‘The Crown’: La temporada de Thatcher y Lady Di que ha irritado a la reina

La cuarta temporada de la joya de la corona de Netflix, con la novedosa presencia de la Dama de Hierro y la Princesa del Pueblo, ha sido la más polémica

The Crown ha resucitado a dos grandes mitos de la historia británica (y universal). Por un lado, nos ha devuelto, como embalsamada bajo capas de maquillaje, a una Margaret Thatcher defendida con convicción por Gillian Anderson, y por el otro a unaLady Di mucho más fresquita, a la que da vida la casi novata Emma Corrin,catapultada al estrellato desde ya. Era de prever que, a medida que la serie se acercara a la actualidad, creciera el disgusto en el Palacio de Buckingham. Y así ha sido. 

The Crown ha resucitado a dos grandes mitos de la historia británica (y universal). Por un lado, nos ha devuelto, como embalsamada bajo capas de maquillaje, a una Margaret Thatcher defendida con convicción por Gillian Anderson, y por el otro a unaLady Di mucho más fresquita, a la que da vida la casi novata Emma Corrin,catapultada al estrellato desde ya. Era de prever que, a medida que la serie se acercara a la actualidad, creciera el disgusto en el Palacio de Buckingham. Y así ha sido. 

La Dama de Hierro y la Princesa del Pueblo encabezan dos tramas que no llegan a cruzarse nunca. Son los dos raíles sobre los que se han deslizado los diez episodios de una cuarta temporada que se extiende a lo largo de los sucesivos gobiernos de la Thatcher, de 1979 a 1990, describiendo en paralelo la primera etapa de la desgraciada existencia de Lady Di, que culminará con aquel fatal accidente, metáfora definitiva del acoso mediático, en la sexta temporada. 

Las 60 horas de la serie acabarán siendo pues algo más que la extensa precuela de The Queen (Stephen Frears, 2006), aquella película que le valió un merecidísimo Oscar a Helen Mirren. Peter Morgan, el afamado guionista de The Queen y creador de The Crown, ya ha avanzado que la serie de Netflix irá incluso más allá de la muerte de la princesa, hasta el año 2000, tres después de la tragedia de París. 

En parte por el precedente de Mirren, Morgan ha tenido siempre muy claro que en el centro de todo está la reina, y ha jugado sobre seguro otorgando el cetro, desde la tercera temporada, a la gran Olivia Colman, una actriz mayúscula, que ya fue la reina Ana en la extraordinaria La favorita (Yorgos Lanthimos, 2018), y se ha revelado como la más majestuosa sucesora posible de Claire Foy, que aquí brinda un pequeña reaparición sudafricana. 

La sola presencia de Colman lo dignifica todo, ya sea en el cine, como en la televisión, o en la vida misma, y lo mismo sucederá con Imelda Stauton, otra gran monarca del cine británico, en las últimas dos temporadas. Sólo que aquí Lady Di e ‘Iron Lady’ le han robado mucho protagonismo a la reina. Han sido mucho más que unas meras estrellas invitadas. 

Lady Di, la princesa Super-Pop

La joven Lady Di es sinónimo de una década prodigiosa, al menos en lo musical. De ahí que una de las estampas más inolvidables de la temporada sea la de la princesa patinando por palacio con Girls on Film –de Duran Duran, por supuesto, uno de sus grupos favoritos–, aunque en esta temporada también suenan otras bandas míticas de la época, como Joy Division, The Cure The Specials. Los Sex Pistols ya pasaron por aquí. 

Lo único que se le puede reprochar a Emma Corrin, que firma una actuación impecable, es que abuse de ladear tímidamente la cabeza, un gesto típico de la princesa

Philipp Engel

Aunque Diana tiene otros grandes momentos musicales, calcados sobre sus sorprendentes apariciones públicas, hay que decir que el premio al ‘Mejor Momento Musical de la Serie’ se lo lleva Tom Burke –uno de los mejores actores del momento (protagonista de The Souvenir, Orson Welles en Mank)– cuando irrumpe, al ritmo de Let’s Dance, en las dependencias de Helena Bonham Carter, que encarna, con cierto divismo macabro (restos de su relación con Tim Burton), a Margarita, la hermana desquiciada de la reina.

The Crown ha resucitado a dos grandes mitos de la historia británica (y universal). Por un lado, nos ha devuelto, como embalsamada bajo capas de maquillaje, a una Margaret Thatcher defendida con convicción por Gillian Anderson, y por el otro a unaLady Di mucho más fresquita, a la que da vida la casi novata Emma Corrin,catapultada al estrellato desde ya. Era de prever que, a medida que la serie se acercara a la actualidad, creciera el disgusto en el Palacio de Buckingham. Y así ha sido. 
Una escena imborrable es la de Lady Di patinando en palacio. Foto: Netflix.

Volviendo a la Corrin, su actuación es impecable, y hay que agradecer que, en el departamento de maquillaje –muy activo en la serie–, no cedieran a la tentación de ponerle una nariz protésica para acentuar el parecido, que es tan flagrante como natural. Lo único que se le puede reprochar es que abuse de ladear tímidamente la cabeza, un gesto típico de la princesa, aunque tampoco llega a caer en el ridículo de su marido de ficción, Charles (Josh O’Connor), que se pasa la temporada grotesca e incomprensiblemente encorvado, como si fuera un monigote salido de Spitting Image.

La Dama de Hierro, la ministra momificada

Mucho ha llovido desde aquellos añorados años 90, en los que nos conformábamos con ver una serie por década (Expediente X) pues el cine ocupaba un lugar mucho mayor en el corazón del gran público, pero no tantos como para que Dana Scully se convirtiera en Margaret Thatcher. 

Sin embargo, a pesar de que su personaje parece salido directamente del Museo de Madame Tussaud, hay que decir que el trabajo de Anderson resulta más interesante que el de la sacrosanta Meryl Streep en la más que discutible La Dama de Hierro (Phyllida Lloyd, 2011), sobre todo en las escenas que comparte con su marido. Interpretado por Stephen Boxer, este asegura con loable discreción la parte cómica de ese remake inconfeso de Los Ropper, que ya nos imaginábamos en la época, cuando su mujer trabajaba en Downing Street

Ante las críticas recibidas por Anderson, apuntemos que es casi un chiste desdeñar la rigidez de esta nueva Dama de Hierro cuando, en la misma serie, tenemos a ese Tobías Menzies que, bajo el maquillaje del Duque de Edimburgo, fracasa estrepitosamente en su intento de hacer del rictus un estilo interpretativo. Ahí está Colman, una vez más, para contrarrestar. 

The Crown ha resucitado a dos grandes mitos de la historia británica (y universal). Por un lado, nos ha devuelto, como embalsamada bajo capas de maquillaje, a una Margaret Thatcher defendida con convicción por Gillian Anderson, y por el otro a unaLady Di mucho más fresquita, a la que da vida la casi novata Emma Corrin,catapultada al estrellato desde ya. Era de prever que, a medida que la serie se acercara a la actualidad, creciera el disgusto en el Palacio de Buckingham. Y así ha sido. 
Margaret Thatcher es la primera ministra en la cuarta temporada de ‘The Crown’. Foto: Netflix.

Aunque la serie bebe de The Audience (2013), la obra de teatro de Peter Morgan protagonizada por la Mirren que se centraba en los encuentros entre la reina y sus ministros, Lady Di tiene mucha más presencia que Iron Lady, recordándonos que esta ficción histórica es menos política, aunque abundan los apuntes sociales (la crisis social derivada de los años Thatcher), que deudora del papel couché, algo que evidencia su estética marca de la casa, tan perdurable como el papel de los regalos navideños. Aunque esta es la más cara, todas las series de Netflix tienen el mismo inquietante look. The Crown viene a ser como compaginar el ¡Hola! y el National Geographic, aunque con coartada histórica, por supuesto. 

Los problemas de una telenovela histórica

Coartada histórica, por supuesto y hasta cierto punto. Aunque nadie en su sano juicio confundiría la serie con un riguroso documental de investigación, y todo el mundo la ve como lo que es, una lujosa telenovela histórica que resulta tan digestiva después de comer como después de cenar, The Crown causa polémica, sobre todo en palacio, por su arriesgado juego de espejos con la realidad. 

Es evidente que las conversaciones a puerta cerrada sólo pueden ser producto de la imaginación de Morgan, y que este, como sucede en toda novela histórica, ha tenido que llevar a cabo algunos reajustes para dotar de mayor dramatismo al relato, como ese paralelismo algo forzado entre la desaparición del hijo de Thatcher y la Guerra de las Malvinas, y que por tanto la serie sólo puede ser vista como una ficción, en primer lugar, y basada en hechos reales, en segundo. 

Lo que se lee en la inquietud de la Corona hacia la serie no es tanto indignación por el retrato que se brinda de Charles o Diana, sino temor a lo que está por venir en las dos próximas temporadas

Philipp Engel

No hace falta recordar que todas las historias basadas en hechos reales se toman libertades. Pero la serie se jacta de su estrecha relación con la realidad. No faltan imágenes de archivo para ilustrar el momento histórico, y al final de algunos capítulos se nos recuerda, con imágenes reales, el posterior destino de algunos de los personajes, como el de Michael Fagan, aquel decorador en paro que se introdujo en la habitación real, o más deshonrosamente para la corona aquellas primas apartadas de la luz pública por enajenación mental. Y, como es lógico, esto no ha gustado en palacio. 

The Crown ha resucitado a dos grandes mitos de la historia británica (y universal). Por un lado, nos ha devuelto, como embalsamada bajo capas de maquillaje, a una Margaret Thatcher defendida con convicción por Gillian Anderson, y por el otro a unaLady Di mucho más fresquita, a la que da vida la casi novata Emma Corrin,catapultada al estrellato desde ya. Era de prever que, a medida que la serie se acercara a la actualidad, creciera el disgusto en el Palacio de Buckingham. Y así ha sido. 
La reina se ve eclipsada por la fuerza de Lady Di en la ficción. Foto: Netflix.

La indignación de Buckingham Palace

A nadie le gusta que laven sus trapos sucios en público. Menos cuando se trata de una de las familias más todopoderosas del mundo, y menos aun cuando se trata de un tiempo que se acerca peligrosamente al presente. Están los hechos históricos irrefutables, y luego, inevitablemente, un margen, más o menos amplio, a la imaginación, que es el del que se sirve la casa real para atacar la serie. La monarquía británica clama para que se subraye que, ante todo, se trata de una ficción. Una ficción, claro, una vez más “basada en hechos reales”. Novela histórica. 

Si bien la prensa de todos los colores estuvo siempre muy encima de la principesca pareja en busca de la más mínima fisura que pudiera resquebrajar el cuento de hadas –una presión que tampoco queda demasiado patente en esta temporada–, y si bien los principales hechos relatados son conocidos por todos, desde la relación extramarital de Charles con Camila a la bulimia como mecanismo de defensa de la princesa, es lógico que la familia real se sienta incómoda al ver que se han vuelto a poner tan de moda, ya que son episodios obviamente dolorosos, sobre todo para Harry y Guillermo. Incluso de dice que Parker-Bowles habría recibido amenazas, debido a su personaje en la serie. Es fácil confundir ficción y realidad cuando una pretende pasar por la otra. 

El entorno de la monarquía ha subrayado algunas incongruencias, y avanzado extremos difícilmente comprobables, como si fue Lady Di la primera en ser infiel a Carlos, y no al revés, o si la reina nunca filtró a la prensa su opinión negativa sobre Thatcher, algo que evidentemente forma parte del considerable terreno especulativo de la serie. Pero lo que se lee en esta inquietud no es tanto indignación por el retrato que se brinda de Charles, cuya mirada ya villanea, o por las crudas imágenes de Diana asaltando la nevera, algo que ella misma explicó en aquella famosa entrevista con Martin Bashir para la BBC hace ahora justo 25 años, sino temor a lo que está por venir

The Crown ha resucitado a dos grandes mitos de la historia británica (y universal). Por un lado, nos ha devuelto, como embalsamada bajo capas de maquillaje, a una Margaret Thatcher defendida con convicción por Gillian Anderson, y por el otro a unaLady Di mucho más fresquita, a la que da vida la casi novata Emma Corrin,catapultada al estrellato desde ya. Era de prever que, a medida que la serie se acercara a la actualidad, creciera el disgusto en el Palacio de Buckingham. Y así ha sido. 
Foto: Netflix.

Presumiblemente, en el Palacio de Buckingham se preguntan, dado el inquietante giro de esta cuarta temporada, en qué derivarán las dos que quedan, que como decíamos llegarán hasta el año 2000. En aquella entrevista con Bashir, la princesa, además de contarlo todo sobre su tempestuoso matrimonio, denunciaba las presiones a las que se vio sometida después de su separación. Era en vísperas de su divorcio, y ya hay quien se pregunta, como Simon Jenkins (en una columna de The Guardian titulada, ni más ni menos, La falsa historia de The Crown es tan corrosiva como las fake news) si la serie no acabará siendo víctima de la conspiranoia. Dios salve a la reina.

a.
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