La escritora que amó a un cadáver (y otras historias similares)

La literatura tiene ejemplos de escritores que amaron con pasión y acabaron viviendo con sus cadáveres. Bienvenidos al cementerio de los que quisieron demasiado

Ninguna española ha amado tanto a su marido como Carolina Coronado. De hecho, se sentía tan a gusto a su lado que, cuando falleció, mandó embalsamarlo y lo guardó en casa. Veinte años convivió con el cadáver de su esposo, al cual mantenía vestido, levita y bastón incluidos, en la capilla ardiente de su Palacio de Mitra (Portugal). Cuando los amigos iban a visitarla, ella hablaba del difunto como si todavía estuviera vivo. Se refería a él como ‘el silencioso’.

Carolina Coronado siempre anduvo obsesionada con la cosa de la muerte. Fue uno de los máximos exponentes del romanticismo español, y ya se sabe lo que eso significa. Pero lo cierto es que no le faltaron motivos para temer en la parca: tuvo un novio que salió a navegar y desapareció bajo la bóveda de una ola; padeció una catalepsia crónica que hizo que la dieran por muerta en varias ocasiones –en una, la prensa incluso publicó un obituario que ella misma leyó al cabo de unos días- y que se atormentara pensando que algún día habrían de enterrarla viva; perdió a dos hijos y tuvo premoniciones que anticipaban la pérdida del tercero… Y con todos estos antecedentes, cuando Justo Horacio Perry murió, decidió momificarlo y tenerlo siempre cerquita. Como curiosidad, añadir que Coronado fue tía de Ramón Gómez de la Serna.

Carolina Coronado. Imagen: Museo del Romanticismo.

Amores bestias

Los españoles no somos de término medio. Odiamos a rabiar y amamos a lo bestia. Y, cuando perdemos a un ser realmente querido, somos capaces de las mayores locuras. El literato José Cadalso quedó tan afectado por la muerte de la actriz María Ignacia Ibáñez, con quien vivió un romance que sólo el tifus logró interrumpir, que se plantó en el cementerio, desenterró el cadáver y abrazó por última vez a su amada.

Los españoles no somos de término medio. Odiamos a rabiar y amamos a lo bestia. Y, cuando perdemos a un ser realmente querido, somos capaces de las mayores locuras

Hay historiadores que dicen que Cadalso nunca hizo eso, que es una leyenda construida a partir de una escena de sus célebres Noches lúgubres –considerada la primera novela del romanticismo español-, pero hay otros biógrafos que la dan por cierta. Y, como nosotros no tenemos capacidad para inclinar la balanza hacia uno u otro costado, nos limitaremos a lanzar una pregunta: ¿acaso importa que algo sea o no sea verdad si mucha gente lo da por cierto? Pues eso.

Retrato de José Cadalso.

Algo más oscura es la historia de Pedro Luis de Gálvez, poeta de finales del siglo XIX que, proviniendo de una familia de militares carlistas, decidió hacerse anarquista. Su padre estaba hasta las narices de las excentricidades del niño y, cuando se enteró de que había empezado a trabajar como actor, se dirigió al teatro, irrumpió en la sala y bajó a su hijo del escenario a guantazo limpio. Todavía hoy pueden oírse las carcajadas del público de aquel entonces.

Pedro Luis de Gálvez fue un sablista de tomo y lomo, uno de esos bohemios que nunca llevaba un real en el bolsillo y que, sin embargo, siempre acababa brindando con los amigos. Tuvo un hijo con Carmen Sanz, pero el chiquillo nació muerto, y según contó Pío Baroja en La caverna del humorismo, el poeta se dedicó a pasearse por las tertulias de Madrid con el cadáver del bebé en brazos. Pedía dinero para enterrarlo y, como nadie podía negarle la ayuda en semejante trance, llenaba de ese modo la cartera. Gálvez murió fusilado durante la Guerra Civil y, aunque fue un gran poeta, la historia lo recuerda por ser el escritor que paseaba a los niños muertos.

Las hembras de las Vistillas, nº 86 de El Cuento Semanal (19 de agosto de 1910). Ilustración de Narciso Méndez Bringa.

Un esqueleto en La Habana

Y, saltando al otro lado del charco, tenemos la no menos trágica historia del periodista y escritor Francisco Caamaño Cárdenas, cuyas vicisitudes con el cadáver de su novia sirvieron de inspiración para la primera versión de la famosísimas canción titulada Rascayú. Todo ocurrió en La Habana, a finales del siglo XIX, cuando Irene Gay murió, con tan solo dieciocho años, víctima de la tuberculosis. La chica iba a casarse con Caamaño y le hacía tanta ilusión hacerlo que, cuando falleció, la enterraron con el vestido de novia puesto.

Caamaño no tenía dinero para pagar un sepelio digno de su amada, así que tuvo que aceptar que la inhumaran en la zona de pobres del Cementerio de Colón. Pero al cabo de un tiempo, y ante la falta de pago de las tarifas, la administración del camposanto le envió una carta anunciando que exhumarían los restos de Irene y los depositarían en la fosa común. El escritor no pudo soportar esta idea y sobornó a los sepultureros para que le entregaran los restos mortales de su querida, con la intención de conservarlos hasta reunir el dinero suficiente como para enterrarla en el panteón que sin duda merecía.

Caamaño guardó el esqueleto en casa y enseguida circularon los rumores. Decían que era necrófilo y que mantenía relaciones con la que podríamos llamar su novia cadáver. La gente, claro está, empezó a mirarlo mal y el escritor se mudó a la región de Oriente.

No ha quedado constancia de qué ocurrió con los despojos de Irene Gay, pero se sabe que, cuando años después Caamaño regresó a La Habana, descubrió que Julio Flórez había compuesto un poema con su historia y que el trovador Alberto Villalón la había puesto música. Con el paso del tiempo, la canción sufrió mutaciones, hasta que llegó a manos de Bonet de San Pedro, el cantante que la internacionalizó en la versión que todos conocemos.

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