La tecnología está diseñada para secuestrar la atención (pero podemos evitarlo)

El uso del móvil y las distracciones por las alertas llevan a una pérdida de las facultades mentales más importantes. Pero hay claves para recuperar la atención

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.

Foto Marvin Meyer | Unsplash

En una cabaña en la montañas de Colorado (EEUU), rodeado de naturaleza y con apenas conexión a Internet: fue así como el escritor norteamericano Nicholas Carr quiso concentrarse sin distracciones para reflexionar sobre cómo se estaba transformando su cerebro y escribir su libro Superficiales, ¿qué esta haciendo internet con nuestras mentes?.

Carr tomó la decisión de su retiro voluntario y la determinación de escribir su libro, como él mismo explica en sus páginas, al percibir que el modo en que operaba su mente estaba cambiando. Se notaba más distraído, con menos capacidad de concentración… había perdido capacidad lectora. Era el año 2007.

En el momento en que Carr estaba en su cabaña, aún no habían nacido Instagram, ni Snapchat, ni TikTok, ni Twitch… aunque la World Wide Web no era una novedad y plataformas como Facebook ya llevaban unos años tratando de conectarnos y, también, de captar nuestra atención.

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.
El uso del móvil puede llegar a facetas adictivas. Foto Gabrielle Henderson | Unsplash

En poco más de una década, ese contexto que según Carr favorecía el pensamiento superficial se ha potenciado y se ha vuelto prácticamente ubicuo, inundando casi todas las esferas y todas las actividades. Detrás de esta intensificación del fenómeno se encuentra el móvil, ocupando una posición central, con sus microestímulos constantes en forma de notificaciones.

El móvil consume entre una y cuatro horas diarias de la mayoría de los españoles

El acto de sacar el móvil para consultarlo se repite decenas, incluso centenares de veces al día, en todo tipo de situaciones: mientras conversamos cara a cara, mientras nos desplazamos, mientras hacemos ejercicio, mientras asistimos a una conferencia o mientras vemos una película.

Poco a poco, el smartphone se ha adueñado de los ratos libres (esos momentos de espera por el metro o el autobús, por ejemplo) y de una porción creciente de nuestro tiempo.

Este dispositivo consume entre una y cuatro horas diarias de la mayoría de los españoles, según un estudio del portal Statista sobre el uso del móvil en España.

Algo más que un cambio en la capacidad lectora

Preocupado por su capacidad lectora, Carr repasaba en su obra algunos de los cambios positivos que esta nueva forma de leer, en la pantalla, traía consigo: estábamos volviéndonos, por ejemplo, más eficaces en la multitarea.

Pero a cambio renunciábamos a la profundidad de razonamiento que posibilita el texto escrito que, sostiene Carr, fue una de las claves que posibilitó el progreso de la humanidad.

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.
Los algoritmos invaden como nunca antes lo habían hecho. Foto Luca Bravo | Unsplash

La cuestión, analizada desde esta perspectiva, adquiere unas dimensiones que van mucho más allá de un simple cambio en los hábitos de lectura y de perder algunas de nuestras capacidades a cambio de otras nuevas.

Es lo que sostiene ahora, años más tarde, el cofundador del Center for Humane Technology James Williams en su obra Clics contra la humanidad.

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.

Se sentía «profundamente» distraído. Incomodado por lo que percibía como un cambio en sus capacidades, decidió dejar su trabajo y cruzar el charco para doctorarse en Oxford, investigando sobre Filosofía y Ética de la Tecnología.

Bombardeo de estímulos

En su obra, Williams define el entorno digital en el que vivimos sumergidos como un espacio diseñado para explotar nuestras vulnerabilidades y tratar de captar durante el mayor tiempo posible nuestra atención. Notificaciones y estímulos constantes. El resultado: un nivel de distracción profundo, cuyas implicaciones, explica, van mucho más allá de la continua interrupción de tareas en la vida cotidiana.

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.
Las personas se enfrentan a un bombardeo de estímulos. Foto Nordwood Themes | Unsplash

El flujo continuo de distracciones afecta, en última instancia, a nuestras facultades fundamentales (reflexión, razón, inteligencia…) y con el tiempo diluye nuestros valores a nivel individual y colectivo.

El flujo continuo de distracciones afecta, en última instancia, a nuestras facultades fundamentales

El problema de base se encuentra en el diseño de la tecnología y en el modelo de negocio que sustenta a las grandes tecnológicas.

Las aplicaciones que supuestamente han de hacernos la vida más fácil y están pensadas para conectarnos con familiares y amigos, están en muchas ocasiones diseñadas para conseguir otro objetivo que acaba subvirtiendo el supuesto propósito inicial: captar nuestra atención durante el mayor tiempo posible, para después vender esa atención y monetizarla.

Así, nos enfrentamos a los algoritmos que mueven las redes sociales, líneas de código que han sido concebidas para mostrarnos contenidos similares a los que previamente han capturado con más éxito nuestra atención, totalmente adaptados a nuestros intereses, y a nuestras debilidades. Contenido que persigue que el usuario vuelva y dedique más tiempo a la aplicación.

Ladrón de la atención goblal

Williams sostiene que todo esto no es fruto deliberado de un plan por hacerse con la atención de la humanidad y así socavar los cimientos de la sociedad, sino resultado de un modelo de negocio que ha devenido en una gran máquina de persuasión y que para ganar más y más dinero busca captar permanente nuestra mirada y, también, nuestro tiempo.

La solución a todo esto, opina Williams, ha de ser sistémica. No puede recaer sobre el individuo: se ha replantear la publicidad y también rediseñar la tecnología poniendo la ética en el centro. No se trata de renunciar a la tecnología, sino la de realinear los objetivos de las aplicaciones con el tipo de objetivos vitales que hacen humano al ser humano.

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.
La capacidad de concentración se diluye ante las nuevas tecnologías. Foto Carlos Muza | Unsplash

Esto es, aprender una habilidad nueva, dedicar más tiempo a la gente cercana, planificar un viaje… Objetivos que requieren de una atención que es secuestrada por la tecnología que debía supuestamente  ayudarnos a conseguirlos.

Según Williams, esta lucha por recuperar la capacidad de atención, uno de nuestros bienes más preciados, debería ser la lucha prioritaria de la sociedad ahora mismo, pues mientras no se consiga solucionarla no seremos capaces de afrontar ningún otro desafío de los muchos que plantea el siglo XXI.

Resistencia frente a la distracción

Entre tanto, a nivel individual, un primer paso sería tomar conciencia sobre el problema, considera Williams, y tratar de recuperar en parte nuestra atención secuestrada.

Para este propósito, podrían servir algunas acciones como configurar el móvil para recibir el menor número de notificaciones posibles, solo aquellas imprescindibles. Por ejemplo, silenciar las alertas recibidas de determinadas aplicaciones como redes sociales y mensajería. Así, en lugar de interrumpir una tarea, el usuario podría recuperar control y solo ver los nuevos mensajes o publicaciones cuando activamente decida entrar en la aplicación.

Otra posibilidad pasa por configurar alertas, que posibilitan las aplicaciones como Instagram o el sistema operativo Android y iOS (Apple), para avisarnos al cabo de X minutos de uso de determinada app o del dispositivo.

Williams trabajó durante años exitosamente para Google hasta que comenzó a percatarse que vivía rodeado de tecnología que supuestamente debía facilitarle la vida pero paradójicamente cada vez le resultaba más difícil conseguir hacer lo que se proponía.
Hay trucos para cortar con la dependencia del móvil

En un nivel más radical, renunciar a muchas de las plataformas que compiten por nuestro tiempo. Poner en una balanza lo que ofrecen y lo que reclaman a cambio.

Una opción pasa por crear espacios de resistencia frente a la atención que reclama el móvil

Otra opción pasa por crear espacios de resistencia frente a la atención que reclama el móvil. Esto es, blindar determinadas actividades en las que nos forcemos a dejar el smartphone fuera de nuestro alcance.

Según Williams, las generaciones venideras nos juzgarán por la forma en que hemos cuidado del medio ambiente exterior (y afrontado el desafío del cambio climático) y también del interior: esto es, de qué modo hemos luchado por recuperar nuestra atención para prestársela de nuevo a aquello que consideremos que realmente lo merece.

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