‘The Capote Tapes’: El show de Truman

Un documental recuerda a Truman Capote desde el prisma de su obra maestra inacabada, por la que sin embargo fue expulsado del paraíso de la jet set

Hay al menos un par o tres de cosas que todo el mundo sabe sobre Truman Capote, el escritor-famoso por antonomasia. Una es que vampirizó a un par de criminales para escribir A sangre fría, la “primera novela de No Ficción”; la segunda es que también fue el autor de Desayuno en Tiffany’s, que convirtió a Audrey Hepburn en un icono (por no decir en un exasperante producto de merchandising), y la tercera es que fue una celebridad abiertamente gay en un tiempo en el que eso todavía estaba mal visto.

‘The Capote Tapes’ y la narrativa oral

The Capote Tapes, efectivo y muy atractivo documental que combina con destreza imágenes de archivo y entrevistas (Jay McInerney, mi gran favorito, siempre), nos invita a ir un poquito más allá, recordando su trayectoria, con especial énfasis en el ocaso. Presuntamente, las cintas del título son las que grabó el periodista George Plimpton para esa biografía de Capote inédita en lengua castellana, que no he tenido oportunidad de leer, pero que muy probablemente escribió siguiendo la misma técnica empleada en la de Edie Sedgwick, es decir yuxtaponiendo declaraciones de sus conocidos, sin intervención del autor, como un mosaico de voces interrelacionadas.

Merece la pena apuntar que ese influyente método de narrativa oral se lo debemos a Jean Stein, socialité y literata que también fue, como Plimpton, redactora jefe de la sacrosanta Paris Review. Juntos firmaron la biografía de la musa de Andy Warhol y otra de Robert Kennedy. No hace tanto, Stein se quitó la vida (saltando por la ventana de su apartamento, a los 83 años) después de acabar, ya en solitario, su monumental Al Oeste del Edén (Anagrama), otro megamix de voces ajenas que sí he tenido oportunidad de leer (y que de paso recomiendo), sobre esa otra élite de Los Ángeles a la que ella misma pertenecía, por ser hija del fundador de la MCA.

Además del origen de las cintas que componen gran parte del fondo sonoro de este estimable documental dirigido por el debutante Ebs Burnough, puede resultar interesante al lector esa conexión con Sedgwick, por ser la Factory de Warhol, y aquel mítico Studio 54, el último refugio de un Capote siempre al borde del coma etílico y de la sobredosis, tras ser expulsado del paraíso de la casta neoyorquina. De todos modos, sus mejores novelas iban de gente que no tenía nada, y él ya era feliz en antros de lesbianas motoristas.

Según el documental, su archiconocida ‘Desayuno en Tiffany’s’ pudo estar inspirada en la madre de Capote, que huyó del sur para convertirse en una socialité de Park Avenue

El desterrado de Park Avenue

De A sangre fría, cuya génesis quedó sobradamente expuesta en la película Truman Capote, que le valió el Oscar a Philip Seymour Hoffman (muerto por sobredosis a los 46 años), retendremos que Capote se tomó algunas libertades respecto a la historia real, ganándose fama de manipulador y llegando incluso a desear no tan secretamente la ejecución de los dos asesinos, para poder así acabar su fundacional True Crime, aunque el documental insinúa que se sumaban otros motivos en su anhelo de que la ejecución no se demorara (no espoileamos).

De la novela que se convirtió en la mítica -pero descafeinada- Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), Burnough sugiere que también pudo estar (parcialmente) inspirada en la madre del escritor, Lillie Mae –Nina, para los amigos–, que huyó del Sur para convertirse en una socialité de Park Avenue. Fue una mujer “muy sexual, y que consumía muchas pastillas”, que se casó con el hombre que le dio el apellido Capote al todavía adolescente Truman, antes de terminar acabando supuestamente con su propia vida en 1954.

Por entonces, Capote ya era toda una celebridad gracias a su primera novela, Otras voces, otros ámbitos (publicada por Anagrama, como todo Capote), que quizás no se hubiese convertido en un best seller si no fuera por la provocativa pose, abiertamente gay, del autor en la foto de la contraportada.

The Capote Tapes sugiere que la tragedia materna pudo ser el germen a largo plazo del “suicidio social” del autor, acontecido muchos años después, cuando publicó en Esquire un capítulo de su gran novela inacabada, Plegarias atendidas, en la que sacaba a relucir los trapos sucios de sus amistades entre la ‘beautiful people’ de la ciudad que nunca duerme.

Gracias a su inmensa fama, Capote organizó, en el Hotel Plaza, el baile de máscaras más sonado del siglo XX, en el el que se dice que «nació la prensa rosa»

El baile de máscaras más sonado del siglo

La fama de Capote llegó a ser tan inmensa que organizó, en el Hotel Plaza, el baile de máscaras más sonado del siglo XX. Entre princesas y estrellas de Hollywood, medio millar de invitados llegaron de los rincones más glamourosos del mundo. Fue el 28 de noviembre de 1966, y ahí estaban Frank Sinatra y Mia Farrow, los duques de Windsor, el clan Fonda, o la princesa italiana Luciana Pignatelli con un diamante de 60 kilates. Alguien lo dice en el documental, fue “la noche en la que nació la prensa rosa”. O por lo menos su gran noche.

Aunque aquel baile de máscaras se celebró en honor de Katharine Graham (la editora del Washington Post inmortalizada por Meryl Streep en la muy notable Los archivos del Pentágono), representó la cima mundana del hombre-espectáculo que era Capote, maestro de ceremonias de la velada. Al mismo tiempo, aquel baile en blanco y negro también puede verse como una metáfora de esas Plegarias atendidas que significarían su caída en desgracia, al menos para la alta sociedad neoyorquina, pues los invitados estaban llamados a convertirse en carne de su novela, llevando máscaras, como en cualquier ficción.

El propio Capote acabaría sin embargo aclarando más tarde –en la instructiva introducción de Música para camaleones–, que su intención, con Plegarias atendidas, después de una larga meditación literaria, no era la de “un roman à clef ordinario, una narración donde la realidad está disfrazada de novela. Mi propósito es lo contrario: eliminar disfraces, no fabricarlos”.

Dos décadas después del suicidio materno, en noviembre de 1975, fue cuando Esquire publicó aquel capítulo ultrapolémico (tenía que ser el séptimo, La Côte Basque) de su En busca del tiempo perdido particular (“una estructura dentro de la cual podía integrar todo lo que sabía acerca del escribir”), que sin embargo significó su defunción en las altas esferas de Nueva York.

En aquellas primeras páginas, Capote comentaba sarcásticamente por ejemplo que no se creía que una muy reconocible Ann Woodward hubiera matado a su marido de un escopetazo al tomarlo por un intruso (sino que lo hizo a conciencia), y recreaba otro episodio en el que el marido de Babe Paley, una de sus mejores amigas, le era infiel con otra mujer en un acto sexual donde la sangre de regla cobraba una dimensión tan simbólica como escatológica. A sus amigas High Class se les puso el pelo como escarpias.

La decadencia en Studio 54

Capote no imaginó que aquel capítulo, que de hecho no hacía más que confirmarlo como la deslenguada víbora profesional que era, “provocara la ira en ciertos círculos, donde pensaron que yo estaba traicionando confianzas, abusando de mis amigos y/o enemigos”. Pero así fue.

Como comenta certeramente uno de los entrevistados, él se creía un señorito, uno de ellos, pero para ellos no era más que un “criado”, un lacayo, el clásico bufón en la corte de Pijolandia que sólo entretiene como malabarista de las palabras. Típico. Después de aquel desaguisado, vendría su participación en la comedia de Neil Simon Un cadáver a los postres (1976), que también puede verse como una metáfora: la víctima era él, y cualquiera podía ser el asesino.

Y finalmente, mientras trataba de acabar sus Plegarias atendidas, a raíz de todas esas noches de fiesta sin fin, regadas con alcohol y cocaína, ilustradas con esas 48 horas sin dormir escandalosamente confesadas en un plató de televisión, acabó llegando la muerte, un mes antes de cumplir los 60, con múltiples sustancias exageradamente presentes en la sangre.

Plegarias atendidas, “la más famosa novela no publicada”, en la que llevaba trabajando desde 1972, sin contar la clasificación previa de todo el material del que disponía para este fin (cartas, diarios etc.) se quedó en tres extensos capítulos publicados póstumamente, en 1987. El título es una cita de Santa Teresa de Jesús: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”. Si la vemos como una obra maestra inatendida, será que en su vida Capote soltó más carcajadas que lágrimas derramó. No lo pasó mal del todo, eso seguro.

Disponible en Filmin.

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