‘The Mauritanian’: la vida es bella en Guantánamo

El aspecto más impactante de la adaptación de los diarios de Mohamedou Ould Slahi es, sin duda, que conservara la sonrisa después de 14 años en el infierno

Sin pretender esconder todo el espanto de las torturas, de las que se nos brinda un aperitivo, en comparación con lo que cuenta el propio Mohamedou en su Diario de Guantánamo (Capitán Swing), The Mauritanian acentúa los aspectos positivos, empezando por la más que digna actuación del franco-argelino Tahar Rahim, que se esfuerza en poner buena cara al mal tiempo, citando alguna de las ocurrencias de Ould Slahi: “¿Cómo podría reproducir un interrogatorio que ha durado los últimos siete años, ininterrumpidamente? Es como preguntarle a Charlie Sheen cuántas citas con mujeres ha tenido”. Humor en el campo de concentración. 

The Mauritanian

“Abandona toda esperanza tú que penetras aquí” podría ser la dantesca bienvenida a los presos que llegan a la base que Estados Unidos sigue manteniendo en Cuba por inescrutables motivos históricos. Mohamedou Ould Slahi fue uno más de los que entró sin que hubiera ninguna prueba contra él. Tuvo la suerte de poder demostrar su inocencia, y acabó siendo liberado. Fue capaz de decir que no guardaba “ningún rencor” a sus agresores. Incluso que soñaba con “sentarse con ellos ante una taza de té, después de todo lo que hemos aprendido unos de otros”. 

Mantengo un litigio vivo con uno de mis mejores amigos, que me dice que La vida es bella –ya saben, la oscarizada película de Robert Benigni sobre los campos de exterminio– está bien, y yo le sigo diciendo que, al contrario, todo mal. No es que The Mauritanian tenga madera de comedia (humanista), y tampoco sale ningún niño. Pero me lo ha recordado, por aquello de la sonrisa en un entorno hostil, algo que se pone de relieve en la película. Yo me pregunto: ¿Cómo es posible que un hombre encarcelado sin motivo, torturado de todas las formas posibles, habiendo incluso sido víctima de abusos sexuales por parte de sus guardianas, mantenga aparentemente intacto su amor por la vida? Sin duda es cuestión de fe. 

Sin pretender esconder todo el espanto de las torturas, de las que se nos brinda un aperitivo, en comparación con lo que cuenta el propio Mohamedou en su Diario de Guantánamo (Capitán Swing), The Mauritanian acentúa los aspectos positivos, empezando por la más que digna actuación del franco-argelino Tahar Rahim, que se esfuerza en poner buena cara al mal tiempo, citando alguna de las ocurrencias de Ould Slahi: “¿Cómo podría reproducir un interrogatorio que ha durado los últimos siete años, ininterrumpidamente? Es como preguntarle a Charlie Sheen cuántas citas con mujeres ha tenido”. Humor en el campo de concentración. 

Una nueva lección de vida 

The Mauritanian también muestra la sintonía del reo con alguno de sus guardas; su férrea voluntad de aprender inglés palabra a palabra hasta llegar a su conmovedor alegato vía Zoom para la petición de Habéas Corpus, y hasta tiene un momento casi benigniano en el que se imagina surfeando al son de las olas que circundan la prisión durante su salida al patio. Hay un cierto énfasis, corroborado por la aparición final del propio Mohamedou, ya liberado, sonriente, feliz, mostrando todas las ediciones de su best seller internacional, e incluso arrancándose con una de Bob Dylan. 

Desde que accedió al estrellato con la magnífica, y no menos carcelaria, Un Profeta (Jacques Audiard, 2009), película que en su día me interesó más como revival de género que por su lado espiritual, Rahim, que es un firme creyente, se ha especializado en el arte de rechazar papeles estereotipados de musulmán, uno detrás de otro. Pero aceptó este que le brindó Kevin Macdonald, para el que ya había trabajado en el péplum La legión del Águila (2011). El motivo, más allá de que se trate de un caramelo para cualquier actor que desee ponerse a prueba, sin duda vuelve a ser una cuestión de fe, la voluntad de mostrar una fuerza moral con filosofía propia. 

‘The Mauritanian’ llega en un momento en el que Guantánamo se ha convertido en una auténtica patata caliente. Nadie sabe muy bien qué hacer con ella

Philipp Engel

Por otro lado, la película sólo es parcialmente una adaptación de los diarios de Mohamedou, ya que suma los puntos de vista de su tenaz abogada, Nancy Hollander, a la que da vida Jodie Foster, que se llevó el Globo de Oro por el papel, y de Stuart Couch, el fiscal que acaba por dejar el caso horrorizado por las prácticas de Guantánamo, que interpreta un comedido Benedict Cumberbatch, coproductor del filme. También está Shailene Woodley, como la ayudante de Hollander, que viaja de la ingenua necesidad de creer en la inocencia del acusado a la visión del derecho a un juicio justo por encima de cualquier otra consideración que defiende su mentora. 

Sin pretender esconder todo el espanto de las torturas, de las que se nos brinda un aperitivo, en comparación con lo que cuenta el propio Mohamedou en su Diario de Guantánamo (Capitán Swing), The Mauritanian acentúa los aspectos positivos, empezando por la más que digna actuación del franco-argelino Tahar Rahim, que se esfuerza en poner buena cara al mal tiempo, citando alguna de las ocurrencias de Ould Slahi: “¿Cómo podría reproducir un interrogatorio que ha durado los últimos siete años, ininterrumpidamente? Es como preguntarle a Charlie Sheen cuántas citas con mujeres ha tenido”. Humor en el campo de concentración. 

La arruga es bella, y más si es impostada 

Woodley podría haber obtenido el Globo de Oro al mejor mohín, aunque creo que no se reparten en esta categoría. Al margen de cualquier otra consideración filosófica, tengo que confesar que el aspecto que más me ha cautivado de la película es el pelo cano de Jodie Foster interpretando a un personaje 20 años mayor que ella. Sinceramente, creo que nunca ha estado tan hermosa. 

Curiosamente ha sido la película“olvidada” en los Oscar, acaso más por su carácter incómodo que por sus carencias

Philipp Engel

Parafilias capilares al margen, el dispositivo formal de The Mauritanian es propio de la era Netflix. La pantalla se estrecha cuando se ciñe al calvario de Ould Slahi en la cárcel, introduce texturas caseras cuando evoca sus recuerdos, y finaliza con las apariciones documentales de los personajes reales. Pero resulta banal, y ya muy visto, al tiempo que falla cuando trata de transmitir emoción, sobre todo en el climático discurso final, donde la actitud consternada del juez y de algunos de los presentes roza la comedia involuntaria. También es cierto que se trata de un tema árido. 

Michael Winterbottom, un director en tiempos tan de moda, cayó progresivamente en el olvido tras su Camino a Guantánamo (2006), que también hablaba de cuatro presos que no habían hecho otra cosa que irse de vacaciones. Y puede que hoy nadie quiera saber ya nada de la prisión en la que todavía quedan unos 40 presos (frente a los casi 800 de antaño), recluidos en las condiciones alegales que suponemos. Hasta George W. Bush parece que dijo algo así como que “Guantánamo se ha convertido en un arma de propaganda para nuestros enemigos, y en una distracción para nuestros aliados” (sic). 

Sin pretender esconder todo el espanto de las torturas, de las que se nos brinda un aperitivo, en comparación con lo que cuenta el propio Mohamedou en su Diario de Guantánamo (Capitán Swing), The Mauritanian acentúa los aspectos positivos, empezando por la más que digna actuación del franco-argelino Tahar Rahim, que se esfuerza en poner buena cara al mal tiempo, citando alguna de las ocurrencias de Ould Slahi: “¿Cómo podría reproducir un interrogatorio que ha durado los últimos siete años, ininterrumpidamente? Es como preguntarle a Charlie Sheen cuántas citas con mujeres ha tenido”. Humor en el campo de concentración. 
Tahar Rahim y Jodie Foster en ‘The Mauritanian’.

Una denuncia de última hora 

The Mauritanian llega en un momento en el que Guantánamo se ha convertido en una auténtica patata caliente. Nadie sabe muy bien qué hacer con ella. Obama dijo que lo cerraría, y aparentemente no hubo manera. Y la película subraya que la climática vista en la que el conmovido juez dictó la puesta en libertad de Ould Slahi fue recurrida por la administración Obama, lo que le valió otros siete años más de cárcel porque sí, un tiempo que el director de El último rey de Escocia aborda en forma de elipsis. Obama, cuya efigie cool aparece en la película, es tan culpable como cualquier otro presidente americano. 

El pasado mes de enero Ould Slahi y otros cinco ex reos saludaron a Joe Biden con una carta abierta publicada por el New York Times Review of Books en la que se le instaba a cerrar de una vez por todas la ominosa cárcel que se erige como un monumento contra los Derechos Humanos. Mientras el nuevo morador de la Casa Blanca se pregunta cómo hacerlo, queda la película, curiosamente “olvidada” en los Oscar, acaso más por su carácter incómodo que por sus carencias, y sobre todo perdura el estremecedor testimonio negro sobre blanco, nunca mejor dicho, de Ould Slahi. 

Un testimonio que vio la luz gracias a su abogada (cuando Ould Slahi todavía estaba encarcelado) y que en su forma escrita se ha presentado tal y como fue censurado, con impenetrables tachones negros que, en la mayoría de páginas, ocultan lo que se suponen nombres propios, aunque también anulan páginas enteras. Es muy impresionante enfrentarse a una de esas páginas completamente tachadas con uniformes rectángulos negros, línea tras línea, dejando tan sólo un par de frases a la vista: “iba acompañado de un intérprete árabe (….). Lo hablaba con dificultad”. Si hablamos de elipsis, esta sería la más elocuente. No queremos ni pensar en todo lo que ocultan esos rectángulos negros. 

Estreno en cines y en plataformas: 19 de marzo

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