‘Hipócrates’: cuando el sistema sanitario se pone a prueba

Thomas Lilti, el médico que hace películas de médicos, ha creado una serie de hospitales distinta a las demás, incluso visionaria

Tres residentes y un forense se ven obligados a tomar las riendas del pabellón de un hospital cuando los médicos titulares han sido puestos en cuarentena para prevenir una epidemia. Una trama que parecía ciencia-ficción cuando se inició el rodaje de la primera temporada de la serie Hipócrates y que ahora resulta premonitoria, más cuando la segunda temporada quedó en suspenso con la llegada del coronavirus

En ese momento, el Doctor Lilti no lo dudó, colgó la cámara, y se volvió a poner la bata blanca para ayudar en lo que hiciera falta. 

‘Hipócrates’

Me acuerdo de que conocí a Lilti justo cuando estaba a punto de estrenar Hipócrates, la película homónima que le brindó fama y reconocimiento en 2014. En Francia, más de un millón de espectadores fueron a verla. 

Hipócrates se estrena mañana en Filmin.

Vincent Lacoste y Reda Kateb nos adentraban en el día a día de un hospital, que sorprendía por su realismo, en contraste con muchas series americanas, de las que se mofaba a través de un gag recurrente sobre House.

Entonces Lilti me comentó que “las series de hospitales los toman como marco para contar historias de amor o de intriga, pero no están interesadas en mostrar cómo funcionan de verdad. Los médicos aparecen como héroes, cuando en realidad son personas normales, con sus dudas y sus inseguridades”. 

No sé si ya entonces Lilti estaba pensando en hacer su propia serie, ya que no dijo nada al respecto. En cualquier caso, Hipócrates, que llega a Filmin el 11 de agosto, es una versión expandida, en ocho episodios de 50 minutos, de aquella visita guiada por un espíritu humanista por los pasillos de un hospital de la salud pública. 

El método Lilti

Hipócrates, título de la serie y de la película, viene por supuesto del juramento de los médicos al graduarse. Pero se diría que Lilti también ha hecho su propia promesa ética: rodar películas sobre el sistema sanitario, con el máximo realismo, pero sin renunciar a las maneras de un cine popular para que su propuesta, siempre crítica con el sistema, llegue a un mayor público posible. 

Podría verse una cierta afinidad con Nakache Toledano, los creadores de Intocable, ya que Géraldine Nakache, hermana de Olivier Nakache, es la directora del hospital de Hipócrates (la serie), y Lilti aparece haciendo de médico en Iré donde tú vayas, la última feel good movie de la muy simpática Géraldine como directora. Un curioso intercambio, aunque Lilti es mucho más realista, y mucho menos sentimental. 

Thomas Lilti fue médico antes de cineasta.

En aquella primera película, denunciaba la mala salud de la sanidad pública francesa: “El sistema está enfermo”, diagnosticaba entonces. “En los hospitales trabaja gente maravillosa, pero no disponen de los medios adecuados”.

Luego vinieron las más especializadas Un médico en la campiña (2016), que evidenciaba la falta de médicos en la Francia vacía, y Mentes brillantes (2018), que mostraba los graves problemas psicológicos causados por las pruebas de acceso a la especialización en el primer año de la Universidad de Medicina. Le entrevisté por cada una de ellas, y de paso aprovechaba para tener una segunda opinión sobre mis múltiples dolencias. Como médico también bien. 

Historias infinitas

Lilti ha pulido su método y me atrevería a decir que se siente más a gusto con el formato serial que con el cinematográfico. Ha multiplicado a los protagonistas por dos, y ahora son cuatro, en perfecta paridad –dos hombres y dos mujeres– interpretados por actores solventes –Louise Bourgoin, Alice Belaïdi, Karim Leklou y Zacharie Chasseriaud–, y se nota que ha encontrado un formato capaz de asimilar todas sus obsesiones, siempre basadas en casos reales y en su experiencia como médico. 

Como en sus películas, está la parte más folletinesca, los secretos y problemáticas de sus cuatro jóvenes personajes, de personalidades obviamente muy dispares, pero unidos para hacer frente a la adversidad y cumplir con su misión de salvar vidas. Pero no es lo que destaca.

‘Hipócrates’ es una versión extendida, de 8 episodios de 50 minutos, de la pelicula del mismo nombre de 2014.

Sí lo hace la dinámica interna del hospital, el encadenamiento de situaciones límite y de dilemas éticos. La relación, no demasiado profunda, con los pacientes. El frenesí y el cansancio. Todo filmado en un hospital muy real, con auténtico personal médico que se mezcla con los actores. 

No es Urgencias (1988), el clásico documental de Raymond Depardon, pero el verismo de la serie tiene un nivel de credibilidad inusualmente alto. 

Aquí y en Francia, ‘Hipócrates’ habla de un sistema frágil, debilitado, que se ve obligado a hacer frente a una situación inesperada, completamente desproporcionada

Para Lilti, está el personal, vocacional y entregado a la causa, y luego el sistema, que no les apoya, o no les apoya lo suficiente. Hacen falta más efectivos, y mejor material, las instalaciones se han ido deteriorando y no hay suficiente mantenimiento. Pero sobra burocracia.

El Dr. Lilti expone un sistema frágil y vulnerable, y examina qué ocurre cuando llega una crisis inesperada, en este caso que los médicos tengan que quedarse en casa, y el hospital tenga que tirar de novatos, y de algún jubilado que acude al rescate enfundándose la apolillada bata blanca. 

Una serie que nos habla

Evidentemente, después de meses de confinamiento, y a través de un verano en el que vamos de brote en brote, aterrados ante la perspectiva de un nuevo confinamiento que acabe de hundir el país (y el mundo), Hipócrates es una serie que nos habla, y mucho. Contemplarla es como salir al balcón a aplaudir al personal sanitario. Una vez al menos, después de cada episodio. 

Un sistema frágil, debilitado, que se ve obligado a hacer frente a una situación inesperada, completamente desproporcionada. No hace falta repetirlo para comprender de qué nos están hablando.

La pandemia paralizó el rodaje de la segunda temporada de ‘Hipócrates’.

Aunque la ficción de la serie se vio ampliamente superada por la realidad del coronavirus, que, como decíamos, interrumpió el rodaje de la segunda temporada, e hizo que el doctor Lilti acabara trabajando en el mismo hospital de la periferia de París ––el Robert-Ballanger de Saint Denis– donde había estado rodando, a pesar de que no ejercía de médico desde 2013. 

A lo largo de estos 400 minutos de sistema sanitario puesto a prueba, no podía dejar de pensar en el nuestro, que lleva desangrándose con los recortes desde 2010, con Madrid y Catalunya, quizás significativamente, a la cola de la inversión sanitaria por habitante.

No hace falta estar muy informado sobre el tema, todo el mundo acaba yendo de visita a los hospitales, mal que nos pese, y ahí las pancartas, colocadas por médicos y enfermeros, llevan una década siendo de lo más elocuentes. Sólo les faltaba que tuvieran que hacer frente a todo esto. 

Francia tampoco es el modelo

Hubo un tiempo, antes de los recortes, en el que nos jactábamos de tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. No recuerdo cuando Francia se jactó de eso mismo, pero está claro que el sistema ahí también está en crisis. Lilti se ha encargado de recordárnoslo de película en película, y lo seguirá haciendo con la serie. Y además, oh sorpresa, el público responde.

Francia, que es un buen modelo para tantas cosas, no lo es para el buen mantenimiento de un sistema sanitario, que debería estar capacitado para atender a todo el mundo en cualquier circunstancia. De eso va la democracia. La igualdad, la fraternidad, y todas esas cosas.

Me acuerdo que Lilti me contaba indignado que en Francia es como en España. Está esa obsesión por rentabilizar la salud pública, como si la salud no fuese lo primero y el dinero no pudiese sacarse de tantas otras partes, mucho menos fundamentales. 

Esa indignación es algo que se deja transparentar en la serie, que al final resulta bastante modélica: la primera serie de médicos francesa de calidad que no sea una sitcom. Lilti se ha apuntado ese tanto, y es un tanto importante. En una cara a cara, hasta los americanos acabarían apartando la mirada. Dan ganas de volver a salir al balcón a aplaudir con energía renovada (espero no ser gafe).

a.
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