Cuando el caballo trotaba por nuestras venas

Se publica en castellano ‘Caballos salvajes’, una novela-homenaje de Jordi Cussà a esos amigos que perdió por culpa de la heroína

A Jordi Cussà nunca le gustó Trainspotting, la película con la que Danny Boyle retrató el submundo de las drogas en el Edimburgo de principios de los 90s. Aquella cinta marcó a toda una generación, pero algunos espectadores salieron del cine con el bostezo en la boca. Una de esas personas fue Jordi Cussà, escritor catalán que no sintió frío ni calor ante aquel metraje porque, básicamente, ya en aquel entonces conocía a la perfección el drama de la heroína. Caramba si lo conocía: estuvo enganchado al caballo durante todos y cada uno de los días que recorrieron la década de los 80s.

Por suerte, en 1991 se desintoxicó. Le costó sudor y lágrimas, y también muchos amigos. Algunos de sus colegas se quedaron en la cuneta. Por las sobredosis, por el sida, por la malnutrición… Pero él sobrevivió y, cuando al fin tuvo la mente lúcida, se sentó ante el ordenador y escribió una novela que enseguida se convirtió en obra de culto: Cavalls salvatges (Columna, 2000).

Durante mucho tiempo hubo quien consideró a Cussà un yonki que había escrito un libro, cuando en verdad se trata de un escritor que había caído en la trampa de las drogas

El argumento, tan simple como honesto: cuatro amigos de la Cataluña profunda empiezan a pincharse porque ‘mola’ y terminan caminando hacia el abismo siendo conscientes –y este es el gran drama- de que están caminando hacia el abismo.

Caballos salvajes

La novela fue como un soplo de aire fresco en un mundillo literario dominado por autores y temáticas no sólo urbanas, sino también burguesas. Cussà daba un golpe sobre la mesa con una ficción realmente rompedora y, dieciséis años después, la editorial L’Albí publicaba una edición revisada que ahora llega a las librerías españolas gracias a Sajalín y bajo el título: Caballos salvajes. Sí, como la canción de The Rolling Stones.

Caballos salvajes presenta algunas características que la alejan de la literatura de la toxicomanía habitual: primero, la historia está ambientada en el campo y por tanto prescinde de los escenarios urbanos que normalmente dominan este tipo de narrativa; segundo, no se deja llevar por esa ética del gamberrismo que tanto fascina a los lectores jóvenes; y tercero, muestra claramente la ambición estética de un autor que se esfuerza, frase a frase y párrafo a párrafo, por convertir su novela en un poema de carácter narrativo.

Publicado en catalán en el año 2000, la obra llega ahora traducida al castellano por el propio autor.

Y es que aquí no hay yonkis cayendo por el agujero de la taza del váter, ni esquizofrénicos confundiendo máquinas de escribir con cucarachas, ni tampoco borrachos observando a las mujeres desde la barra del último bar abierto. Lo único que hay son amigos que no saben cómo ayudarse mutuamente. Y eso es más que suficiente.

De hecho, cuando uno pide a Cussà que mencione a sus autores de referencia durante la escritura de Caballos salvajes, no aparecen ni Irvine Welsh –a quien ni ha leído-, ni William Burroughs, ni tampoco Charles Bukowski, sino William Shakespeare y Lawrence Durrell, de cuyo Cuarteto de Alejandría tomó no pocas ideas para la estructura.

Los años rojos

Sí, la novela de Jordi Cussà es un hermoso homenaje a la gente que se marchó por culpa de una enfermedad, la drogodependencia, que en la sociedad de los 80 y 90, y sobre todo en el entorno rural, era vista como un vicio, no como una patología.

De hecho, el propio autor tuvo que soportar durante mucho tiempo que algunas personas lo consideraran un yonki que había escrito un libro, cuando en verdad se trata de un escritor que había caído en la trampa de las drogas. El orden de los factores, en este caso, altera el producto. Y mucho.

Jordi Cussà
Jordi Cussà. Foto: Manel Escobet.

Porque Cussà ya era un hombre de letras antes de meterse el primer pico. Nació en Berga en 1961 y, ya jovencito, se instaló en Barcelona para estudiar dramaturgia en el Institut del Teatre. Pero lo dejó a los pocos meses, principalmente porque entendió que aquella escuela no era más que una máquina de hacer contactos y no un sitio realmente preocupado por el arte dramático. Enseguida regresó a su ciudad natal para montar su propia compañía, ‘Anònim Teatre’, todavía en funcionamiento.

Luego llegaron lo que él mismo llama ‘los años rojos’, toda una década, de los 20 a los 30 años, metido en el submundo de las drogas. En aquel tiempo creía que formaba parte de lo que luego se dio en llamar ‘la generación perdida’, pero años más tarde se dio cuenta de que la suya había sido otra época. Janis Joplin y Jimi Hendrix habían muerto y las drogas habían perdido todo atisbo de filosofía. Ahora no eran más que eso: drogas. De ahí que Cussà prefiera decir que él perteneció a la ‘generación de los pringados’.

Cussà trabaja ya en la traducción al castellano de ‘Formentera Lady’, algo así como la segunda parte de ‘Caballos salvajes’, publicada en 2016

‘Formentera Lady’

Entonces publicó ‘Caballos salvajes’ y enseguida llegó el estigma: el yonki que escribió un libro. Tuvo que esforzarse mucho para conseguir que la crítica le viera como un auténtico escritor –en realidad, sólo hacía falta que leyeran el libro, pero ya se sabe…-, y abandonó la temática politoxicómana para dedicarse a la novela histórica.

Hasta que, dieciséis años después, escribió Formentera Lady, algo así como una segunda parte de Caballos salvajes que Sajalín también publicará próximamente. En esta novela los protagonistas son ex heroinómanos y, como tales, tienen una mirada más esperanzadora hacia el futuro. Llegará a las librerías cuando el autor termine la traducción al castellano y tal vez haga que la crítica del resto de España también lo encasille en la literatura psicodélica. Pero, como dice Cussà, ya somos viejos para preocuparnos de lo que los demás digan.

a.
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