Mas Geli.

Alto Alpurdán: desde el cielo y hasta el mar

Por aire, tierra y mar es posible quedarse prendado de la belleza del que es el punto más oriental de la Península Ibérica, el Cap de Creus. Sobrevolarlo en avioneta es una de las experiencias más exclusivas y vibrantes, con la que obtener unas instantáneas únicas.

Más de cerca, es posible adentrarse en su Parque Natural y, de la mano de Natural Walks y Evarist March, botánico de El Celler de Can Roca, realizar un precioso recorrido que culmina en un maridaje de vinos con plantas y flores mediterráneas. Los aromas y el sabor están más que servidos.

Bajo el agua, para los amantes del submarinismo, esta zona del litoral aún virgen supone todo un mundo de coloridas paredes de gorgonias y zonas de coral entre las que vive una buena representación de fauna mediterránea. Meros, langostas, congrios y especies pelágicas pueden observarse a poca profundidad nadando entre los siempre enigmáticos pecios.

Hacia el interior también podemos disfrutar de experiencias mágicas. Foto: Natural Walks.

Y, más allá de calas escondidas y abruptos acantilados que se adentran en el mar, siempre quedará Dalí. Su pequeña casa de pescadores en Portlligat se convierte en una enorme ventana al mundo del Surrealismo que conviene completar, sin duda, con el Teatro-Museo Dalí en Figueres, y el Castillo de Púbol.

Para recuperar fuerzas, en el encantador pueblo pesquero de Cadaqués la propuesta gastronómica de Can Rafa es una apuesta segura. Desde 1982, Carmen y Rafa ofrecen una cocina de proximidad honesta y transparente, perfecta para degustar pescados del día y sabrosos arroces acompañados de uno de sus vinos, elaborados a partir de un precioso proyecto de recuperación de las viñas que dan la bienvenida al pequeño municipio.

Alojamientos con mucha historia

La Costa Brava esconde, a lo largo de sus 214 kilómetros, grandes referentes hoteleros como Mas de Torrent, La Gavina o AiguaBlava, alojamientos únicos en los que perderse por unos días del mundo y disfrutar de un entorno inigualable entre la bravura del Mediterráneo y la paz de los municipios del interior.

Playa de Santa Cristina, en Lloret de Mar. Foto: Hotel Santa Marta.

En la maravillosa cala de Santa Cristina, ubicada en Lloret de Mar y rodeada de siete hectáreas de bosque, se impone el hotel Santa Marta, icono de excelencia y exclusividad desde su apertura el 14 de junio de 1958. Con cierto aire decadente y melancólico, su éxito radica en haber sabido mantener un exquisito trato personalizado a lo largo de los años.

En su propuesta gastronómica -recién renovada de la mano de Jesús Niño-, se fusionan una formidable y variada propuesta catalana con el recetario marinero más mediterráneo.

Jesús Niño está al mando de los fogones del Hotel Santa Marta.

Su acceso a un mar de aguas cristalinas, su amplio abanico de actividades y el spa dotado de una amplia carta de terapias con un enfoque holístico con productos naturales y orgánicos consiguen retener a los huéspedes en el recinto y que sientan que, por unos días, la finca es su hogar.

Más al norte, concretamente en el centro histórico de Bagur, se encuentra Aiguaclara, una casa indiana de la que es difícil no enamorarse. Este palacete colonial, datado de 1866 y construido por Bonaventura Caner Bataller, aún conserva elementos originales de su construcción, como los suelos o las puertas que, sumados a una decoración vintage y recuperada, consiguen transportar a los huéspedes al periodo comprendido entre los años 1830 y 1850, cuando varios begurenses emigraron a Cuba en busca de fortuna. A su vuelta, los entonces llamados ‘indianos’ construyeron edificaciones con las que mostrar su éxito y sus riquezas.

El establecimiento ocupa uno de los palacetes de indianos en Bagur. Foto: Hotel Aiguaclara.

Con solo diez coquetas habitaciones, Aiguaclara oculta además rincones perfectos para leer como el salón de Clara, o para disfrutar de una noche de película en un encantador espacio habilitado para estas sesiones cinematográficas. La terraza chill-out, su animado y sabroso restaurante, y la libertad de deambular por las estancias consiguen una sinergia de disfrute y relax irresistible.

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