‘Océanos sin ley’: donde el silencio mata

Ian Urbina firma un libro sobre los océanos, sus gentes y la impunidad que campa en este universo líquido y criminal en el que pronto se pescarán más plásticos que peces

En Océanos sin ley, escrito por Ian Urbina y traducido por Enrique Maldonado, no hay ni rastro de la utopía, las aventuras y las hipótesis científicas y tecnológicas de las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Los reportajes de uno y la novela del otro transcurren sobre y bajo el agua. Desde el mar, Urbina y Verne miran a tierra firme para entender lo que ocurre en ese otro mundo ondulante y salino y repleto de criaturas y basura a tantas millas náuticas de distancia.

El periodista estadounidense Ian Urbina firma Océanos sin ley, publicado por Capitán Swing. Foto The Outlaw Ocean Project

En Océanos sin ley, escrito por Ian Urbina y traducido por Enrique Maldonado, no hay ni rastro de la utopía, las aventuras y las hipótesis científicas y tecnológicas de las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Los reportajes de uno y la novela del otro transcurren sobre y bajo el agua. Desde el mar, Urbina y Verne miran a tierra firme para entender lo que ocurre en ese otro mundo ondulante y salino y repleto de criaturas y basura a tantas millas náuticas de distancia.

Leer el libro de Urbina, publicado por Capitán Swing, nos hace creer que estamos viajando a bordo del Nautilus. Submarino en el que el lector, igual que lo hace el oceanógrafo Aronnax, presta atención y se sorprende con cada nueva historia que le cuenta el autor, un caracterizado capitán Nemo siempre bien provisto de provisiones y teléfono vía satélite. Para documentarse y armar un abanico de relatos con nombres propios, el periodista del New York Times ha necesitado 40 meses, se ha subido a un avión en 85 ocasiones, ha estado en 40 ciudades repartidas por los cinco continentes, ha recorrido 400.000 kilómetros y navegado 12.000 millas náuticas (1 milla náutica equivale a 1.852 metros), todo ello a lo largo de cinco océanos y veinte mares. Una amplísima y desconocida superficie tan desprotegida como caótica, surcada por ecologistas, justicieros, ladrones de barcos hundidos, mercenarios marítimos, balleneros, agentes de recuperación de bienes, abortistas marinos, vertedores clandestinos de residuos, elusivos pescadores furtivos, marineros abandonados y polizones a la deriva. Un viaje que al autor le ha parecido más espacial que marino.

El mar también es cuento de terror

El romanticismo que suele haber en las historias ambientadas en el mar en el libro de Urbina no lo hay. Lo que el lector encuentra en las casi 650 páginas que el periodista ha escrito es el retrato crudo de una realidad apenas conocida. Ignorancia que nos permite degustar un plato de pescado sin remordimientos de conciencia. Asustarnos y toser de mala manera por habernos atragantado con una espina de una merluza es lo menos que merecemos que nos pase.

«El romanticismo que suele haber en las historias ambientadas en el mar en el libro de Urbina no lo hay. Sí un retrato crudo de una realidad apenas conocida»

Galo Martín Aparicio

Océanos sin ley, en palabras del propio autor, más que un libro es un proyecto de producción de historias que tienen el objetivo de impactar y que no sólo sean nuevas en el sentido de su enfoque, sino que también aporten un nivel de información que las distinga del resto de las que se nutre el lector para estar al tanto, si es que lo está, de lo que sucede en los océanos.

En Océanos sin ley, escrito por Ian Urbina y traducido por Enrique Maldonado, no hay ni rastro de la utopía, las aventuras y las hipótesis científicas y tecnológicas de las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Los reportajes de uno y la novela del otro transcurren sobre y bajo el agua. Desde el mar, Urbina y Verne miran a tierra firme para entender lo que ocurre en ese otro mundo ondulante y salino y repleto de criaturas y basura a tantas millas náuticas de distancia.
Para escribir esta obra Ian Urbina navegó más de 12.000 millas por cinco océanos y 20 mares. Foto: The Outlaw Ocean Project.

Según un proverbio marinero, por debajo de los cuarenta grados de latitud sur no hay ley, más allá de los cincuenta, tampoco Dios. Una especie de limbo en el que la impunidad es la norma a pesar de que no faltan leyes que gobiernen los océanos, el problema es que no se aplican. La superficie que ocupa el agua es tan amplia que controlar lo que sucede en ella es muy difícil. Urbina cuenta que llega un momento en los océanos que es complicado identificar a los cazadores y a las presas. Los océanos son vacíos hermosos, distópicos y escenarios de crueldades, como también lo son las selvas.  

Explotación en alta mar

Igual que muchos camioneros tailandeses no dejan de beber Red Bull (bebida energética creada por un empresario tailandés) para no dormirse al volante, a los capitanes de barcos pesqueros, muchos de los que aparecen en el libro también tailandeses, nunca se les agota el suministro de anfetaminas que hacen que su tripulación pueda faenar durante más horas. En rara ocasión embarcan antibióticos para las heridas infectadas, cuenta Urbina, quien al percatarse de esa situación empezó a llevar consigo medicamentos básicos para repartirlos entre esos explotados trabajadores que le veían más como un sanitario que un periodista. La falta de un botiquín se suma a unos pagos adelantados por enrolarse en la tripulación para trabajar en el barco, tipos de cambio de moneda reducidos (la mayoría de trabajadores son de una nacionalidad distinta a la de la embarcación o de la empresa que les paga), retención de nóminas y larguísimas jornadas laborales. Todo un conjunto de ilegalidades que se ha normalizado.

Niños y hombres de países como Camboya, Myanmar, Laos, Tailandia, Filipinas y Sri Lanka son explotados a bordo de los barcos de pesca como modernos esclavos del mar

Los hombres y niños que trabajan en estos barcos son invisibles para las autoridades. Son esclavos del mar, migrantes obligados a abandonar tierra firme por deudas que les imponen y/o coerción. Ellos y sus exiguos salarios hacen posible que el pescado llegue en poco tiempo a los supermercados y nosotros, los consumidores, lo compremos al precio que lo hacemos. Los costes ocultos, los peajes de la ilusión de la globalización, las agencias de contratación se encargan de esconderlos, de silenciarlos. Estas subcontratas de colocación son la promesa de una puerta abiertas a una vida distinta y en mejores condiciones económicas para gente que tiene muy poco que perder procedente de Camboya, Myanmar, Laos, Tailandia, Filipinas y Sri Lanka, y la fantasía que todos los consumidores occidentales quieren seguir creyéndose, explica Urbina.

La fiscalización de estos abusos en alta mar depende de las pruebas aportadas por las tripulaciones. Los capitanes saben cómo silenciar a los posibles testigos. También saben cómo dar esquinazo a quienes les persiguen por pescar de manera furtiva.

En Océanos sin ley, escrito por Ian Urbina y traducido por Enrique Maldonado, no hay ni rastro de la utopía, las aventuras y las hipótesis científicas y tecnológicas de las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Los reportajes de uno y la novela del otro transcurren sobre y bajo el agua. Desde el mar, Urbina y Verne miran a tierra firme para entender lo que ocurre en ese otro mundo ondulante y salino y repleto de criaturas y basura a tantas millas náuticas de distancia.
Los trabajadores de los buques de pesca son en muchos casos esclavos modernos. Foto: The Outlaw Ocean Project

Escribe Urbina que los barcos furtivos están llenos de gente a la que le preocupa más su supervivencia que el derecho. El blanqueo consiste en falsear el origen de la pesca. Greenpeace y Sea Shephered, entre otras organizaciones, se saltan la ley para hacer frente a los pescadores furtivos.Obstruir el trabajo de los pesqueros, incluso de los furtivos, y confiscar sus herramientas de trabajo es ilegal. Hace falta un pirata para capturar a otro, le cuenta a Urbina un miembro al mando de una de estas organizaciones.

La fauna marina, un bien de consumo y ocio

La carga de los barcos furtivos y legales suele estar más protegida que la tripulación. La fauna terrestre se mira y entiende de manera diferente a la marina. Nos referimos a los peces como animales a los que nos comemos. Son bienes de consumo y ocio. Primero nos gusta bucear y verlos, luego comérnoslos a la brasa. La naturaleza es bonita y está rica. Y no será, en el caso concreto de los océanos, porque no se tira basura que contamina todo lo que en ellos hay. El mar es despensa y vertedero. Todo lo da y todo se lo traga. Leemos a Urbina y nos hace pensar que la industria de los grandes cruceros se lucra atentando contra los océanos, de los que presume desde cubierta. Los cruceros como metáfora de lo que el mar puede ser, paraíso y cárcel. O la farmacia que muchos países se niegan a ser por mandato divino, dicen. La medica neerlandesa Rebecca Gompersts, fundadora de Women on Waves, provoca abortos farmacológicos a bordo de su barco Adelaide en lugares donde están prohibidos y criminalizados. Aunque la ley nacional prohíba el aborto, la jurisdicción de esa ley solo alcanza los límites de las aguas internacionales, 12 millas náuticas desde la orilla. A partir de la 13 es legal el aborto a bordo del barco de Gomperts porque navega con pabellón de Austria, donde el procedimiento está permitido. 

En Océanos sin ley, escrito por Ian Urbina y traducido por Enrique Maldonado, no hay ni rastro de la utopía, las aventuras y las hipótesis científicas y tecnológicas de las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Los reportajes de uno y la novela del otro transcurren sobre y bajo el agua. Desde el mar, Urbina y Verne miran a tierra firme para entender lo que ocurre en ese otro mundo ondulante y salino y repleto de criaturas y basura a tantas millas náuticas de distancia.
El mar es sencillamente demasiado grande para controlarlo. Foto: The Outlaw Ocean Project.

Determinar si una actividad constituye un delito en el mar depende a menudo, en cierto sentido, de en qué lugar del agua suceda. Eso significa que las leyes aplicables a bordo son únicamente aquellas del país donde la embarcación está registrada, explica Urbina.

El autor concluye que sabemos más de la cara oculta de la luna que de los cinco grande océanos: Antártico, Ártico, Atlántico, Pacífico e Índico. Masas de agua interconectadas en las que la legalidad o la ilegalidad es una interpretación. Los peces las recorren, a pesar de que la capacidad legal y científica de extraerlos es mayor que la de protegerlos.

a.
Ahora en portada