Adrian Tomine hurga en las miserias del cómic

El artista estadounidense publica ‘La soledad del dibujante’, un ácido retrato de lo que se cuece en la trastienda de la industria del tebeo

Como los novelistas, los dibujantes de cómics pasan cada día horas y horas enclaustrados en su estudio en busca de ideas con las que llenar las malditas páginas en blanco. Pero su trabajo puede resultar bastante más ingrato, sobre todo en términos de reconocimiento social: todo el mundo conoce a Ken Follett, pero cuatro gatos sabrían decir quién fue, por ejemplo, el creador de Batman, pese a que el hombre murciélago ha generado unos cuantos millones de dólares más que Los pilares de la tierra.

Hace unos años, Daniel Clowes resumió la situación cuando explicó cómo se sentía siendo uno de los dibujantes más célebres del momento: “Eso es como ser el jugador de bádminton más famoso del mundo”. Precisamente, esa frase demoledora es la que abre La soledad del dibujante, el cómic autobiográfico de Adrian Tomine (Sacramento, 1974), recién publicado en España por el sello Sapristi.

Colección de anécdotas

Tomine acumula éxitos en su carrera. Niño-prodigio del cómic independiente, referente internacional de eso que los suplementos literarios llaman “novela gráfica”, autor de portadas para The New Yorker…  Pero, en esta memoria en viñetas que es La soledad del dibujante, prefiere recrearse en los episodios más lamentables. Críticas hirientes de la prensa y los lectores, sesiones de firmas a las que no acude nadie, entrevistas promocionales que se tuercen… Un rosario de anécdotas embarazosas que confirman lo que ya sospechábamos: el glamour brilla por su ausencia en la vida cotidiana de los autores de cómic.

«Rebajé el tono de muchas de las historias, porque pensaba que la gente no se las creería”

Adrian Tomine

“Quería plasmarlo todo en papel antes de volverme senil”, bromea Tomine en entrevista a Tendencias través de correo electrónico. “Tenía un gran archivo en mi cerebro en el que había ido guardando estas anécdotas, y lo único realmente complejo era intentar ser selectivo para decidir cuáles había que incluir en el libro”.

Fiel a la realidad

El primer episodio del cómic nos lleva a 1982. El futuro dibujante presenta en su primer día de escuela como un fan de los tebeos y a la mañana siguiente es carne de bullying en el patio. A partir de ahí, y en orden cronológico, se suceden varias historias de ansiedad social y expectativas defraudadas, empapadas de humor ácido e ironía. Como la de ese intento de ligue con una periodista que acaba con un Tomine indispuesto encerrado durante 30 minutos en el lavabo, o la de esa entrega de premios en la que el presentador –Frank Miller, ¡nada menos!– es incapaz de pronunciar correctamente el apellido del dibujante, de origen japonés.

Hace unos años, Daniel Clowes resumió la situación cuando explicó cómo se sentía siendo uno de los dibujantes más célebres del momento: “Eso es como ser el jugador de bádminton más famoso del mundo”. Precisamente, esa frase demoledora es la que abre La soledad del dibujante, el cómic autobiográfico de Adrian Tomine (Sacramento, 1974), recién publicado en España por el sello Sapristi.

Anécdotas que siempre parten de hechos reales, a pesar de que en algunos casos pueden dejar al lector con la mandíbula desencajada. “Honestamente, rebajé el tono de muchas de las historias, porque pensaba que la gente no se las creería”, confiesa Tomine, quien añade que fue muy consciente de que sus memorias podían levantar ampollas. “Quería evitar el sentimiento de arrepentimiento una vez se publicara el libro”. Eso no ha impedido que algunos de los retratados en el cómic le hayan leído la cartilla: “Podría hacer una secuela con las reacciones que ha generado”, dice Tomine.

La soledad del dibujante no sólo retrata los sinsabores del oficio. También muestra el tránsito hacia la madurez del protagonista, que pasa de ser un joven narcisista entregado al mundo del cómic a un adulto que es consciente de que su mujer y dos hijas son más importantes que su legado artístico. De hecho, la obra se puede interpretar como una carta de amor a la familia. “Esa idea formaba parte del concepto desde un inicio”, dice Tomine que, tal y como explica a través de sus viñetas, comenzó a dar forma al cómic después de sufrir un dolor de pecho que le hizo temer lo peor.

La obra ha levantado ampollas: «Podría hacer una secuela con las reacciones que ha generado»

Estilo espontáneo

Tomine también tuvo claro desde el principio que para este proyecto necesitaba cambiar su estilo habitual. Así, el trazo detallista y el uso magistral del color presentes en sus anteriores obras, como la aclamada Intrusos (2015), dan paso a un dibujo en blanco y negro fresco y espontáneo. “Mi objetivo era encontrar una forma de hacer cómics como si escribiera a mano, intentando que las historias fluyeran de la forma más natural posible”, explica.

Hace unos años, Daniel Clowes resumió la situación cuando explicó cómo se sentía siendo uno de los dibujantes más célebres del momento: “Eso es como ser el jugador de bádminton más famoso del mundo”. Precisamente, esa frase demoledora es la que abre La soledad del dibujante, el cómic autobiográfico de Adrian Tomine (Sacramento, 1974), recién publicado en España por el sello Sapristi.

Para subrayar esa idea de espontaneidad, Tomine quiso que el cómic se publicara en un formato de bloc de notas, con cuadrícula azul incluida. Una idea que le causó problemas en plena pandemia: “Tuvimos que trasladar la producción del libro en dos ocasiones porque las imprentas cerraban. Pero yo siempre había imaginado que el formato tenía que ir de la mano del contenido del cómic, así que realmente torturé a mis editores y les supliqué que encontraran una forma de hacerlo posible”.

Ahora, con el cómic ya publicado pero el coronavirus en plena ebullición, Tomine se puede librar de la parte más tediosa de su trabajo: esas giras promocionales que retrata con crudeza en sus historias. Eso sí, que conste que no todo es tan malo como parece. “El 99% de mis interacciones con los lectores han sido amables y gratificantes”, confiesa el autor desde, suponemos, la soledad de su oficina.

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