El escritor que no quería ser traducido al castellano

La editorial Kriller71 traduce al castellano a uno de los autores más legendarios de la literatura catalana: Miquel Bauçà

El 3 de enero de 2005, los Mossos d’Esquadra irrumpieron en el 3º 2ª de un edificio sito en la calle Marqués de Sentmenat, en el barcelonés barrio de Les Corts. Desde hacía algunos días, los vecinos se quejaban del hedor que el piso desprendía y, como suele ocurrir en estos casos, al echar la puerta abajo la policía halló un cadáver. Se trataba de un hombre de sesenta y cuatro años que, según la autopsia, había padecido un infarto cuando menos una semana antes. Las autoridades tardaron varios días en determinar la identidad del finado y, cuando al fin lo hicieron, la prensa se echó las manos a la cabeza: era Miquel Bauçà, uno de los escritores más importantes -y misteriosos- de cuantos la literatura catalana ha dado en los últimos cincuenta años.

Miguel Bauçà (Felanitx, Mallorca, 1940-Barcelona, 2004) hizo su primera aparición en el mundillo literario cuando, con tan sólo diecinueve años, se personó en las Converses Poètiques de Formentor con la intención de conocer a los grandes intelectuales del momento. Había pedaleado más de ochenta kilómetros con su bicicleta para llegar al lugar donde se celebraba el evento y, a partir de ese momento, su carrera literaria no hizo más que crecer.

De hecho, no tardó demasiado tiempo en imponer su voz como una de las más potentes de la poesía (Una bella història, El noble joc, Notes i comentaris, Cants jubilosos, El crepuscle encén estels, etc.) y la narrativa (Carrer Marsala, El vellard, L’escarcelera y, sobre todo, El canvi) catalanas.

Excéntrico y misterioso

Pero, al margen de las cimas que alcanzó en las artes literarias, Bauçà destacó por sus excentricidades. Además de su alcoholismo y de su conducta esquizoide, el escritor hizo gala de un comportamiento autodestructivo que llamó la atención de cuantos lo conocieron. Por ejemplo, durante algún tiempo vivió en una casa-roulotte que, palada a palada, trató de enterrar en un campo de olivos, dando con este comportamiento una clara muestra de su deseo de aislarse completamente del mundo. Por otra parte, cuando se enamoró de la escritora Xesca Ensenyat, trató de conquistar su corazón barriendo cada mañana la calle donde ella vivía.

En cierto momento de su carrera, Miquel Bauçá tomó la decisión de establecer por contrato que su obra no fuera traducida al castellano.

La vida de Bauçà fue una constante sucesión de comportamientos erráticos que concluyeron cuando, ya durante la jubilación, se encerró en su piso de la calle Marquès de Sentmenat y ordenó a su editor que sólo se comunicara con él a través del Apartado de Correos 9471. Así fue como se alejó de ese sector editorial que le había concedido toda clase de premios y que aplaudía cada uno de sus poemarios de un modo efusivo.

En la última etapa de su vida se dedicaba a dar vueltas a Barcelona en un autobús que cogía a diario y a pasear por el barrio de Les Corts con una bolsa de plástico que colgaba de su espalda tal que si se tratara de una mochila. Se había dejado barba y bigote, había engordado y andaba desaliñado. Hasta que un día consiguió su objetivo: morir sin que nadie le echara de menos.

El 3 de enero de 2005, los Mossos d’Esquadra irrumpieron en el 3º 2ª de un edificio sito en la calle Marqués de Sentmenat, en el barcelonés barrio de Les Corts. Desde hacía algunos días, los vecinos se quejaban del hedor que el piso desprendía y, como suele ocurrir en estos casos, al echar la puerta abajo la policía halló un cadáver. Se trataba de un hombre de sesenta y cuatro años que, según la autopsia, había padecido un infarto cuando menos una semana antes. Las autoridades tardaron varios días en determinar la identidad del finado y, cuando al fin lo hicieron, la prensa se echó las manos a la cabeza: era Miquel Bauçà, uno de los escritores más importantes -y misteriosos- de cuantos la literatura catalana ha dado en los últimos cincuenta años.
Kriller71 publica tres nouvelles de Bauça en castellano.

Lágrimas por Bauçá

Tras la aparición de su cadáver, la literatura catalana guardó uno de los lutos más sonados de los últimos veinte años. Todo el mundo lloró por Bauçá y los homenajes se multiplicaron. Sin embargo, nadie soltó una sola lágrima en el resto de España, demostrando una vez más que las lenguas cooficiales del estado no tienen cabida en la Historia de la Literatura nacional. Los escritores que escriben en gallego, en euskera y en catalán están acostumbrados a esa indiferencia por parte del país al que pertenecen, y hay algunos que ya ni siquiera intentan que les hagan caso.

Quince años después de su muerte, la editorial Kriller71 publica ‘La destrucción de la Torre de Pisa’ con tres nouvelles del escritor mallorquín

Es el caso de Bauçà que, en cierto momento de su carrera, tomó la decisión de establecer por contrato que su obra no fuera traducida al castellano.

Sin embargo ahora, quince años después de su muerte, la editorial Kriller71 publica La destrucción de la Torre de Pisa, título que integra tres nouvelles del escritor mallorquín traducidas por Sílvia Galup y prologadas por Nora Catelli: Calle Marsala, El viejo y La carcelera. Según ha comentado el editor, Aníbal Cristobo, fue la propia hija de Bauçà quien aseguró que su padre no renegaba del castellano, sino del hecho de que los escritores catalanes estuvieran obligados a pasar por dicha lengua para llegar a mercados como el anglosajón o el germánico.

Bauçà quería que la literatura catalana fuera lo suficientemente autónoma como para dar la vuelta al mundo sin la supervisión de la industria española, y ahora que las narrativas periféricas ya vuelan por sí mismas, tal vez sea el momento de que los lectores castellanoparlantes descubran a un escritor del que, aun siendo su propio vecino, no saben nada.

a.
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