Martín Garzo: “La imaginación es la memoria de lo que olvidamos”

Hablamos con el autor de Elogio de la Fragilidad del porqué de escribir, de historias maravillosas, del enigma de la vida y del poder de la cultura

Lleva Gustavo puesto en la cara el candor de los ángeles, la dulzura de las hadas, y será por eso que, pasados los años, en su piel no ha crecido una arruga y su media calva no ha perdido ni ganado un pelo. Como un rostro esculpido a cera (cálida); impertérrito al paso del tiempo.

Corría el otoño de 1994 y un psicólogo infantil, funcionario del Estado, se alzaba para sorpresa de todos con el Nacional de Narrativa por un libro sobre seres fantásticos que al leerlo te hacía volar. Me empeñé y fui a Valladolid a conocerlo. Por su rostro y por su alma habían atravesado las desdichas de un niño crecido en el oscurantismo nacional católico. Pedazos rotos que Gustavo Marín Garzo (72 años) ha sabido recomponer a golpe de historias maravillosas, fantasía y fraternidad.

Lo que queda de su gesta son un puñado de buenos libros, unos cuantos premios gordos y esa cara de hombre feliz que hoy nos mira desde una playa al norte y nos hace dichosos con su literatura, con sus preguntas sin respuesta de las que apenas podríamos concluir que solo la cultura tiene el poder de convocar la gracia y la belleza, el encanto y la fascinación, la locura necesaria frente a la anorexia de lo real en estos momentos de obediencia ciega (el hombre unidimensional). Acercándonos, escribe, “al enigma de la vida, transformando la realidad en momentos significativos y preciosos”. “Solo el arte puede darnos recursos y compensarnos de las afrentas de la vida. Es en los grandes libros donde nos acercamos a quienes somos”, concluye.

“¿En qué libro te gustaría vivir?” Esta es la pregunta concreta que Gustavo Marín Garzo hace ahora a sus lectores y que nosotros le devolvemos. ¿Entre tantas y tan bellas historias que nos trae este libro (Elogio de la fragilidad, Galaxia Gutenberg) cuál sería su morada favorita? “Las mil y una noches, porque son las mil y una historias de la vida; en ellas hay dolor y violencia, y también belleza y fascinación, y una locura vinculada a la vida como algo inagotable. Como formuló Pasolini cuando adaptó estos cuentos a su trilogía cinematográfica, ‘la verdad no cabe en un solo sueño’. Esta frase es perfecta para referirse a la complejidad de la vida: la vida del hombre más insignificante no cabe en una sola historia, necesita las mil y una. Y a la literatura, que surge de ese mundo de sombra y oscuridad que nos acompañad desde que nacemos, que nos asoma a lo no esclarecido, a las preguntas sin respuesta única. Formular estas preguntas es vivir”.

Elogio de la fragilidad, Galaxia Gutenberg.
Elogio de la fragilidad, Galaxia Gutenberg.

Necesitamos la cultura, y la locura

Luego escribir es vivir. Pero antes de preguntarle por qué escribe, y por qué novelas, adelanta él mismo que la mayoría de las respuestas de los lectores señalarán libros tristes en mundos desoladores (Kafka, Faulkner, Tolstói y así, un listado interminable).

“Sí, es extraño –dice-, pero asistir a esa desdicha es asomarse a un deseo, el de indagar y comprender”. ¿Es posible escribir una buena historia ajena a la tristeza? ¿Por qué no es existe la poesía sin oscuridad? “Sí, hay historias sin tristeza, están en la comedia; las historias de amor reclaman una dosis de comedia. La tragedia tiene que ver con lo irreparable, el destino irrevocable. En cambio en la comedia, a los personajes les ocurren cosas terroríficas pero resurgen de ellas, tienen múltiples oportunidades, como en los dibujos animados infantiles. Chesterton llamaba la atención sobre la capacidad que tiene el amor para transformar los inconvenientes en momentos románticos, de ahí que resulten graciosos. Porque qué es la gracia, es algo misterioso, que aparece de forma incontrolable, y esa es una de la misiones del arte y la cultura en general: convocar la aparición de la belleza, el encanto, la fascinación, de ahí que sea necesaria: necesitamos esa locura. Emily Dickinson definía la poesía como una caja de posibilidades”.

«Todas las religiones están fundamentadas en grandes relatos que tienen que ver con el misterio del mundo: te enseñan a amar las preguntas sin ofrecerte respuesta»

Martín Garzo

En no pocos argumentos de los que se exponen en Elogio de la fragilidad establece el autor un puente poco explícito pero que sin duda conecta literatura y religión. Y es así porque entiende que ambas disciplinas comparten “el afán de ver más allá de lo que los sentidos nos dictan; la vida más allá de la razón. Como dice el poeta israelí Yehuda Maijai, a quien Amos Oz cita en Una historia de amor y oscuridad: Donde tenemos razón no crecen las flores. Todas las religiones están fundamentadas en grandes relatos, como los que componen la Biblia, que tienen que ver con el misterio del mundo y que son muy próximos a la poesía, te enseñan a amar las preguntas sin ofrecerte respuesta. El buen lector es aquel que hace suyo lo que le cuentan, que es capaz de jugar y sentir que su silla se convierte en un caballo, como le sucede a los niños, pero que tienen capacidad para regresar del sueño de la isla perdida, como Robinson Crusoe.  A mí los creyentes me conmueven y admiran, porque son como niños capaces de creerse las historias. La literatura no existiría sin cierta dosis de candor: en su ausencia, son muchos los adultos que no pueden leer ficción, que la rechazan, incapaces de abandonar su posición de dueños de sí mismos. El buen lector es don Quijote, es Madame Bovary”.

Pero advierte que la religión así entendida ha de ser un mundo de delicadeza, desatino y misterio, y sobre todo, evitar dar respuestas unívocas, “porque es entonces cuando aparecen las doctrinas, que permiten a unos pocos interpretar el mundo de los relatos eternos e imponerte su forma de entenderlos. Así es como los católicos se constituyen en Iglesia y te dicen cómo vivir, qué hacer y qué no”.

La fortaleza de sentirse querido

¿Será ese el delicado sentido religioso que Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 13 de febrero de 1948) aprendió de su madre en una infancia inevitablemente sumida en el oscurantismo franquista y católico? “La madre es el poder supremo de protección. Ser querido en la infancia es una de las cosas más extraordinarias que te pueden suceder: un ser querido puede tropezar mil veces, pero siempre regresará. En la historia reciente de este país, el catolicismo se vivió demasiado unido al franquismo, de ahí que se le haya borrado del territorio de la creación. Pero en esa religión hay historias extraordinarias que además quien te las contaba las creía, y te hacía temblar, y eso pertenece a tu infancia. Allá el que no quiera ver la belleza, el arte, la riqueza que ha producido la religión, pero es un tesoro maravilloso con el que hemos crecido. Toda la pintura del Renacimiento puede verse en la figura de una madre con un bebé, que es la base de toda ternura. Como dice Paul Valery: La ternura es la memoria de todas las atenciones que hemos vivido gracias a nuestra vulnerabilidad”.

Gustavo Martín Garzo
Gustavo Martín Garzo.

Llega entonces el momento de preguntarle al escritor por qué, ¿para qué escribe novela, con qué propósito ha entregado su vida a esta tarea tan incierta? Y si acaso no tiene la figura del literato algo de ser religioso. “Puede ser –admite-, escribir es casi un acto monacal, por el que pasas muchísimas horas encerrado en tu celda. Claro que cuando estás escribiendo te asalta esa pregunta, le sucedía incluso a Simenon, que todo lo consiguió con la literatura pero llegó a afirmar que la escritura es una vocación de infelicidad. El porqué nunca lo sabrás, pero ocurre: cuando vas a escribir un libro te dispones a descubrir algo escondido, entras en lo desconocido, sigues una llamada, como en una película de terror el niño baja al sótano impelido por la fascinación de lo oscuro donde sospecha se oculta la belleza de un tesoro, irresistible. También al escribir sientes la llamada de algo encantatorio, y lo que encuentras te crea adicción, ya no puedes prescindir de ello, porque además te hace ser consciente de tu pequeñez, como lo hace la religión”.

La fraternidad indispensable

Habla también Martín Garzo en su nueva entrega de pequeños ensayos del propósito irresistible de “rebelarse contra las injusticias, llevar la alegría a los tristes, frenar los abusos del poder”. ¿También usted, como cuenta de Oteiza, John Ford, Jean Renoir o Víctor Erice, sueña con una comunidad humana liberada de la angustia de la muerte? ¿También por eso escribe? “¡¿Y quién no?! Es el sueño de la comunidad: el hecho de que haya pueblos se explica porque formamos una unidad donde el otro no es un rival o un límite, sino lo que permite completar tus deseos. Sin la fraternidad es imposible la vida. Octavio Paz llamó sabiamente la atención sobre las tres premisas de la Revolución Francesa, donde la exaltación de libertad da lugar al liberalismo feroz, y la igualdad, al comunismo; solo con fraternidad son posibles la igualdad y la libertad, que por sí mismas no se bastan”.

«Solo la literatura es capaz de aliar razón y fantasía»

Martín Garzo

Le pedimos entonces adentrarnos en la fascinación de la locura, a la que dedica buena parte de sus reflexiones, ese “baciyelmo o desatino sin ocasión” que considera la clave del Quijote de Cervantes. ¿Sería algo así como la lucidez de la locura que vemos por ejemplo en la poesía de Leopoldo Panero y otros literatos? “Sí, solo la literatura es capaz de aliar razón y fantasía, recurre a la fantasía como forma de ampliar lo racional, que es muy limitado. Hay una segunda e ignorada parte de aquel capricho de Goya titulado El sueño de la razón produce monstruos, y que sostiene que si esa fantasía va unida a la razón se convierte en la más grande de las maravillas. En la literatura conviven realidad y sueño, te permite visitar el mundo de los muertos, hacer que vuelvan a tu presente; o ponerte en el lugar de los animales, “tú yo tenemos la misma sangre” (El libro de la selva).

El deseo de escribir, de huir

Le pido a Martín Garzo que terminemos por lo más triste pero esperanzador, por el mismo lugar por donde él había empezado a hablar, el poder de la cultura: “Si uno renuncia a reflexionar, a la inquietud de pensar y salir del orden establecido en la urbanización aislada de peligros exteriores; si uno renuncia a la duda, renuncia a vivir. La cultura tiene que ver con el deseo del conocimiento, y conocer es transgredir. Todas las historias hablan de una Caperucita Roja que hace lo que no debe por deseo de descubrir lo que desconoce, como han de hacer los niños y los adolescentes para conocerse a sí mismos. Rosa Chacel decía que escribir es el deseo de irse por los tejados, a conocer y experimentar. Y ese ansía de saber, ¿qué es sino la cultura? El problema de una situación como la que hoy vivimos es que trae consigo el miedo, que te recoge sobre ti mismo y te vuelve agresivo… Frente a ello, solo el arte puede darnos recursos y compensarnos de las afrentas de la vida”.

-Gustavo, ¿somos lo que recordamos?, ¿la cultura es memoria?

“Nos componemos de memoria y olvido: la imaginación es la memoria de lo que hemos olvidado. En el terreno de lo no consciente está la clave de nuestra vida, nuestros deseos y sueños, lo inconfesable y lo más íntimo. Por eso es en la literatura donde descubrimos cómo somos: es en los grandes libros donde nos acercamos a quienes somos”.

a.
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