Ha muerto Sean Connery, el actor que pudo reinar

Nos ha dejado el escocés que fue James Bond, padre de Indiana Jones y el fraile detective William von Baskerville de 'El nombre de la rosa', un inmortal

A los 90 años, durmiendo en paz en su mansión de las Bahamas, falleció el que fue el primer James Bond de la gran pantalla, y que también llegó ser inmensamente popular gracias a películas como El nombre de la rosa (Jean Jacques Annaud, 1986) o Los intocables de Eliot Ness (Brian De Palma, 1987), que le valió el único Oscar de su carrera, aunque solo fuera al Mejor Secundario.

A pesar de los más de 90 títulos de una filmografía a la que puso punto final con su participación en La liga de los hombres extraordinarios (Stephen Norrington, 2003), un gran éxito con malas críticas, queda la sensación de que este escocés tan orgulloso de serlo, que vestía kilt a la menor ocasión (incluso cuando Isabel II le hizo Sir en 2000), podría haber dado más de sí.

Su pelo, o más bien la falta de él, jugó en su contra, así como sus intentos desesperados por escapar del personaje que le hizo famoso. Aún y así, tuvo ocasión de demostrar que, dentro de sus limitaciones, también podía ser un actor notable, sobre todo gracias al gran Sidney Lumet, que fue el que más y mejor supo exprimir un talento interpretativo en el siempre entraban en juego sus pobladas cejas.

James Bond contra la alopecia

El que acabaría titulando su autobiografía Being a A Scot y convirtiéndose en el máximo inversor del partido nacionalista escocés, nació en el seno de una familia de clase trabajadora –padre camionero, madre empleada del hogar–, y creció haciéndose el duro en las calles de Edimburgo. Dejó muy pronto el colegio, se dedicó a mil trabajos de supervivencia (albañil, guardaespaldas, barnizador de ataúdes, tramoyista), pasó por la marina, fue culturista y jugador de fútbol profesional. Todo eso antes de descubrir su auténtica vocación.

Hizo teatro e intervino en algunas películas británicas de bajo presupuesto, pero su vida cambió cuando, en circunstancias que varían según las versiones, acabó siendo elegido para encarnar al seductor espía creado por Ian Fleming en Agente 007 contra el Doctor No (Terence Young, 1962). Al principio, Fleming no estaba muy convencido, pues Connery, al margen de que empezaba a clarear, era más bien rudo, además de escocés y de extracción humilde. Nada de todo eso casaba con el personaje, pero al final tuvo que rendirse a la evidencia. Había nacido un mito, y además en Jamaica, como tenía que ser –con una buena colección de calipsos interpretados por Byron Lee & the Dragonaires, además del temazo de John Barry–, pues ahí también Fleming creó a Bond, en su mansión de la más musical de las islas.

Sean Connery./ EFE

Aunque la creencia popular es que llevaba peluquín desde que combatió al Dr. No, lo cierto, en nombre de la justicia capilar, es que no se vio obligado a incorporarlo hasta un par de años después, en James Bond contra Goldfinger (T. Young, 1964). Capaz de lidiar con una Ursula Andrews emergiendo de las aguas, Connery se consideró enseguida como el modelo de hombre de pelo en pecho, y lució el esmoquin de 007 en otras seis ocasiones, aunque de manera intermitente, dejando espacio a George Lazenby y Roger Moore, y despidiéndose de la saga definitivamente del personaje con Nunca digas nunca jamás (1983), que en realidad era una nueva versión de Operación Trueno, y no formaba parte de la saga oficial.

Si Connery volvía a Bond, o no podía escapar de él, era por dinero. Siempre le gustó el dinero, ya fuera para donarlo a su causa nacionalista, o para vivir los placeres de la vida, como el golf, un deporte que le llevó a comprar una finca en Marbella, ciudad con la que vivió un romance de una década, hasta que se enemistó con Jesús Gil, y se vio envuelto en un escándalo inmobiliario.

Icono del cine palomitero

Además de la saga Bond, su carisma y físico imponente, que le valió la calificación de Hombre Más Sexy del Mundo, le llevó a participar en una larga serie de grandes espectáculos cinematográficos. Formó parte del extenso reparto coral El día más largo (1962), y más adelante en grandes éxitos de los 80 –como Los inmortales, El nombre de la Rosa, Los intocables de Eliot Ness, Indiana Jones y la última cruzada– y de los 90 –La caza del octubre rojo, La casa Rusia, Robin Hood: Príncipe de ladrones, La Roca–.

Quizás hubiera estado mejor que se despidiera con Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000), para dejar constancia que también trabajó para grandes directores, más o menos autorales, como Alfred Hitchcock (Marnie, la ladrona), Martin Ritt (Odio en las entrañas), John Boorman (en la sin embargo desastrosa Zardoz), Richard Lester (Robin y Marian), Fred Zinnemann (Cinco días, un verano) y naturalmente John Huston en El hombre que pudo reinar.

Huston fue uno de los que mejor supo sacarle partido en esta aventura en la India, adaptada de Kipling, en la que Connery compartió protagonismo con Michael Caine. Aunque finalmente lo más reseñable de su carrera bien podría ser su larga colaboración con Lumet. Rodaron juntos hasta cinco películas. Entre ellas la muy memorable La ofensa (1973), sobre un inspector de Scotland Yard muy quemado de lo suyo, que se adentra en la más densa oscuridad cuando tiene que lidiar con el caso de un violador de niñas. 

En muchos países La ofensa, de tan perturbadora, fue silenciada, no se sabe si para no empañar la carrera del que seguía siendo Bond, acaso a su pesar. Una película de auténtico culto que deja entrever al gran actor que Connery podría haber llegado a ser, si la fama le hubiese dejado. Si tuviera que quedarme con una sería esa, aunque, como digo siempre: ¿para qué elegir?

a.
Ahora en portada