‘On the Rocks’: Sofia Coppola vuelve a los brazos de Bill Murray

Estrenado directamente en la plataforma Apple TV+, 'On the Rocks' es el reflejo en la actualidad de lo que en su día fue 'Lost in Translation'

Si en Lost in Translation (2003), Sofia Coppola mostró su soledad y su desazón a raíz de su separación de Spike Jonze –se divorciaron ese mismo año–, en On the Rocks podría hacer balance de su vida con el músico Thomas Mars, del grupo Phoenix, padre de sus dos hijas. Al abandono sucede una acaso demasiado acomodada vida en común en la que aparece el fantasma de los celos. En ambos casos, sin embargo, dispone del bueno de Bill Murray para abrazarla. 

17 años después de que una emergente Scarlett Johansson retozara en aquel hotel de Tokio, es Rashida Jones –otra hijísima, nada menos que de Quincy Jones– la que asume el rol de alter ego de la directora en On the Rocks. Jones, que se ganó definitivamente nuestros corazones con la serie The Office, estaba predestinada para el papel, pues ya fue la Charlotte de Lost in Translation cuando Coppola trabajó el guion de su segunda película con una clase de futuros intérpretes. 

Laura, que así se llama el personaje de Jones –como la Laura de Vera Caspary y Otto Preminger (novela y película con las que Coppola dialoga)–, lo tiene todo, pero su marido, un exitoso empresario –encarnado por Marlon Wayans (curiosa elección de casting, sobre si lo recordamos en Dos rubias de pelo en pecho)–, casi nunca está en casa, entregado a su trabajo y a sus viajes de negocios. Como Charlotte, Laura se siente abandonada. Y entonces (re) aparece Bill Murray. 

El asfixiante encanto de Bill Murray

Si en Lost in Translation, Murray era un desconocido, un actor hastiado que ejercía de efímera figura paterna / amor platónico / amistad para Scarlett Johansson, aquí es el padre de toda la vida que ejerce sobre su hija una presión muy posesiva –envuelta, eso sí, en un encanto irresistible–. Y lo hace desde antes incluso de que arranque la película cuando, sobre un fondo negro, le dice a la que entonces todavía era una niña que siempre será suya, incluso cuando se case, que es lo que ocurre cuando desfilan los primeros fotogramas. 

Destilando más carisma que nunca, y echando mano de sus habituales recursos –el carrito de golf, las canciones, el laconismo marca de la casa–, Murray, ya con el pelo lastimosamente blanco, es el viejo Felix, un millonario acostumbrado a los caprichos sin freno y a la seducción como modo de vida, que fue marchante de arte (otro eco de Laura). Un personaje entrañable, con el que cualquiera se iría de copas si no fuera porque, para mantener el control sobre Laura, alimenta las sospechas de esta hacia su marido, proyectando sus propias debilidades en su yerno, como si el hombre fuese infiel por naturaleza, y no hubiera opción de “nueva masculinidad”. 

La cinta se construye sobre la idea de matar al padre pero va más allá, presentando a una mujer apática y pasiva que sólo se libra de su progenitor para convertirse en la esclava de su marido

Felix no está muy lejos de Waldo Lydecker, el personaje de Clifton Webb en el clásico de Preminger: una turbia y ambigua figura paterna que apadrina a Gene Tierney, a la que trata de alejar de Vincent Price, su pretendiente, alimentando sus celos. La última película de la hija de Francis Ford Coppola se construye sobre la idea de matar al padre pero va más allá, presentando a una mujer apática y pasiva (al fin y al cabo Laura era una mujer muerta) que sólo se libra de su progenitor para convertirse en la esclava de su marido, una conclusión deprimente que conecta con el melancólico spleen que flota indefectiblemente en el mundo de Coppola Jr.

Un cuento de hadas hipster

Puede resultar chocante que el modelo de pareja al que aspira Laura, prototipo de madre hipster con camisetas a rayas, no se diferencie en nada de los cuentos de hadas Disney de antaño: un marido que, cual príncipe azul, trae dinero -en abundancia- a casa y le regala las joyas más costosas mientras ella se dedica a ocuparse de los niños y a escribir novelas decorativas. Pero la modernidad aparente a menudo esconde los más profundos convencionalismos: boda, casa, hijos, familia, y una distribución de roles donde la responsabilidad económica tiende a caer del lado masculino. 

On The Rocks es puro Coppola.
‘On The Rocks’ es puro Coppola. Foto: Apple TV.

En el marco de la película, el foco está en el marido: ¿será un esposo entregado o un sinvergüenza como Félix? En el mejor de los casos, Laura, por mucho que llegue a pasar del bloqueo de la página en blanco a una fase más productiva, no parecerá nunca desbordante de felicidad como si, en el fondo, supiera que su vida privilegiada en armónicos tonos pastel no fuese más que una suerte de capitulación, la antítesis misma de la Caspary, una mujer que, además de flirtear con el comunismo y sufrir el macartismo, luchó desde muy joven, hace un siglo, por conquistar su autonomía, profesional y artística y no depender de ningún hombre. 

On the Rocks termina con lo que aparenta ser un final feliz. Su padre se aviene por fin a dejarla vivir “su propia aventura”. Pero, ¿de qué aventura estamos hablando? Un reloj de lujo en una caja de Thermomix. Laura acaba poniéndose ella misma los grilletes. Simplemente cambia unos por otros. Grilletes de lujo, grilletes Cartier, pero grilletes al fin y al cabo. El final no puede ser más desolador. Entre algodones de colores, pero tan triste como toda la filmografía de la directora de Las vírgenes suicidas (1999). 

El mohín de Rachida Jones

La melancolía de la que Laura no llega a desembarazarse, materializada en el mohín apático de Jones (que perdió a su madre, Peggy Lipton, diez días antes de empezar a rodar), resume algo más de 20 años de valiosa carrera cinematográfica. Y lo hace con una película pequeña, o aparentemente pequeña, que tiene sus capas y su complejidad, de la que lo peor que puede decirse es que se adapta demasiado bien a los aciagos tiempos que corren, cuando el cine parece abocado a quedar reducido a la desesperante ventana de las plataformas

Murray se mete en el papel destilando más carisma que nunca y echando mano de sus habituales recursos –el carrito de golf, las canciones, el laconismo marca de la casa

On the Rocks es la primera película fruto del acuerdo entre Apple y A24, la productora independiente más molona, para lanzar una serie de filmes para su plataforma. Tanto es así que la próxima película de la Coppola, una adaptación de Las costumbres nacionales, de Edith Wharton (publicado por Alba Editorial), ya se anuncia como un telefilm, destinado a AppleTV+. 

Nadie necesita siete obras maestras, o aspirantes a serlo, a la semana, nos encantan también las películas modestas, como esta On the Rocks, que sería como la respuesta veraniega a Día de lluvia en Nueva York (Woody Allen, 2019), aunque con más poso y onda expansiva.

Pero vislumbrar ese futuro de cine doméstico, diseminado en millones de pantallas, es algo que angustia a la cinefilia y deja demasiado indiferente al público en general, que debería apoyar más a las salas si quiere que el cine conserve su grandeza (aunque lo más probable es que prefiera conformarse con la presunta qualité catódicoplataformesca de marca blanca). 

Foto: Apple TV.

El legado de Sofia Coppola

Sea como fuere, a pesar de su aparente vocación de miniatura, esta historia de capitulación femenina nos parece más interesante, más coherente y más necesaria que La seducción (2017), el anterior film de la Coppola, que llegó a Cannes por la puerta grande. Aquella relectura, supuestamente feminista, de la novela de Thomas Cullinan no llegó a hacer mella porque sencillamente el clásico de Don Siegel protagonizado por Clint Eastwood ocupa todavía demasiado espacio en nuestras mentes. 

On the Rocks, en cambio, es puro Coppola. Concentra sus obsesiones en torno al estatus, el matrimonio, el dinero y el rol de la mujer, que volverán a cristalizar en esa ya muy esperada Las costumbres nacionales, una película de época para la que seguramente volverá a contar con Philippe LeSourd, director de fotografía que la acompaña desde La seducción, y que en On the Rocks tiene sus momentos de esplendor, aunque podría resultar más envolventemente cinético. 

Aunque los intentos de llevar la película a un plano de comedia más desenfadada pueden resultar algo forzados, On the Rocks se acomoda bien en una filmografía que alcanzó su cumbre con The Bling Ring (2013) –una opinión personal, es verdad, no demasiado compartida–, aquella película en la que, llena de empatía, Coppola se interesaba por aquellos que, imantados por la cultura del éxito y de la fama, transgredían los límites para acercarse a su epicentro, en uno de los ensayos más certeros y clarividentes sobre el mundo en el que vivimos. El de páginas como Just Jared. 

Estreno: Disponible en AppleTV+

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