La fuga de Giacomo Casanova

Fernando Gómez publica ‘El mundo a través de sus cárceles’, un libro de viajes por las prisiones más fascinantes del planeta

No ha habido hombre sobre la faz de la Tierra que amara tanto la vida como Giacomo Casanova. Tuvo tiempo de hacerlo todo y no desdeñó ninguna fuente de conocimiento. Fue aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violonchelista, filósofo, matemático, bibliotecario y hasta agente secreto italiano. Y también protagonizó una de las fugas más espectaculares de cuantas han ocurrido a lo largo de la historia carcelaria del Viejo Continente.

El 25 de julio de 1755, Casanova fue detenido por posesión de un tratado de magia, La clavícula de Salomón, prohibido por la Inquisición. Ese libro contenía conjuros para invocar espíritus y fórmulas para controlar al Diablo, así como instrucciones para adquirir el don de la invisibilidad e indicaciones para crear poderosos talismanes.

Enviaron al seductor más famoso de todos los tiempos a la Prisión de los Plomos, en uno de los extremos del famoso Puente de los Suspiros, así llamado por las exhalaciones que hacían los condenados cuando lo cruzaban camino de la mazmorra. Desde allí podían ver, por última vez, la laguna de Venecia.

Casanova dejó constancia del año que pasó en presidio en su autobiografía Historia de mi fuga de las prisiones de Venecia, que llaman Los Plomos, donde también relató, con el humor que le caracterizaba, las hemorroides que le brotaron en el penal. Bromas aparte, la estancia en aquellas mazmorras fue dura. Allí moría gente por culpa de las torturas, de las enfermedades, del hambre.

La cárcel de los Plomos estaba junto al Puente de los Suspiros (Venecia). Foto: Unsplash.
La cárcel de los Plomos estaba junto al Puente de los Suspiros (Venecia). Foto: Unsplash.

Pero Giacomo Casanova era un hombre que no podía estar encerrado y se las ingenió para transformar un barrote de hierro en una pala con la que, durante varios meses, cavó un túnel. Por desgracia, los carceleros sospecharon de él y lo cambiaron de celda. Era evidente que lo observaban y, para que no le pillaran, convenció al preso de la celda contigua para que cavara el túnel. Se fugaron juntos la noche de Todos los Santos de 1756 y la fama del mayor aventurero de todos los tiempos se convirtió en leyenda.

De cárceles y de fugas

La fuga de Casanova, sin duda comparable a la que siglos después realizaría Frank Lee Morris en la Prisión de Alcatraz –recreada en la película de Don Siegel, con Clint Eastwood como protagonista-, es sólo una de las múltiples historias que el escritor Fernando Gómez reconstruye en su libro de viajes El mundo a través de sus cárceles (Luciérnaga), un recorrido por una treintena de prisiones, y por las historias que allí se vivieron, repartidas a lo largo y ancho del planeta.

Desde la Cárcel de Reading, donde Oscar Wilde ocupó la celda C.3-3 acusado de sodomía e indecencia, hasta el Castillo de If, donde Alejandro Dumas ambientó su novela El Conde de Montecristo, pasando por la Torre de Londres, que vio caer la cabeza de Tomas Moro o Ana Bolena -de quien se dice que anunció a su verdugo que no le daría mucho trabajo, puesto que tenía el cuello muy fino-, la de Hohenschönshausen (Berlín), una prisión controlada por la Stasi que no figuró en los mapas hasta que cayó el Muro de Berlín, la de Mamertina (Roma), donde estuvieron encarcelados San Pedro y San Pablo, o la de Tuol Sleng S-21 (Non Pom, Camboya), donde los jemeres rojos encerraron, torturaron y asesinaron a más de 12.000 disidentes.

El mundo a través de sus cárceles, de Fernando Gómez Hernández.
El mundo a través de sus cárceles, de Fernando Gómez Hernández. Editorial Luciérnaga.

Turismo carcelario

Fernando Gómez visitó todos y cada uno de los lugares para reconstruir la memoria de los encarcelados en un libro tan fascinante como ese otro que publicó hace ahora dos años: La vuelta al mundo en 80 cementerios.

En aquella ocasión, nos contó las historias de los difuntos ilustres que yacen en los distintos camposantos que jalonan el planeta y ahora hace lo propio con los prisioneros de nuestra Historia, ofreciéndonos de paso una ruta ideal para los amantes de eso que se ha dado en llamar ‘turismo carcelario’ y que tan de moda se está poniendo. Porque los presidios pueden ser sitios fascinantes… siempre y cuando nos dejen salir cuando nosotros queramos.

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