Karina Sainz Borgo: ‘Allí donde vaya tendré la sensación de haber nacido en un lugar que ya no existe’

Karina Sainz Borgo publica 'El Tercer País' (Lumen), una novela de ambientación distópica demasiado parecida al presente

Karina Sainz Borgo protagonizó uno de los fenómenos editoriales más meteóricos del 2019, año en el que publicó la novela La hija de la española (Lumen), que alcanzó las diecisiete ediciones, que fue traducida a veintiséis idiomas y que hizo que la edición española de la revista Forbes considerara a su autora como una de las cien personas más creativas del año. Ahí es nada. Ahora, la escritora venezolana afincada en Madrid vuelve a la ficción con El Tercer País, una historia de tintes distópicos en la que narra la historia de dos mujeres que unen fuerzas en la defensa de un territorio francamente curioso: un cementerio. 

Angustias Romero es una ‘caminante’ (emigrante) que ha recorrido ochocientos kilómetros para escapar de la miseria y la enfermedad. Lleva a cuestas el cadáver de sus dos hijos sietemesinos y, cuando alcanza la frontera entre la sierra oriental y la occidental, decide enterrarlos en un cementerio ilegal en el que descansan los que nunca alcanzaron su destino: el mundo libre. El camposanto está regentado por Visitación Salazar, una especie de cancerbera que se enfrenta a los caciques, los guerrilleros y los narcotraficantes que pretenden adueñarse de esa tierra de nadie en la que reposan los restos de los desposeídos tanto de sus sueños como de sus recuerdos. 

Es imposible no leer tanto su novela anterior como la actual de un modo político. Sin embargo, la anterior apuntaba directamente a Venezuela, mientras que la actual tiene una ubicación más indeterminada. Es, por así decirlo, un territorio mítico.  ¿En qué lugar pensaba cuando la escribió? 

Mezquite [pueblo donde sucede la acción] es un territorio de ficción. Sus coordenadas son las mismas que las del Yoknapatawpha de Faulkner, la Región de Benet o la Comala de Pedro Páramo. La idea de esta novela nació en enero de 2019, cuando una curiosa historia se cruzó en mi camino: una mujer que enterraba a personas que no tenían quien los enterrara. Ella lo hacía a cambio de la voluntad, en un cementerio cercano a cierta frontera. Quise ampliar el registro humano y geográfico de esa historia para mostrar que desesperación en todas las fronteras.  

Karina Sainz Borgo. Foto: Clara Rodríguez.

El drama de la emigración es, sin duda, el gran tema de esta novela. En este sentido, El Tercer País es una enorme metáfora de una realidad de alcance planetario. 

El punto de partida es la desesperación del que huye, del que atraviesa un límite. El que llega a una frontera es siempre considerado un oponente, alguien que despierta más sospechas que compasión.   

En esa línea que separa un lugar de otro, no sólo pierde valor la vida, sino que la muerte se vacía de excepcionalidad. Se normaliza, se da por sentada. Dejar gente abandonada en el camino es un fracaso humano y social, pero mirar hacia otro lado refleja el entumecimiento moral del ser humano. El Tercer País habla de nuestra incapacidad de sentir compasión y piedad. De ahí que Angustias Romero y Visitación Salazar busquen aliviar esa segunda muerte que supone no ser enterrado en un lugar digno. Como la Antígona de Sófocles, ellas desobedecen a quienes quieren impedir que hagan algo justo y correcto: dar sepultura. 

El que llega a una frontera es siempre considerado un oponente, alguien que despierta más sospechas que compasión

Karina Sainz Borgo

En alguna entrevista ha dicho que a veces piensa que lleva tiempo narrando su propio ‘éxodo’.  

Allí donde vaya tendré la sensación de haber nacido en un lugar que ya no existe. Formo parte de un país vaciado y con una diáspora de millones de personas. Soy parte de esa diáspora y, aunque ya me haya acostumbrado a ella, la llevo puesta. Eso ha condicionado mi forma de entender el tiempo, la tierra, la identidad y la pertenencia. Ser errante es una experiencia antigua. Las largas marchas de los hombres y mujeres que huyen de una tragedia mayor que ellos me sacude y me interpela. Escarbo en ella como si buscara una manera de contar la forma en que los lugares se vacían y se marchitan hasta quedar convertidos en tierra yerma. No existe una tierra prometida y mucho menos un Moisés, pero sí la larga travesía de los que se convierten en errantes.  

Usted se ha mostrado algo escéptica con la línea que ha tomado el feminismo actual. Sin embargo, todas sus novelas tienen como protagonistas a mujeres que se enfrentan a enormes dificultades, principalmente caracterizadas por la violencia. ¿Qué tipo de visión feminista tiene usted de la literatura? 

Mi interés por lo femenino es muy anterior a esa ola más beligerante que se desató a raíz del MeToo. En la sociedad en la que crecí, las mujeres sostienen un peso y detentan dentro de casa un poder que no se corresponde con el que se le reconoce en el exterior. Hay en ellas fiereza y afecto, algo que depreda y al mismo tiempo protege. Todas las generaciones tienen derecho a sus propias demandas, pero me siento más cercana a la visión paradójica de lo femenino que he encontrado en autoras como Susan Sontag, Patricia Highsmith o Doris Lessing que a la posición de agravio y al papel de víctima como reivindicación en sí misma.  

Karina Sainz Borgo. Foto: Clara Rodríguez.

Otro de los temas es el olvido, en este caso ejemplificado con una especie de peste que borra los recuerdos de la gente. El olvido del pasado es la mejor forma de asegurar el desastre del futuro. ¿Cree que estamos afectados realmente por esa ‘peste’? 

En un tiempo en el que estamos obsesionados con la memoria, todo desaparece más fácil y rápidamente. Permanecemos sepultados bajo un ruido que consigue lo mismo que los escombros: aislarnos. Eso alimenta o propicia una lógica autocomplaciente y ombliguista que nos permite vivir en una infancia perpetua. En ocasiones, el exceso de bienestar nos convierte en hojas en blanco.  

Me siento más cercana a la visión paradójica de lo femenino de autoras como Susan Sontag, Patricia Highsmith o Doris Lessing que a la posición de agravio y al papel de víctima como reivindicación en sí misma

Usted misma ha apuntado que una de sus fuentes de inspiración fue la Antígona de Sófocles. ¿Qué otras influencias ha tenido? 

Como argumento, Antígona sigue resonando entre nosotros: la capacidad de los individuos para resistirse a la pobreza moral. El exilio republicano trabajó mucho la obra de Sófocles, desde Bergamín hasta María Zambrano, no sólo por el tema de la muerte de los hermanos, sino también por el del desposeimiento hasta de la más elemental lápida.  

Por otra parte, la lógica y la búsqueda del viaje es el cemento que sostiene la novela: las razones del que se marcha, la modificación del paisaje durante dicha marcha, el olvido de la casa que dejamos atrás… Esto último ya ocurría en la Odisea y en la Eneida. ¿Qué motivos mueven a los que viajan? ¿Por qué va Juan Preciado a Comala? ¿Por qué Alonso Quijano emprende esa travesía aparentemente enloquecida? El viaje lo contiene todo y condiciona mi forma de leer y describir lo que veo. Es una impronta que no soy capaz de controlar. 

a.
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