Sé sincero: ¿te mereces lo que tienes?

Michael J. Sandel publica un ensayo en el que pone en duda la eficacia de la meritocracia como sistema de funcionamiento social

No hay historia más fascinante que la que se cuenta en el Libro de Job: un hombre bueno se convierte, sin comerlo ni beberlo, en objeto de una apuesta entre Dios y el Diablo. Ambos deciden poner a prueba la fe de ese ganadero y, con el beneplácito del Creador, Satanás se dedica a causarle todo tipo de desgracias: le provoca enfermedades, hace que otras tribus ataquen su hogar, mata a sus ovejas, acaba con sus ahorros, provoca el repudio de su mujer e incluso aniquila a sus hijos. Y todo mientras Dios permanece cruzado de brazos.

La vida de Job se derrumba de la noche a la mañana y, aun así, sigue amando al Ser Supremo. De hecho, su fe es tan inquebrantable que, terminada la apuesta, Dios le recompensa devolviéndole su felicidad multiplicada pro dos. Aunque, ¡ojo!, sus hijos siguen muertos. Jehová le concede la gracia de traer diez vástagos más al mundo, pero no resucita a los anteriores. Repito: sus primeros hijos nunca regresan.

El Libro de Job existe para que los cristianos entendamos la importancia de la meritocracia: alcanzaremos el Reino de los Cielos si nos comportamos correctamente durante toda nuestra vida, sin pecar ni ofender al Hacedor, tratando siempre de obedecer unas normas que debemos aceptar mediante algo tan abstracto como pueda ser la fe.

¿Meritocracia sí o no?

Nuestra sociedad está construida sobre los pilares de la historia de Job, aunque muchos de nosotros no lo sepamos. Porque la meritocracia -sólo alcanzaremos un bien mayor si obramos correctamente- se ha convertido en una norma que todos aceptamos sin siquiera cuestionarla.

Al menos hasta ahora. Michael J. Sandel, considerado el mejor profesor de filosofía de Occidente, además de merecedor del Premio Princesa de Asturias 2018 a las Ciencias Sociales, acaba de publicar La tiranía del mérito (Debate), un ensayo en el que demuestra que la meritocracia no sólo dejó de existir hace cuarenta años, en concreto cuando la globalización se convirtió en el nuevo sistema de ordenación social, sino que además se ha transformado en una forma de vida basada en la crueldad.

Y para demostrarlo bastan tres preguntas: ¿acaso los que ascienden socialmente no miran con desprecio a los que no lo hacen? ¿No suelen referirse de un modo despectivo a sus antiguos compañeros de estrato social? ¿No los ven como a unos vagos que no se esforzaron los suficiente para alcanzar el triunfo, tal y como ellos hicieron?

Sé sincero: ¿te mereces lo que tienes?
‘La tiranía del mérito’ llega a las librerías el 17 de septiembre.

Pongamos un ejemplo: Henry Aaron fue un afroamericano que, proviniendo del sur de Estados Unidos y naciendo en plena época de la segregación racial, consiguió convertirse en una estrella del béisbol. A los trece años bateaba los tapones de botella que su hermano le lanzaba y a los veintitantos ya había batido el récord de home runs de la Liga. Y, ¿qué ocurrió a partir de entonces? Que, cuando alguien le entrevistaba, Aaron siempre defendía que el talento y el esfuerzo le habían llevado a abandonar la pobreza y obtener la gloria.

Según defiende Sandel en su nuevo ensayo, ése es el error de la meritocracia: hace que nos amemos a nosotros mismos y, lo que es más grave, que miremos por encima del hombro a los que no obtuvieron éxito y reconocimiento social.

La meritocracia ha perdido el valor moral que antes llevaba implícito; hoy no sólo puedes comprar el triunfo sino que, además, puedes menospreciar a quienes no lo alcanzaron

Cuando el mérito se puede comprar

Sin embargo, Sandel defiende que la gente asciende socialmente no tanto por sus propios méritos como por ciertos elementos azarosos que luego se niega a reconocer. Dicho de otro modo, ¿cuántos niños con talento para el béisbol nunca han sido localizados por los captadores de la Liga profesional? Muchos, muchísimos.

Además, en nuestra sociedad, todo se puede comprar. Incluso el mérito. Para demostrarlo, Sandel echa mano del caso William Singer, el asesor que inventó un sistema de sobornos para que los hijos de los matrimonios más poderosos de Estados Unidos pudieran acceder a las universidades de élite -Yale, Stanford, Georgetown y la del Sur de Carolina (USC)- aun cuando no tuvieran un currículum académico digno de semejante mérito. El dinero de sus padres les aseguraba la matriculación en dichos centros, lo cual les permitía, terminada la carrera, acceder a los mejores puestos de trabajos. Y no había ni uno, ni uno solo de esos alumnos, que no considerara que se merecía el éxito que había obtenido en la vida.

Así pues, la meritocracia ha perdido el valor moral que antes llevaba implícito. Hoy no sólo puedes comprar el triunfo, sino que, además, puedes menospreciar a quienes nunca lo alcanzaron.

Para remediar esta situación, Michael J. Sandel propone un ejercicio de humildad comunitario que nos lleve a aceptar que el éxito depende del azar y, por supuesto, del dinero. Sólo de esta manera dejaremos de caer en la trampa de Job, un hombre justo que nunca llegó a entender por qué su vida se fue al garete. Hoy, como señala el autor de La tiranía del mérito, Job estaría tan decepcionado con las injusticias de la vida que votaría a Trump.

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