De ‘mountweazels’, obsolescencia y placer: la vida que habita en los diccionarios

¿Pueden los diccionarios relacionarse con la creatividad, con el ingenio y hasta con la trampa? La primera novela de Eley Williams aborda desde el humor y el amor el trabajo de los lexicógrafos

¿Hay algo a priori más serio que un diccionario? Esperamos de ellos que sean rigurosos y fiables y, desde luego, pocas veces nos acercamos a sus páginas con prevención, pero detrás de cada entrada podría aguardar un mountweazel, un fake o, lo que es lo mismo, una trampa.

El neologismo procede de la biografía de la inexistente fotógrafa estadounidense Lilian Virginia Mountweazel, aparecida en la edición de 1975 de la Nueva Enciclopedia Columbia. Según la entrada, esta una imaginaria fotógrafa sería famosa por sus reportajes sobre “los autobuses de Nueva York, cementerios de París y los buzones de la Norteamérica rural”. Habría muerto “a los 31 años, como consecuencia de una explosión, mientras realizaba un encargo para la revista Combustibles”. Todo falso.

El periodista Henry Alford fue el encargado de acuñar en un artículo en The New Yorker el neologismo mountweazel para referirse a estas entradas ficticias que los autores de diccionarios y enciclopedias incluyen en ocasiones para facilitar la detección de posibles plagios si se descubre que este término inventado se ha incluido, junto a los correctos, en otros diccionarios.

«Parte de la astucia de la trampa de los mountweazel es que la palabra nunca debería ser descubierta, ya que nadie la buscaría para leer su definición: se esconde a plena vista»

Eley Williams

No es, sin embargo, exclusivo del inglés; en alemán también existe un término para este proceder, que se conoce como U-Boot (abreviatura de unterseeboot, submarino). Por ejemplo, en la Wikipedia en alemán se creó una palabra para un inexistente insecto, el Leuchtschnabelbeutelschabe. Otra trampa.

Ni siquiera es exclusivo de los diccionarios; estos engaños se dan también en la cartografía, con la inclusión de calles inexistentes (trap street en inglés) en mapas, topónimos imaginarios o puntos de control ínfimos.

Las mentiras de los diccionarios

Encandilada por los mountweazels, la británica Eley Williams, profesora de Escritura Creativa de la Universidad de Londres, inventó toda una historia que ahora publica Sextopiso bajo el título de El diccionario del mentiroso. Los pequeños engaños, a su juicio “una buena mezcla de creatividad, difamación y picardía” que a modo de señuelo se colocan en una supuesta enciclopedia son la base de la trama. Es “la combinación perfecta para una novela”, asegura la autora.

La novela gira en torno al engaño a los lectores: “Parte de la astucia de la trampa de los mountweazel es que la palabra nunca debería ser descubierta, ya que nadie la buscaría para leer su definición: se esconde a plena vista. Pero, dado que es una palabra falsa, existe esta noción de duplicidad, y eso me lleva a considerar hasta qué punto podemos confiar en las fuentes o recursos, o en textos aparentemente ‘autorizados’”.

COMPRAR El diccionario del mentiroso, de Eley Williams, 20,80 euros en Amazon.

Estructurada en capítulos que van de la A a la Z, la historia entremezcla dos historias que transcurren en dos momentos diferentes y separado por más de cien años en Londres: la de uno de los lexicógrafos encargados de redactar los términos que empiezan por la letra S en un nuevo diccionario enciclopédico a finales de siglo XIX y la de una becaria que en la actualidad trabaja en la misma editorial.

Mientras el primero, Peter Winceworth, se entretiene inventando palabras y definiciones que describen, con toda precisión, realidades que no existen, la segunda, Mallory, tiene la tarea de descubrir y desenmascarar esas entradas ficticias desperdigadas por el diccionario.

Diccionarios y creatividad

Para El Diccionario del mentiroso, la propia Williams ha inventado algunas de estas palabras, entre ellas relectopatía, “hecho de releer sin querer la misma frase o línea debido a la falta de concentración o interés”; peculequia, como “Fantasía de que con dinero se puede comprar cualquier cosa”; asnidoroso, definido como “que emana un olor de un burro ardiendo”; o paracmástico, que define a “aquel que busca la verdad con astutos métodos fraudulentos en época de crisis”.

Aunque en forma novelada, la autora reflexiona sobre aspectos como los neologismos, palabras de una jerga o “las acuñaciones evanescentes» que un día son aptas para un propósito y luego dejan de serlo

Leer acerca de los mountweazels, explica la autora, le hizo considerar la vida y los fundamentos de los lexicógrafos pero también de su trabajo y especialmente reflexionar sobre los diccionarios: ¿pueden estos ser subjetivos, idiosincrásicos, excéntricos?, se pregunta.

Frente a quien considera los diccionarios “secos y polvorientos, más relacionados con la administración que con la creatividad”, Williams descubrió historias que le han servido de material prima para la ficción.

Sin embargo, aunque novelada, la autora no deja de reflexionar sobre aspectos actuales en relación con las palabras, como los neologismos, palabras de una jerga o, como ella dice, “las acuñaciones evanescentes que un día son aptas para un propósito, por ejemplo, por desgracia, brexit”.

¿Tienen futuro los diccionarios?

Precisamente, esto es lo que quería abordar en la novela y reflexionar sobre hasta qué punto puede un lexicógrafo saber lo que requerirá el lenguaje del futuro y decidir quién arbitra la “obsolescencia” en términos de vocabulario y cultura.

También por eso considera que el uso de diccionarios impresos puede desaparecer pronto debido a que es mucho más fácil actualizar una entrada en línea en lugar de esperar a una nueva edición escrita, pero asegura que los echará de menos.

Lo que desde luego se mantendrá, a su juicio, es la curiosidad por el uso y el mal uso del lenguaje. Ya lo dijo Borges: “las raíces del lenguaje son irracionales y de naturaleza mágica”.

a.
Ahora en portada