La vanguardia musical se pone folclórica

Asistimos a la era de la desmitificación de los géneros y la desintegración de etiquetas. Una nueva hornada de músicos recupera sonidos de raíz ibérica para (re)componer melodías de rabiosa contemporaneidad

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.

Son (somos) carne de plataformas musicales, de festivales multitudinarios y de redes sociales. Lo saben compositores, productores y estrategas de las campañas de marketing digital. Esta feliz circunstancia ha facilitado un fenómeno musical en España: una ola de novedades musicales se ha alzado gracias al tirón del folclore autonómico y a las nuevas sintonías urbanas. Una reivindicación de lo local atemperado con destellos electrónicos, pop, rockeros o folk se ha abierto paso en el sofisticado universo de las escuchas digitales.

Sería injusto pasar por alto el mérito de una caterva de pioneros que hicieron camino al cantar: Rosalía, El Niño de Elche, Fuel Fandango, Silvia Pérez Cruz y, por supuesto, la ya célebre reconversión de los sonidos raperos de C. Tangana a la factura flamenca, cubana y afrobrasileña de El Madrileño, orquestada por su productor fetiche Alizzz.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Maria Arnal durante una actuación.

Los artistas tiran de raíces

Una reciente promoción de músicos se pone la vanguardia por montera con un suculento menú que tira de raíces, de leyendas locales y de idioma propio. Es el caso de Verde Prato, el proyecto musical de la bilbaína Ana Arsuaga, que acaba de presentar su primer álbum, Kondaira eder hura (2021), una hipnótica serenata en euskera con guiños al costumbrismo de su tierra en una atmósfera electrónica, y de Joanna Gomila, que revela la inmensidad de su mallorquín natal en las treces pistas, ‘como trece islas’, de su último trabajo Paradís, custodiada por los latidos eléctricos de su Laia Valls.

Rodrigo Cuevas ilustra una explosiva reivindicación LGTBIQ desde la rotunda sencillez de una aldea, y en asturianu

Ambas, Verde Prato y Joana Gomila, presentaron sus respetos a un público flasheado en el madrileño Teatro de la Abadía, durante la última edición del Festival Internacional de Arte Sacro (FIAS 2021). Días antes, en el marco de actividades del mismo festival, el dúo de Maria Arnal i Marcel Bagés, que se consagró como referencia folk en catalán con 45 cerebros y 1 corazón (2017), presentó su segundo largo ante un público que literalmente mojó de emoción sus mascarillas, mientras tarareaba, entregadísimo, los versos en catalán de la Björk de Badalona y sus secuaces –Marcel Bagés, David Soler y las Tarta Relena–.

Lo mismo le ocurre a Queralt Lahoz, nacida en Barcelona y criada entre granaínos, que sostiene su experimentación artística sobre la tradición melódica de su linaje y los sonidos urbanos de sus coetáneos. También el asturiano Rodrigo Cuevas, con Manual de cortejo –una oda a lo rural, a las mujeres del campo y a su tierrina astur–, ilustra una explosiva reivindicación LGTBIQ desde la rotunda sencillez de una aldea, y en asturianu.

En esta selección, no podían quedar atrás los inclasificables Califato ¾, que abarcan todos los palos de su tierra, con un poso psicodélico y en dialecto andaluz; el gallego Baiuca, con su electrónica ‘galega’ y gaitera que llena(ba) por igual teatros y garitazos, y el interesantísimo proyecto de Ruiseñora, cuyas letras apelan a las raíces extremeñas. Todos ellos (y otros tantos) justifican el artículo que están a punto de leer.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Baiuca. Foto: @Adrián Canoura.

Generación sin género

“Definiría mi música como pop mutante, el concepto de mutación es tan abierto que caben en él todas las músicas”. Lo dice Maria Arnal (Badalona, 1987) quien firma, junto a Marcel Bagés, su segundo largo, CLAMOR (Fina Estampa, 2021), una hermosa incursión cósmica a los orígenes del mundo. La compositora reconoce que “cree más en las artistas que en los géneros, cuyas trayectorias van transformando su música, como la de Björk, Patti Smith, PJ Harvey, Fka Twigs, Kate Bush, Enya, Maria del Mar Bonet, Montserrat Caballé o Arca”.

«Definiría mi música como pop mutante, el concepto de mutación es tan abierto que caben en él todas las música»

Maria Arnal

Nacida apenas unos años después, Queralt Lahoz (Santa Coloma de Gramanet, 1991) comparte con Maria tanto profesión e inquietudes, como ciudad de nacimiento y pasión por la transmutación de géneros. Con un solo EP publicado, 1917, se ha saltado todos los semáforos en rojo de su profesión. Sin apenas aspavientos en redes sociales y con un modesto presupuesto de promoción, sus temas condensan a lo grande la riqueza de sus influencias. No en vano creció en el seno de una familia de Granada asentada en uno de los núcleos de migración andaluza de la capital catalana.

Su proyecto musical gravita, como cabía esperar, en torno a sus orígenes y a la generación a la que le tocó pertenecer. Un tsunami de referencias que evocan sonidos latinos, del dancehall, hip hop y trap; y envuelto de una atmósfera que hace pensar en la Granada del siglo XIX.

Queralt profundiza en el legado de las mujeres trabajadoras del sur, las de su sangre, que trascienden épocas y gremios para reivindicar la fuerza de una artista que tiene más de superviviente que de diva: “Mis sonidos son hijos de una misma madre: la música. Investigo y juego con los estilos con los que más de identifico, así como con las cadencias andaluzas, boleros, R&B o el rap. No me gustan las etiquetas. Necesito que la armonía y la melodía vayan de la mano”.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Queralt Lahoz. Foto: @Layaniss.

Califato ¾

Compañeros de cuna –Andalucía–, de pasiones –la música de raíz– y de escena –la electrónica y el underground, nada menos–, S Curro, The Gardener, BSN Posse, Industrias 94, Lorenzo Soria, Digital Diógenes y Esteban Bove dan cuerda a la soberbia maquinaria de Califato ¾ (léase Califato tres por cuatro).

Si nos ponemos estupendos, podríamos decir que sus dos álbumes –La puerta de la Cânne (2019) y La Contraçeña (2021)– rezuman el estilo de ASAP Rocky y a Snoop Dogg, con trazas de Camarón, Pink Floyd, Enrique Morente, Emir Kusturica y Lagartija Nick, y pinceladas de María Jiménez y Carlos Cano: “A nuestra música la llamamos folklore futurista: mezcla e incorpora muchos estilos y sonoridades sin filtros. ¡Nos gustan las etiquetas para poder encontrar los discos! Y nuestra música necesita unas cuantas…”.

«Mis sonidos son hijos de una misma madre: la música. Investigo y juego con los estilos con los que más de identifico»

Queralt Lahoz

Lo que vienen a decir estos inmensos malabaristas del flamenco, del rock & roll y de la electrónica de finales del XX es que la fusión de géneros es algo que llega naturalmente: “Surge de personas que unen su talento en un estudio. Si juntas a Björk con Raimundo Amador surgirá algo inesperado, si lo hace Manzanita con un músico del Congo saldrá otra maravilla”.

Ruiseñora

La extremeña Elia Maqueda (Espíritusanto) y el canario Atilio González (Matarse en la Castellana) forman el explosivo dúo Ruiseñora. Reminiscencias de cantares extremeños, de copla y tonadilla, letras que apelan a los recuerdos, a la familia, y recursos sónicos de la psicodelia recorren su debut, Siglo XX (2016), y convergen en su segundo álbum, Relente (Raso Estudio, 2019).

“Lo llamamos ‘psicodelia popular’. Nuestra música contiene elementos del pop, de la electrónica, del rock progresivo y de la canción española, apunta a una gran diversidad de estilos”. Maqueda y González reconocen, modestia aparte, que “Ruiseñora, sin parecerse a nada, forma parte de un movimiento que retoma la tradición musical más cercana. Nos alejamos del estilo anglosajón para dar visibilidad a las formas y el léxico extremeño, inédito para muchos de nuestros oyentes”.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Elia Maqueda y Atilio González son Ruiseñora.

Xosé Lois Romero & Aliboria

Latexo (Raso Estudio, 2020) contiene las diez pistas del segundo álbum de Xosé Lois Romero & Aliboria, un equipo de artistas multidisciplinares liderado por el compositor gallego del mismo nombre. Esta banda a lo Arcade Fire respira, canta y compone en gallego.

«Con Aliboria desarrollo el canto de las mujeres y la percusión tradicional gallega, expandiendo sus posibilidades y difuminando los límites»

Xosé Lois Romero

Curtido en escenarios de su Galicia natal, el colectivo deslumbró, a pesar de las circunstancias pandémicas, a un público que, sin comprender del todo la magnitud de sus letras, sabe reconocer el talento. ¿La fórmula? “Con Aliboria desarrollo el canto de las mujeres y la percusión tradicional gallega, expandiendo sus posibilidades y difuminando los límites. Es algo así como tribalismo post-folclórico gallego, tal y como lo acuñó Alan Queipo, director de nuestro sello y agencia de booking y management Raso Estudio«.

Romero ha sabido trasladar a sus propuestas musicales “desde Galicia, y a partir de infinidad de influencias que beben del jazz, la electrónica y de las músicas tradicionales”. Y añade: “Por generación, me inspira mucho el rock sinfónico, la World Music, la música celta y casi cualquier artista que se atreva con sonoridades étnicas”.

Milagro musical

Y si hablamos de atrevimientos sonoros, el milagro musical del también gallego Alejandro Guillán (Catoira) ha calado bien hondo en los últimos tres años, y no sólo en la trayectoria de Xosé Lois Romero, con quien ha colaborado en numerosas ocasiones. El artista mejor conocido como Baiuca, cuyos conciertos prepandémicos colgaban siempre el cartel de ‘entradas agotadas’, nos ha seducido sin remedio gracias a una batido energético a medio camino entre el folk gaitero y los sonidos de la electrónica minimal.

Ante las ovaciones sobre el escenario y las grandes oraciones desde el púlpito, el creador de Solpor (2018) se limita a reconocer que “sería difícil constreñir mi música a un único género, pero podría hablar de ‘folktrónica’, ya que la parte electrónica está muy presente y mis sonidos abordan varios estilos”.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Aliboria

Así dicho puede sonar a lugar común, si no fuera porque el compositor se nutre, desde su infancia, de una inmensidad de estilos: “Mi proyecto musical se identifica con mi vida y con mis orígenes en Galicia. He tratado de encontrar un equilibrio entre la tradición gallega y las nuevas vanguardias, con instrumentación sintética y electrónica contemporánea. Es una búsqueda de un sonido con personalidad propia en el que todos los elementos confluyen en un mismo sentido”.

De qué hablamos cuando hablamos de fusión

Siglos antes de que el término ‘música de fusión’ se convirtiera en una permanente coletilla en revistas y artículos especializados, las composiciones melódicas ya eran pura mezcolanza de caracteres. Desde que hay registros escritos, la creación musical se fundamenta sobre la confluencia de resonancias de aquí y de allá.

Tal vez por ello, son muchísimos los compositores que se resisten a una expresión que, pensándolo bien, pasaría por una redundancia: la música no es otra cosa que la fusión de varios sonidos, estilos e invocaciones históricas. Es así para Baiuca, el creador de la ‘folktrónica’,: “No me gusta mucho la expresión ‘música de fusión’, aunque entiendo que por lo general se refiere a esa relación entre la música de raíz y otros estilos musicales. Esto te puede llevar a infinidad de terrenos”.

Tal y como sucede con su último lanzamiento, en colaboración con el artista Rodrigo Cuevas, Veleno, el adelanto del esperado Embruxo (no se apuren, llega en mayo). Veleno es una fantasía musical en galego, asturianu y castellano que flirtea con la liturgia de los aquelarres en formato tecno rave. Un sueño, vaya.

Sin etiquetas caducas, sin información nutricional y sin prejuicios. Así se presenta el poderío del otro autor de Veleno. Rodrigo Cuevas (Oviedo, 1985), –en marzo petó el (hoy reducido) aforo del Palau de la Música con su espectáculo Trópico de Covadonga– reside en una aldea asturiana de no más de 20 vecinos con su burra y sus gallinas.

El prodigioso ‘agitador folclórico’ de Asturias sienta cátedra en su web: “La belleza que esconde la cultura de un pueblo está en su folclore […] El folclore es un ser vivo que se extiende por toda la faz de la tierra, como un micelio, no entiende de barreras físicas ni políticas”. Performer, actor, activista del glam-rural, Cuevas ostenta la gracia de su público asturiano y el beneplácito de la crítica del sector gracias a su segundo álbum, nacido a las puertas de la pandemia: Manual de Cortejo (El Cohete, 2019).

«Es importante remarcar que el folclore es una de las músicas populares, tan amplias como lo son las músicas de vanguardia»

Rodrigo Cuevas

Con Raül Refree como productor, y curtido con artistas (folclo)rupturistas como Rosalía, El Niño de Elche o La M.O.D.A., la factura musical de su primer largo, que bucea en las raíces de su Asturias natal y se sostiene con acertados arreglos electrónicos, entre el xiringüelu, muiñeiras y habaneras, convenció al jurado de los Premios MIN y se alzó con dos de las 8 nominaciones: Mejor disco de músicas del mundo y fusión y Artista revelación.

“Creo que es importante remarcar que el folclore es una de las músicas populares, tan amplias como lo son las músicas de vanguardia. No creo que sea novedoso el jugar con varios registros a la vez. El triunfo es que ahora, gracias a internet y a las plataformas musicales, el fenómeno se ha extendido. Hoy en día, los festivales de música con más tirón llevan uno o varios cabezas de cartel que van ligados al folclore”. Y subraya que «la fusión se viene haciendo desde que existen registros sonoros. Igual que ahora los jóvenes escuchan lo que hago yo, lo que hace Fuel Fandango o Maria Arnal i Marcel Pagés, lo hacían los jóvenes del siglo XX con Bambino, los Panchos y Camarón”.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Rodrigo Cuevas. Foto: @lacostastudio.

De versatilidad (y lenguas minoritarias)

Ahora bien, uno de los méritos de esta nueva corriente musical reside en la versatilidad idiomática de sus creadores: “Me parece que por fin hay un trabajo de dignificación de las lenguas minoritarias que lleva tiempo fraguándose. Es emocionante que cada cual pueda cantar en su idioma y el público responda por igual en cualquier región”. Cuevas, que reconoce la importancia de las plataformas musicales en su despegue artístico, subraya: “Son armas de doble filo: ayudan a que nuestra música se dé a conocer y, por otro lado, los royalties por streaming son a veces ridículos. Si tuviéramos que vivir de esos pagos, serían inviable generar contenidos para ellos”.

En estas lides, Barcelona va bien de miscelánea autonómica. Una inquieta comunidad de descendientes de familias llegadas de Andalucía, Extremadura y Galicia, a lo largo del pasado siglo XX, se ha puesto a la cabeza de la experimentación ‘sonidera’. Tanto Queralt Lahoz como Maria Arnal, cada cual amparada por su propia estela de tradiciones, coinciden en un aspecto: ambas se sirven de su olfato para poner en marcha su particular maquinaria creativa.

Lo que Maria Arnal entiende por música de fusión es “un cruising de sonidos”. Entre risas, la creadora insiste en que “es importante no sacrificar la intuición y la libertad de experimentación artística en favor de lo que manda la industria”. Porque, al fin y al cabo, “son sólo cifras, visualizaciones o likes”.

Lahoz, que acaba de lanzar Tu boca, el adelanto del LP que verá la luz en mayo y un canto pegadizo al amor universal, pontifica: “La fusión lleva años produciéndose, hoy en día son pocos son los que se quedan en un solo estilo. La evolución de los géneros es la mezcla de influencias que se dan en los desplazamientos humanos”. Y termina por reivindicar su patrimonio: “Yo vengo de las coplas, del flamenco, del bolero, de los sonidos que se han escuchado en mi casa, pero también vengo de que lo descubrí durante mi adolescencia: canción de autor, el rap y el jazz”.

«Nuestro folklore es cualquier cosa que conecta nos nosotros: del Breakbeat a las marchas de Semana Santa»

Califato ¾

Cosas que sus nietos deberían saber

Rodrigo Cuevas, que se mueve indistintamente entre pollos y post, asume que sus influjos artísticos se erigen sobre puntos de referencia diversos: “Tengo la suerte de vivir en un lugar donde la cultura tradicional está viva. Y de haber vivido en Galicia, rodeado de señoras humildes con un amplio sentido de la humanidad, colectividad, empatía y de la conciencia colectiva que más quisiera nuestra generación”.

En esta línea, los componentes de Califato ¾ contestan a una: “Nuestro folklore es cualquier cosa que conecta nos nosotros: del Breakbeat a las marchas de Semana Santa. Una ruta de sonidos sería: Jamaica, Bristol, UK Bass, Andalucía y el mundo. En nuestro proyecto conviven de un modo natural un sinfín de referencias. Compartimos, eso sí una visión común donde aparece el folklore andaluz, la World Music y la música electrónica”. La personalísima factura de la música de la banda andaluza “suena a ‘Califato 3×4’, destila nuestra personalidad, ya que nace de nuestra amistad, jugando como niños. Hacemos música para nosotros”.

Después de todo, ¿qué huella anhelan dejar de su paso por el mundo musical? Para Alex Guillán (Baiuca, sí): “Lo que aporta mi música a la realidad contemporánea es que conecta a los jóvenes con la tradición a través de un sonido actual, descargados de prejuicios y con la curiosidad de indagar en el pasado”.

Sea tendencia, rumor o norma. Lo que es innegable es que una renovada comunidad de melómanos se ha convertido en la nueva especie depredadora del ecosistema musical del siglo XXI como consumidores masivos de listas de reproducción a la carta y desde casi cualquier rincón del planeta tierra.
Califato ¾. Foto: @Adri Offdelcampo | Estilismo: Leandro Cano.

Por su parte, la catalana Queralt Lahoz revalida su autenticidad: “Mi trabajo no es una moda. Mi deseo es que me guste a mí y a mi público una vez pasen los años. Mis letras aspiran a contar algo más allá de las palabras, algo que aprendí con la poesía. La intención es que sea un todo: buenas composiciones, melodías, letras, mensaje y afinación. No me interesa nada el fast food musical que tanto se estila”.

Y Xosé Lois Romero, líder de Aliboria, sostiene que “la tradición musical ha sobrevivido a generaciones enteras, con unas formas que, lejos de ser anacrónicas, se rebelan esenciales frente a la globalización. Eso es lo que me lleva a trabajar con la música popular gallega”. El creador gallego concluye: “Somos un compendio de nuestra tradición local y de la música que hemos descubierto a lo largo de nuestra vida. La fusión es encontrar el equilibrio entre nuestras raíces y la música que marca la actualidad”. Queda claro: se escucha, se siente, el folklore está presente.

(Portada Califato 3×4. Foto: @Adri Offdelcampo | Estilismo: Leandro Cano).

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