Rodrigo Cortés: habla como escribe

Rodrigo Cortés presenta 'Los años extraordinarios', una novela que asegura un descalabro a quien trate de adaptarla al cine y un vagar surrealista y casi centenario a quien la lea

Su mirada, su imaginación, es posible que tenga que ver con que Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973) de niño vio películas de oídas y leyó libros a oscuras. Esto me lo cuenta vestido de negro, mascarilla incluida, y calzado con unas botas de peregrino, de los que andan, no de los que van de rodillas, en una mañana calurosa en la terraza de la oficina de la editorial Penguin Random House en Madrid.

Rodrigo Cortés. Foto: ©Irene Medina.

Su mirada, su imaginación, es posible que tenga que ver con que Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973) de niño vio películas de oídas y leyó libros a oscuras. Esto me lo cuenta vestido de negro, mascarilla incluida, y calzado con unas botas de peregrino, de los que andan, no de los que van de rodillas, en una mañana calurosa en la terraza de la oficina de la editorial Penguin Random House en Madrid.

Entre él y yo, intuyo, hay la misma distancia que sus padres le marcaron respecto de la televisión; la suficiente para que no viera películas y la justa para que el entrevistador no alcance a ver si la grabadora deja de grabar. Rodrigo Cortés, que vivió en Salamanca, habla como si se dirigiera a un foro romano o griego en vez de a un dispositivo modelo Tascam DR-40.

El castellano de Rodrigo Cortés

Menudo castellano el suyo. Le escucho más ensimismado que atento, con la certeza de que la transcripción no va a requerir una edición. Su locución incluye el marginado punto y coma. El suyo es un parlamento lento y profundo, como una inmersión en el fondo del mar, en sumergible. Si al hablar salen burbujas no se entiende lo que dices.

Su mirada, su imaginación, es posible que tenga que ver con que Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973) de niño vio películas de oídas y leyó libros a oscuras. Esto me lo cuenta vestido de negro, mascarilla incluida, y calzado con unas botas de peregrino, de los que andan, no de los que van de rodillas, en una mañana calurosa en la terraza de la oficina de la editorial Penguin Random House en Madrid.
Rodrigo Cortés. Foto: J.P.Gandul | EFE.

Cuenta que leer era algo natural e incapaz de dejar de hacerlo. De la biblioteca de sus padres cogía los libros que le parecían estimulantes. Criterio que hizo que con nueve años leyese a Kafka, no porque se entregara la hondura existencial del escritor praguense, sino porque había un tío que se levantaba convertido en escarabajo. Después de leer un tebeo de Mortadelo y Filemón, de la colección Olé, se enfrascaba en la lectura de ¡Viven! de Piers Paul Read. Esa era la mecánica.

A falta de vídeo en casa, Cortés se valía de una imagen para construir una historia, su capacidad inventiva no descansaba nunca

Galo Martín Aparicio

Este niño sin remilgos literarios siempre encontró el resquicio que sorteaba lo que sus padres le negaban. Recuerda que en su casa la llegada del video se hizo de rogar. Mientras esperaba a que sus padres comprasen uno iba al videoclub a ver las carátulas de las cintas VHS. Una imagen le valía para construir una historia, su capacidad inventiva no descansaba nunca. No la dejó sindicalizarse jamás. Son los antecedentes de sus cortos y largometrajes y novelas y aforismos. Y de su humor. Humor que parece tirarle piedras a la solemnidad.

No es un problema, es una responsabilidad

Gracias a su humor se descarta esa sospecha que hace dudar de la condición humana de Rodrigo Cortés. El mismo que dice que se muestra atónito ante lo que ve, que hay razones para la perplejidad siempre, lo cual acaba aportándole algo muy parecido a la prudencia en el juicio o a tratar de aplazar cualquier tipo de certeza.

El autor, que acaba de publicar Los años extraordinarios (Literatura Random House) explica que el humor es el resultado de una forma de interpretar el mundo, de digerirlo y de procesarlo. Un mundo en el que para él la mirada de Ramón Gómez de la Serna es fundamental.

Una mirada fundamentalmente poética y eso tiene mucho que ver con el humor, dice y lo argumenta al instante: “Cuando Ramón dice que las mortadelas las hacen los ciegos todos entendemos lo que está diciendo y no sabemos explicarlo. Ahí es donde se produce la magia de la poesía”.

Rodrigo Cortés sabe mucho, de lo suyo más. Cuando habla, cuando cuenta cosas, no es paternalista. Confiesa que le pone nervioso la condescendencia y que le traten con condescendencia. Más que de explicar las cosas, dice que es de decirlas y que suceda lo que deba. Cuando se tiene algo que decir existe la posibilidad de que el mensaje no llegue de la misma manera a todos. Rodrigo Cortés recomienda que si se usa la ironía para decir algo no se tenga la tentación de explicarla después. No es un problema del otro si no la ha entendido, es la responsabilidad de uno usar o no la ironía. Y de eso hay mucho en su novela.

Su mirada, su imaginación, es posible que tenga que ver con que Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973) de niño vio películas de oídas y leyó libros a oscuras. Esto me lo cuenta vestido de negro, mascarilla incluida, y calzado con unas botas de peregrino, de los que andan, no de los que van de rodillas, en una mañana calurosa en la terraza de la oficina de la editorial Penguin Random House en Madrid.

COMPRAR Los años extraordinarios, de Rodrigo Cortés, en Amazon (17,95 euros)

Una biografía surrealista

Quien escuche a Rodrigo Cortés (Twitter @rodrigocortes) hablar en los podcasts Todopoderosos y Aquí hay dragones, quién lea su Verbolario (Twitter @Verbolario) en el ABC, quien haya leído sus libros anteriores A las 3 son las 2, Dormir es de patos y Sí importa el modo en que un hombre se hunde, y quien haya visto algunas de sus películas Concursante, Buried, Luces rojas y Blackwood es posible que le identifique, que se le parezca a esta novela y no a su protagonista, Jaime Fanjul Andueza.

Del mismo dice el autor que no se ha inspirado en nadie a la hora de crear el personaje. Lo describe como un gran antihéroe que a lo largo de más de siete décadas de vida prácticamente no aprende nada. Se cruza con centenares de personajes que le tocan de un modo u otro, pero que no lo alteran, apenas.

En cierto sentido es un personaje irritante. El lector le cobra cariño prácticamente casi a su pesar. Sin embargo, tiene dos características que lo hacen especial y casi indestructible: no juzga y no se queja. En la novela el propio Jaime Fanjul dice de sí mismo que “No he sido tonto nunca, sólo me lo hice hasta cumplir los veinte”.

Rodrigo Cortés recuerda que Los años extraordinarios surgió sin plan previo y en un momento particularmente inconveniente. En una fase con mucha presión, en el montaje de Blackwood, mientras esperaba una llamada de Los Ángeles, en una de esas fases en las que las películas se convierten en picadoras de carne y cada ejecutivo tiene una idea mejor que el otro para estropear la película.

Comenzó a escribir sin una planificación previa, sin mapa, sabiendo sólo que iba a inventarse un siglo XX parecido al nuestro. La novela es una ucronía delirante en la que lo inverosímil desprende potencialidad para ser verosímil. El protagonista cuenta en un momento de su inventada y errante biografía, que necesita ir a París, en barco. Viaje que emprende desde Salamanca, ciudad que tiene mar desde el 23 de febrero de 1918, después de mucho reivindicarlo el movimiento promar y a pesar de que Madrid poco podía hacer al respecto.

En un pasaje de la novela se lee al respecto lo siguiente: “Los primeros días de playa fueron gozosos y también ásperos. Convertida la muralla en malecón había que bajar a la Aldehuela, más al este, para bañarse. Durante seis semanas los bañistas se cruzaban con los cadáveres que los voluntarios sacaban del agua. Los veranos empezaban antes. Los inviernos eran igual de largos. Venían los de Madrid a bañarse”.

Su mirada, su imaginación, es posible que tenga que ver con que Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973) de niño vio películas de oídas y leyó libros a oscuras. Esto me lo cuenta vestido de negro, mascarilla incluida, y calzado con unas botas de peregrino, de los que andan, no de los que van de rodillas, en una mañana calurosa en la terraza de la oficina de la editorial Penguin Random House en Madrid.
Rodrigo Cortés con su nueva novela. Foto: J.P.Gandul | EFE.

Exagerar para darnos cuenta

Rodrigo Cortés dice que el mundo de Los años extraordinarios es casi mágico o sobrenatural por poco. Alguien puede flotar, pero probablemente lo haga cinco o seis centímetros por encima del suelo. Alguien puede viajar al pasado, pero seguramente sólo hace dos o tres minutos. Alguien puede ver fantasmas, pero siempre a la izquierda, y no en otro país porque allí no se les sintoniza bien sino son de los tuyos.

En ese contexto no desentonan los coches que funcionan con el pensamiento que inventaron los alemanes. Un fracaso porque fuera de Alemania casi nadie piensa, por lo que muchas veces, para arrancarlos, hay que pedir ayuda a los estudiantes de Filosofía. Por medio de hélices los coches en París vuelan.

Los recién llegados a la isla de Ellis son propulsados por medio de unos grandes ventiladores a la isla de Manhattan. No siempre aterrizan donde ellos quieren. En España la Guerra Civil es entre los españoles y los de Alicante, y cada treinta años se alternan en el gobierno la monarquía y la república, “Para evitar la queja. O para concentrarla”, se lee en la novela.

Un mundo paralelo, trabajado y documentado, que Rodrigo Cortés cuenta que construyó día a día. Ni siquiera sabía que su protagonista se llamaba Jaime Fanjul, lo descubrió en la línea siete. Tampoco sabía lo que iba a suceder con él. El propio Rodrigo Cortés confiesa que le ponía escollos para ponérselos a él mismo y ver si era capaz de salir con vida de ellos.

A tenor de los ejemplares vendidos parece que personaje y autor han superado todos los obstáculos que se han encontrado en su camino. No ha habido puerta candada que no hayan traspasado, como hacen los fantasmas de verdad.

a.
Ahora en portada