Massimo Recalcati: “Admiro a mis hijos porque no los entiendo”

El psicoanalista Massimo Recalcati publica 'El secreto del hijo' o cómo lo hemos despojado de toda responsabilidad

Eso te pasa por confundir a tu hijo con un colega. El psicoanalista Massimo Recalcati ha publicado la espléndida tercera parte de su trilogía dedicada a las relaciones paterno/materno-filiales para hacer que nos cuestionemos qué hemos hecho de nuestros hijos, pasando de la autoridad en la que fuimos educados a la obsesión por la empatía y el diálogo horizontal.

Es el “esto te lo explico yo que lo he vivido pero no se lo cuentes a nadie”, la expectativa y confidencialidad excesivas que depositamos en quienes no han madurado su capacidad de discernir. Y lo que pasa es que el hijo se vuelve un tirano, porque le has dado armas de adulto siendo un niño y has matado su secreto contándole los tuyos.

El secreto del hijo

El secreto del hijo (Anagrama) no propone la vuelta al autoritarismo, pero sí denuesta el modelo pretendidamente progre que hemos adoptado y sugiere que devolvamos al hijo la necesidad de subjetivar su herencia familiar y sentirse distinto. Un ensayo que contrapone la parábola del hijo pródigo al Edipo de Sófocles, navegando entre Abraham y Hamlet, Kierkegaard, Deleuze, Freud y las tinieblas de Lacan.

Escribe Recalcati en esta nueva entrega que “el drama de nuestros hijos hipermodernos es la inexistencia de una ley consistente para poder transgredir”, y lo primero que me viene a la cabeza cuando esto leo es la muchas leyes y prohibiciones, anatemas y pecados que nosotros tuvimos para poder rebelarnos en su contra.

Massimo Recalcati, El secreto del hijo.
Massimo Recalcati, El secreto del hijo (Alfaguara).

Pero, ¿cuál sería la consecuencia del fin de aquel autoritarismo? “Asistimos a la evaporación de la ley, reduciéndola al concepto de norma. Pero el sentido humano de la Ley (mayúscula) está inscrito en el corazón (palabra de Ley, persona de Ley), mientras que las reglas son meros impedimentos externos. La gente se queja de que sus hijos no respetan las reglas. Pero, ¿realmente la educación ha de reducirse a regular la vida de los hijos, a someterlos a la obediencia de las reglas, al respeto de las normas? El sentido de la Ley está muy por encima de todo esto”.

Hijos ‘híper modernos’

Otra de las consecuencias inmediatas según el psicoanalista (Milán, 60 años) es que estos hijos “híper modernos” que tenemos, hijos de la híper modernidad, rechazan el sentido de filiación para convertirlo en mera exigencia material: todo lo tuyo me pertenece. Y llegan a confundir la libertad con el consumo de bienes materiales.

“El prototipo de hoy sería el hijo pródigo de la parábola evangélica de Lucas, que se dirige al padre utilizando la forma imperativa: “¡Dame!” (mi parte de la fortuna). Y ésta es exactamente la misma actitud de nuestros hijos hoy”. E idéntica similitud ética halla en el padre amoroso, que ha de seguir permitiendo el viaje y el goce del hijo, consciente de los peligros a los que se expone, y esperar pasivamente a que éste regrese cuando sea consciente de su error, para perdonarlo y acogerlo.  

Vete y equivócate, hijo, que yo te estaré esperando

Massimo Recalcati

“La vida del hijo necesita inicialmente la presencia de sus padres, su atención, su cuidado. Pero llegada su juventud, el don más grande que un padre puede ofrecer al hijo es dejarle ir”.

Te estaré esperando

Así, si en la primera etapa de la vida el padre ha de dirigirse al hijo diciendo: ‘Aquí estoy, no temas´. En la juventud, es necesario decirle: ‘Vete, vive´. ¿No hay aprendizaje sin error previo? “Nuestra cultura hoy rechaza el fracaso, la derrota o el error del hijo. Desearíamos que sus capacidades fueran siempre las más perfectas. Cultivamos un ideal de rendimiento del hijo, olvidando, efectivamente, que no hay aprendizaje sin fracaso”.

La clave del abismo que separa nuestra educación sentimental de la de nuestros hijos radica para Recalcati en la cultura de la empatía y el diálogo incesante que se ha impuesto en las relaciones paterno/materno-filiales que, según explica, anula en ellos el inútil sentimiento de culpa, arrasando también a su paso la responsabilidad, y es entonces cuando surgen los problemas.

En lugar de responder a mi pregunta (¿por qué la complicidad anula la responsabilidad necesaria?) el autor prefiere responder: “Yo no entiendo a mis hijos. Son tan diferentes a lo que yo siempre he sido… Diferentes incluso a como yo era a su edad. Y, sin embargo, este sentimiento no me causa enfado, ni siquiera indiferencia, sino que muy al contrario hace que me interese por su singularidad: admiro su grandeza no a pesar de que no los entiendo, sino precisamente porque no los entiendo”.

Así pues, le pregunto de otro modo: ¿Es irresponsable no tener sentimiento de culpa? En psicoanálisis, responde, “la culpa es la primera forma psíquica que asume el sentido de responsabilidad. Pero no hablo de la culpa en sentido moralista, que termina por ser enfermiza. Como Lacan nos enseña, el sentimiento de culpa que importa es solo aquel que nace de haber desobedecido la vocación del propio deseo. La verdadera culpa es traicionar el propio deseo y talento, no hacer de tu vida algo único”.

La culpa y el perdón

Despejada la incógnita de la culpa, me queda la del perdón: sigo preguntándome si esto que estoy tratando de entender y explicar mejor a los lectores proviene de una mente cristiana. “Me interesa profundamente la enseñanza de Jesús, pero no creo en su dios ni me preocupa su existencia. Me interesa el hombre de Nazaret, la fuerza de su palabra. La experiencia del perdón es un concepto fundamental del cristianismo, sin duda, y es una de las pocas experiencias humanas de resurrección. Cuando perdonamos, experimentamos que algo que había muerto vuelve a la vida. Es lo que le pasa al padre de la parábola de Lucas: ‘Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado´. Es solo el perdón lo que transforma la muerte en vida”.

En otro de los pasajes de estas relaciones tan complicadas y tantas veces enfermizas, se sirve Recalcati de en una representación pictórica de la misma parábola, obra del flamenco Rubens, para nada menos que observar la diferencia entre el amor de madre, “que hace de cada hijo un hijo único. Es el amor que convierte el cuidado en algo exclusivo para cada uno, que hace de cada hijo un ser insustituible”, y el de padre, “que transmite al hijo el sentido de la Ley. Es amor por el secreto del hijo, por su deseo”.

Lamento ahora no haber tenido los reflejos suficientes para rebatirle que pueden ser roles intercambiables, que de hecho lo son en ocasiones. En lugar de ello, nos despedimos hablando de la muerte del Yo que suponen la maternidad y (a veces) la paternidad.

“Ser padre o madre no es adquirir algo, no es una experiencia centrada en el propio yo, sino que implica al contrario una descentralización, un ocaso o pérdida de uno mismo. En realidad, es algo que sucede cada vez que el amor nos atrapa: perdemos de vista nuestra propia vida porque la entregamos al otro y hacemos nuestra la vida de otro”. O sea, un enamoramiento, pero sin fecha de caducidad: hasta que la muerte nos separe.

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