‘Tenet’ o cómo Christopher Nolan salvó el mundo (del cine)

Desde la posteridad se recordará la nueva película del más cuántico de los cineastas británicos como la gran salvadora de las salas de cine

Hace justo 20 años que Christopher Nolan dio la campanada con Memento (2000), un curioso neonoir en el que un Guy Pearce con memoria de pez se tatuaba cosas por el cuerpo para que no se le olvidaran a los cinco minutos, quizás diez (no recuerdo cuantos eran). La crítica enloqueció con alabanzas desproporcionadas –había nacido un genio–, aunque yo seguía sin entender por qué no utilizaba post-its o dejaba notas pegadas con imanes en la nevera. 

Sin embargo, nunca he faltado a la cita con Nolan, siempre con la certeza de que habrá espacio de sobra para la sorpresa, una promesa implícita en todas sus películas-acontecimiento. 

Posiblemente gracias a Mementolos tatuajes, antes reservados a marineros, legionarios y presidiarios, se volvieron mainstream y ahora en la playa la gente te mira raro si yaces en tu toalla como una página en blanco.

Gracias a Memento, Nolan también emprendió un viaje hacia el centro de todo, una meta que indiscutiblemente ha alcanzado gracias a Tenet, que no sólo ha sido la película más esperada de este verano de locos, sino también la que salvará el mundo (del cine). 

El cine siempre mejor en el cine

Nolan salvará el cine, o más precisamente las salas de cine, ya que contrariamente a Mulán –la segunda película más esperada del verano–, que se estrenará en Disney+ a un precio especial de combo familiar sin palomitas, Warner ha apostado por estrenar en salas, saltándose, tras varios aplazamientos, la regla de oro del America First, un radical cambio de paradigma que ya veremos cómo evoluciona, siempre en función de la pandemia. 

El gesto de Warner es tan histórico como necesario, ya que Tenet, rodada de nuevo, y van seis, en 70 mm Imax –un formato tan gustoso como espectacular– es una de esas películas especialmente diseñada para recordarnos que el cine se disfruta mucho más en sala que apoltronado en el sofá de casa, con el gato, el móvil y los niños reclamando nuestra atención. Puestos a “vivir la experiencia”, mejor escoger un cine que esté a la altura de las circunstancias, con pantallón y sonido atronador. 

La chistera sin fondo de Christopher Nolan

Otro dato: con un presupuesto de 205 millones de dólares, Tenet es una de las películas más caras de la historia basadas en un argumento original, firmado, claro está, por el propio Nolan. Es decir, una superproducción que no forma parte de ninguna saga (aunque deja la puerta abierta a una secuela) o franquicia, ni se basa en los tebeos de ningún superhéroe de Marvel o DC. 

El director deEl truco final (2006) es un tipo con ideas, y las lleva a la práctica con el máximo arrojo y esa mentada capacidad para sorprender, que es en lo que mayormente radica su interés. La razón por la que siempre acudimos a la cita. 

Si Nolan le dio la vuelta a Batman y renovó el cine bélico con Dunkerque (como 1917 de su compatriota y rival Sam Mendes), aquí nos presenta a ese James Bond de color y ultracool, encarnado por John David Washington, que estábamos esperando desde que se barajó que Idris Elba podía ser el nuevo 007. 

Como manda la tradición, le tocará salvar el mundo –no ya el del cine, sino en general–, de las garras de un maquiavélico villano ruso al que da vida un Kenneth Branagh teñido de pelirrojo que también es un maltratador en lo privado. 

Junto a Washington, la belleza andrógina de Elizabeth Debicki, que no Duval, también le da un punto muy contemporáneo a este thriller en el que no hay tiempo para el sexo, ya que el tiempo, en sí mismo, es el gran tema de la película, un tiempo que se escapa en todas las direcciones. 

Un comedido Robert Pattinson está ahí para ayudar en lo que haga falta, y así queda completado el elegante cuarteto protagonista, en cualquier circunstancia con las mejores galas. Aunque lo de Nolan no es profundizar en los personajes, son más bien títeres al servicio de su idea, cosa que tampoco es un problema ya que ya sabemos a lo que vamos. 

Sólida base científica

Un Bond posmoderno, y por ende convenientemente deconstruido a partir del concepto resumido en su palindrómico título, también simbolizado por el gesto de unas manos que se entrecruzan. A partir de las teorías de Wheeler y Feynman, explícitamente citados en el filme, el británico lleva al paroxismo las aventuras cuánticas de Origen (2010) e Interstellar (2014) poniendo a bailar a sus personajes en una trama en la que el tiempo va tanto hacia atrás como hacia adelante. 

No me pidan que se lo explique más en detalle ya que, como a los propios personajes del filme, los viajes en el tiempo me producen migraña. Recuerdo sendos ibuprofenos de urgencia tras los visionados de Primer (Shane Carruth, 2004) o Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), y eso que en la segunda sacaban una pizarra para explicar paso a paso lo de los personajes duplicados que aparentemente conviven en un mismo espacio. Mejor sigan el consejo de una Clémence Poesy de bata blanca que, ya desde el tráiler, recomienda dejarse llevar. 

Dejarse llevar, y no entender nada, o no gran cosa, como en la vida misma. En ese sentido, cine realista. Me parece perfecto que Nolan se arriesgue a perder por el camino a esos espectadores necesitados de seguir la trama al dedillo, de que se lo sirvan todo masticado. Ese arrojo justifica por si solo ese comentado lugar central en la cima del cine de entretenimiento que se ha arrogado Nolan. La aparición de su querido Sir Michael Caine sirve para recordarnos que, en la otra guerra fría, también hubo opacas tramas de espionaje en las que costaba situarse. 

Acción para todos los públicos

Tenemos pues un Bond cuántico, tan globetrotter como cualquier otro, que nos pasea por espectaculares localizaciones iluminadas con estilo por Hoyte Van Hoytema, colaborador de Nolan desde Interstellar –y de Sam Mendes en Spectre (2015)–, a lo largo de una trama confusa -nunca, como casi siempre en Nolan, queda del todo claro hasta qué punto es deliberado- y tan cacofónica como de costumbre, esta vez con BSO a cargo de Ludwig Göransson, que transcurre, eso sí,imparable a lo largo de algo más de dos horas que no dan derecho al más mínimo pestañeo. 

El problema, si lo hubiera, no es la criptotrama científica en la que nos invita a perdernos, sino que, junto a set-pieces realmente espectaculares (el avión, el asalto al edificio en la India, la clásica apertura), el británico, una vez más, se revela como un director de acción un tanto irregular, por mucho que ponga coches a correr en dos direcciones, un alarde más pirotécnico que conmovedor. La acción necesita alma, además de cerebro. 

Los tiroteos no son lo suyo (siempre le quedan como algo despistados), ya lo dejó claro en Origen –aquella ridícula escena en la nieve– o en los Batman. Tampoco lo da todo en las luchas cuerpo a cuerpo, resueltas rápidamente y con planos cortos. Y ni siquiera llega a impresionar como debiera cuando saca los camiones a la carretera. 

La deslumbrante apertura, con ese coro de espectadores dormidos, que es toda una metáfora, no puede ser más estimulante. Pero, como ocurría con El Caballero Oscuro, se vuelve a notar que Nolan no es Michael Mann.

Y es que, con todo lo que hemos visto procedente de Corea u Hong Kong, el listón del cine de acción está muy arriba, y Nolan sigue sin ser Johnnie To o Na Hong-jin. Le falta violencia seca y, a decir verdad, también algo de adrenalina, aunque parezca justo lo contrario.En el fuego de la acción, la confusión no siempre compensa. Personalmente, prefiero la Kung-fu-sion. 

Originalidad vs integridad autoral

Con todo, aunque es improbable que llegue a querer profundizar en las paradojas temporales, que bastante tengo con el tiempo que me ha tocado vivir (apreciación), y no llegando Nolan nunca a colmar del todo mis ansias de espectador, me parece muy bien que un director que lucha por ser original y conservar su integridad autoral, en un contexto tan complicado para ello como el de las grandes superproducciones de Hollywood, ocupe ese lugar central del que venía hablando. 

Es más, Tenet sigue siendo más interesante que Dunkerque, su película más redonda, la mejor en un sentido clásico. Siempre mejor una obra sugerente que una película perfecta.

A lo mejor sí que es ese Godard maximalizado que piensa con las manos como ya se ha sugerido, pero a mí me va a costar un poco más de tiempo llegar a esa conclusión. 

En definitiva, la centralísima Tenet, película extraordinaria que juega con la frustración del espectador, sea la llamada a salvar el mundo del cine, porque sin salas de cine no hay cine, y no cualquier otra propuesta más convencional y encasillada en lo de siempre, demuestra que el arte del cinematógrafo está en muy buena salud, puesto que sigue avanzando, por si alguien lo dudaba. Al César lo que es del César, y larga vida al cine.

a.
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