‘Tatsumi’, viaje en viñetas al reverso oscuro de Japón

Una nueva antología reivindica el legado de Yoshihiro Tatsumi, el autor que llevó el manga al público adulto con su visión punzante de la sociedad nipona

El japonés tiene palabras para todo. Incluso para ideas que nosotros no hemos conceptualizado. Así, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles es komorebi. Y el arte de comprar libros para nunca leerlos, dejando que críen polvo en la pila de ‘pendientes’, tsundoku.

Con esa riqueza lingüística, no es extraño que el mercado del manga disponga de infinitos vocablos para definir sus distintos géneros y subgéneros. Como el término gekiga, traducible como “imagen dramática” y acuñado a mediados del siglo pasado para referirse al cómic adulto.

El artífice de la etiqueta gekiga fue el historietista Yoshihiro Tatsumi (1935-2015). Un autor más apreciado en Occidente que en Japón pese a su enorme influencia y del que ahora nos llega una nueva antología. Se trata del volumen Tatsumi, que publica la editorial Satori, especializada en cultura japonesa. Reúne nueve historias independientes que en su mayoría vieron la luz entre 1970 y 1972, cuando el impulsor del gekiga había depurado su estilo.

Una generación desconcertada

Como los novelistas Kenzaburo Oé, Makoto Oda y Akiyuki Nosaka, Tatsumi formó parte de la generación yakeato (literalmente, “ruinas quemadas”). Japoneses criados durante la Segunda Guerra Mundial que, además de sufrir las privaciones propias de la contienda, vieron cómo las certezas de sus padres quedaban reducidas a cenizas tras la catástrofe atómica y la rendición del Imperio. Una generación que pasó de la miseria de la posguerra al milagro económico. De la defensa a ultranza de la tradición a la modernización desbocada. Y de Hiroshima y Nagasaki a la fascinación por lo estadounidense.

En este clima de desconcierto social, Tatsumi emergió como uno de los grandes renovadores del cómic japonés. El historietista comenzó a trabajar en los años cincuenta, cuando la industria editorial estaba dominada por los productos dirigidos a un público infantil. En esa época, los cómics buscaban la pura evasión y esquivaban los temas controvertidos. A nivel estético, reinaba el estilo de Osamu Tezuka, el denominado padre del manga: un trazo disneyano, con figuras caricaturescas de ojos grandes y composiciones de página dinámicas.

En busca de nuevos límites

Tatsumi fue discípulo de Tezuka e interiorizó muchas de sus aportaciones estilísticas, pero aborrecía la idea del manga como mero entretenimiento infantil. Él proponía expandir los horizontes del medio. Quería crear historias realistas, dirigidas a un público adulto, que no tuvieran reparos en incluir dosis de violencia y sexo.

Tatusmi incluso desechó la palabra manga para referirse a sus cómics. Prefirió emplear el término gekiga, explicitando así su voluntad rupturista.

No era, sin embargo, una isla. Otros autores también comulgaban con su visión artística, y a finales de los cincuenta ya se conformó una sólida escena de historietistas gekiga. Las creaciones de Tatsumi y sus colegas encontraron acomodo en el circuito de las bibliotecas de préstamo (kashihon’ya) donde, por un módico precio, los clientes podían alquilar un libro para leerlo en el propio establecimiento o en sus casas. Un canal de distribución enormemente popular, y más proclive a romper tabúes que las grandes editoriales.

A partir de los años sesenta, el circuito de bibliotecas de préstamo entró en declive, pero el gekiga siguió desarrollándose en publicaciones periódicas como la revista Garo. Por su parte, Tatsumi fue alternando los períodos de efervescencia creativa con las crisis artísticas y los problemas financieros. Pese a su labor pionera, operaba en los márgenes de la industria. No sería hasta principios de los setenta cuando encontraría cierta estabilidad, trabajando para diversas revistas.

Historias desgarradoras

La antología que ahora publica Satori reúne precisamente algunas de las mejores historias publicadas en esa etapa. Son relatos crudos como el salmón de un nigiri, que hurgan en las miserias de la existencia humana. Sus protagonistas, un variado elenco de criaturas dolientes y miserables, perdidas en una sociedad uniforme que no duda en dejar atrás a los débiles. No hay héroes, no hay villanos, no hay juicios morales. Pero sí desesperanza y sordidez. Un Japón lumpen, reverso oscuro del país de los modales exquisitos.

Inevitablemente, el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial planea sobre algunas de las historias incluidas en el volumen. Como en Infierno, donde Tatsumi reflexiona sobre la ambivalente victimización de Japón tras la contienda mediante un relato de intriga ambientado en Hiroshima.

O en Goodbye, descorazonador retrato de una prostituta de la posguerra. Pero la antología tampoco descuida otras temáticas habituales en Tatsumi como los conflictos de identidad propios del Japón moderno (Escorpión, Querido Monkey), la impotencia sexual (La primera vez) y la precariedad laboral (Ocupado).

En definitiva, una excelente introducción al universo de Yoshihiro Tatsumi. Y que merece mejor suerte que ser víctima del tsundoku.

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