Arte urbano en Bogotá: cuestión de estado

La capital de Colombia marca el estilo y la integración del arte urbano en la agenda política del país. Nos lo cuentan desde Bogotá tres de sus artífices

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.

Distrito Graffity 2020. Foto: @Juan Santacruz | IDARTES.

Como sucede con las historias que cambian las reglas, este relato arranca con una muerte. Sucedió una noche de agosto de 2011. El bogotano Diego Felipe Becerra, de 16 años, desenfundó un aerosol oculto en su chaqueta en la Avenida Boyacá y apuntó bien alto. Junto a sus compañeros artistas, Becerra, conocido en el gremio como TrIpido, dejaba su impronta en una de las tantas paredes mudas de Bogotá. De golpe, una patrulla policial se aproximó a los jóvenes. El grupo echó a correr y, en su huida, dos balas letales atravesaron un hombro y la espalda del joven artista.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.

De la clandestinidad a la visibilidad mundial

El joven Mulato, hiphopero, grafitero y licenciado en Educación Artística, da cuenta de las dos caras de una expresión artística a la que permanece ligado desde hace más de 15 años: “Ser rapero es una profesión integral –uno pinta, canta, baila– y marcada por el activismo”.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
Foto: ©Mulato.

Al otro lado de la pantalla, se lamenta: “La policía dio su propia versión sobre la muerte de TrIpido: un ladrón atracando un bus… Con ese panorama, pasados dos años, un tal Justin Bieber se dejó caer por esa misma avenida para dejar una de sus pintadas ante la rígida sonrisa de la policía nacional. Fue ahí donde todo estalló. Dejamos de lado las viejas rencillas y la indignación nos llevó a actuar como colectivo de artistas urbanos: writers, street artists, muralistas, los de stencil…”.

Fue cuando la administración de Bogotá Humana, nacida de la mano de Gustavo Petro, empieza a ser conscientes del poder del movimiento y nos dicen: ‘Oigan, vengan y hablemos’. De ahí parte la iniciativa del Decreto 075/2013 del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES) que contempla el graffiti como una manifestación artística y, por ende, de la despenalización”. Así contado suena hasta poético. Nada más lejos de la realidad.

“Me encanta contarle a quien visita Bogotá que, allá donde unos ven un rayón, para el pelao que lo pintó es su único medio de expresión artística”

Mulato

Mesas del graffiti

Con una tirada de 25.000 ejemplares, el periódico de distribución nacional y gratuita Arteria dirige sus contenidos a la promoción de las artes plásticas y visuales desde el año 2006. Su directora y experta en periodismo cultural Nelly Peñaranda mantiene su compromiso y da visibilidad a las últimas tendencias en materia de arte urbano. La periodista aporta la pincelada histórica: “Desde el graffiti, es preciso subrayar esta práctica como expresión de reclamo, inconformidad o denuncia sociopolítica alejada de la legalidad”.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
Un graffiti en Bogotá. Foto: ©ProColombia.

Esta actividad que empezó en Bogotá, Medellín y Cali en los 70, se consolidó en los años ochenta, cuando trascendió los escenarios estudiantiles para habitar cada vez en más calles. Recuerda que “tras la tragedia de Diego Felipe Becerra, se instauraron las mesas de grafitti, una por cada una de las veinte localidades, como plataformas para el estímulo a la creación, circulación y sostenibilidad de los artistas urbanos en la ciudad”.

Mulato corrobora: “Con la creación de estos espacios para el diálogo, el mensaje queda claro: ‘El arte urbano tiene mucho que contarle al mundo’. Tras el Decreto 075/2013, se empiezan a abrir espacios del Patrimonio Nacional para la intervención artística, como la Calle 26 o el distrito de La Candelaria”.

Bogotá ‘marca el minuto’

Como estimulante de la producción artística, la capital colombiana se sitúa a la cabeza del movimiento. Lo sabe bien Catalina Rodríguez, gerente de IDARTES, entidad municipal dedicada al fomento de las prácticas artísticas de la ciudad. “En 2019, había cerca de 8.000 artistas y colectivos urbanos en Bogotá. Gracias a la estrategia de fomento de la práctica responsable de este arte llamada Distrito Grafiti y el programa distrital de estímulos al arte urbano, han realizado 234 intervenciones en más de 46.000 metros cuadrados repartidos en las 20 localidades bogotanas”.

Para la responsable de Arteria “la presencia del gobierno local ha sido determinante para la producción artística. Han surgido nuevos creadores, seguidores y, también, detractores, ya que, para algunos, la intervención pública puede interpretarse como la negación de los principios de provocación y clandestinidad propios de este arte”.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
Distrito Graffity 2020. Foto: ©Juan Santacruz | IDARTES.

En esta línea, Mulato recuerda que “a pesar del respaldo de la ley, hay un espacio no regulado denominado vandal, donde el artista urbano recrea la esencia de esta expresión artística surgida un entorno clandestino y penalizado en su origen. Es una modalidad muy respetada, desde la clandestinidad, que muestra ese desacuerdo con el sistema. Los tres integrantes de VsK, uno de los crews más reconocido, murieron una noche en el metro de Medellín, mientras intervenían una de sus paredes, arrollados por uno de los trenes”.

Un movimiento privado, desde su surgimiento, de unas condiciones mínimas de dignidad. Como declara la portavoz de IDARTES “no fue hasta 2013 cuando la práctica encontró un soporte regulador con la mencionada puesta en marcha del Decreto 075/2013 que lo convirtió en un ejercicio responsable de ciudadanía y de fortalecimiento de las artes”.

Boom del graffiti

La editora de Arteria recurre a las conclusiones del historiador y comisario independiente Juan David Quintero, quien ha seguido de cerca la producción de arte urbano en el país. Para Quintero, cita Nelly, el surgimiento tiene “tres momentos en los que se pueden rastrear esta práctica en el país”. 

“Hoy contamos con una mesa distrital de arte urbano sólo de mujeres con el que ayudamos a incrementar los niveles de inclusión y paridad de género”

Catalina Rodríguez

El primero, como una acción política en los 80 por grupos estudiantiles de la Universidad Nacional, antifascistas, de contracultura, militantes del M-19, FARC, ELN. Artistas activistas como Luis Keshava y Álvaro Moreno Hoffman empiezan a intervenir el espacio público desde el graffiti y la protesta”.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
La Candelaria, Bogotá. Foto: ©ProColombia.

La segunda, según Quintero, la podemos analizar desde los cuatro elementos del hip hop en los años 90, desde sectores como Las Cruces (La Candelaria), y bandas como Estilo Bajo, La Etnnia, Contacto Rap, Gotas de Rap, Santacruz y Omar Bam Bam.

Por último, en el siglo XXI, nos encontramos con la llegada de los festivales de graffiti, muralismo, la publicidad, la apropiación del espacio público con otras herramientas como los carteles, fanzines, activismo gráfico, la autogestión y la misma música, y se sigue en el debate de las intervenciones en ciudades como un ejercicio de ‘buen graffiti’, una posición que estará permeando estos procesos”.

Tal y como relata Nelly Peñaranda, “otras ciudades del país, han avanzado en esta línea. A Bogotá le siguen Medellín, Cali y Barranquilla”. Medellín, única ciudad colombiana con red de metro, cuenta con una mesa de grafiti que ha logrado el crecimiento de proyectos en sus comunas.

Dado su historial de violencia, “el arte urbano ha servido para abordar temas relativos a la memoria, la denuncia, el diálogo y la construcción de paz, como sucede con la Comuna 13”. Y continúa: “gracias a la industria de la impresión, Cali ha hecho de la producción de carteles una práctica distintiva de su arte urbano”.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
Pisos Don Carlos. Foto: ©VALBUENAMATH | IDARTES.

El arte callejero marca la agenda política

En contra de lo que uno pueda pensar, Mulato, como tantos otros street artists, reconoce sin dudarlo el apoyo incondicional de las instituciones públicas: “El apoyo empieza con la inversión. El IDARTES ha impulsado nuestro arte, desde todos los niveles, a través de los estímulos: una política de incentivos que ya están imitando en otras ciudades. A nivel distrital, Bogotá es la ciudad con más presupuesto para intervención de grafiti en América Latina. Hay unos 15 incentivos al año que superan los 4.000€”.

Otra forma de financiación, continúa, es la promoción de Bogotá Grafiti Tour, una iniciativa nacida en 2011 de la mano de Crisp, un artista australiano afincado en Bogotá, para dar a conocer la prolífica escena de arte urbano en la capital y, por tanto, ayudar a dar visibilidad internacional a los artistas locales.

“El cambio cualitativo llegó con la inclusión de artistas como guías, cuyas obras se podían ver en los recorridos. Me encantaba contarle a quienes nos visitan que allá donde uno ve un rayón, para el pelao que lo pintó es su único medio de expresión. Hasta en el confinamiento, tenía muchísimo éxito entre los viajeros. Eso sí es puro activismo”.

Así, hoy las distintas expresiones del movimiento urbano campan a sus anchas en un espacio legal, propicio y custodiado por lo público. Según la periodista cultural:desde la esfera pública, además de las veinte mesas de graffiti, algunas zonas han sido reconocidas como patrimonio grafitero como Puente Aranda. En el sector privado, el proyecto Zeta de la galería Beta, en San Felipe (Distrito del Arte), busca encontrar un lugar para el encuentro e intercambio de creadores”.

Desde IDARTES, Catalina subraya que “con nuestras reglas de juego fomentamos que los artistas y colectivos desarrollen proyectos de manera autónoma. El procedimiento para solicitar permiso de intervención en superficies de la ciudad es público. La Alcaldía Mayor de Bogotá constantemente actualiza el inventario de superficies disponibles”.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
Distrito Graffity 2020. Foto: ©Juan Santacruz | IDARTES.

Escena urbana en femenino

El músculo de la creación urbana en Colombia se sostiene, tal y como asegura Nelly Peñaranda, sobre el trabajo de “un sinnúmero de artistas de distintos géneros. Mujeres como Lili Cuca, en Bogotá, K2 Man, colombiana que trabaja en Buenos Aires, o Titania, en Medellín, son apenas algunos nombres de mujeres dedicadas al graffiti.

No obstante, Mulato reconoce que “si bien ahora hay más mujeres artistas, el 80% de las obras están firmadas por hombres”. Desde la perspectiva institucional, la gerente de IDARTES asume: “Es un porcentaje muy reducido todavía. Hoy contamos con una mesa distrital de arte urbano sólo de mujeres. Con el programa ‘Un nuevo contrato social y ambiental para Bogotá’, ayudamos a incrementar los niveles de inclusión y paridad de género gracias al espacio de participación de nuestras mesas locales”.

“Bogotá se ha consolidado como un referente de propuestas de arte urbano. Hoy hablar de arte urbano es hablar de graffiti, de murales, de proyecciones audiovisuales, de mapping

Nelly Peñaranda

Breve ruta grafitera

Con todo, y lejos de lo que pueda desprenderse, el conjunto de obras urbanas de Bogotá no queda constreñido a la exhibición a la intemperie. Nelly Peñaranda apunta que “algunas galerías privadas realizan exposiciones dentro y fuera de sus paredes e instituciones como la Biblioteca Nacional de Colombia ha comisariado murales gigantescos, como apoyo a exposiciones de sus colecciones”.

Para Mulato, “Bogotá es una galería total de graffiti”. Empezando por Distrito Grafiti, siguiendo en la Calle 26 –de la carrera 7ª a la 30ª–, encuentras todas las manifestaciones posibles del street art colombiano–, y al anochecer, cuando caen las rejas, el espectáculo es fantástico desde la calle 11 hasta la calle 24. Y una curiosidad: un hotel en el que intercambian noches por piezas artísticas en sus paredes: Graffiti Hostel Bogota.

Su muerte y las circunstancias que la rodearon fueron el desencadenante de una insólita ola de reivindicaciones por parte de la comunidad grafitera. Una década después, si bien su verdugo sigue huido de la justicia, el escenario legal, el compromiso político y el patrimonio del arte urbano de Bogotá marcan ejemplaridad en toda América Latina.
Foto: Cortesía Mulato.

Si lo que quieres es codearte con artistas, Mulato recomienda Dmental Graffiti, donde encontrarás de todo para crear tus graffitis: aerosoles, boquillas, camisetas, calcas, respiradores, moda urbana…

Otro templo de este peregrinaje es Contra (carrera 5ª con la calle 22), un espacio que apoya además la cultura del hip-hop y está regentado por artistas.

Antes de la pandemia, el macro festival Hip Hop Al Parque aunaba lo más granado de la escena rapera nacional e internacional: Violadores del Verso, Frank T, Arianna Puello, La Mala Rodríguez…”.

En su despedida, Mulato se muestra sonriente y categórico: “La historia del graffiti habla de la conciliación de las miles de formas de expresión del arte urbano. Hace diez años, nos jugábamos la vida para crear una pieza: había obstáculos institucionales, sin contar con nuestra propia ‘guerra de estilos’. Ahora trabajo en libertad, y en cooperación con mi crew KAC, gracias al ejemplar tejido de las iniciativas públicas de Bogotá”. Se queda en silencio y zanja: “Aún nos queda mucha historia que pintar”.

(Foto de portada Distrito Graffity 2020. Foto: ©Juan Santacruz | IDARTES).

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