‘Los europeos’: el final del verano en la Ibiza de los 50

Ibiza, verano de 1958. Es el marco edénico de la adaptación de la novela de Rafael Azcona por Víctor García León, tan turbadora como deliciosamente retro

Sobre el papel y en la pantalla, Miguel, al que da vida Raúl Arévalo, y Antonio, interpretado por un bigotudo Juan Diego Botto, son dos pícaros solteros que acuden a la mayor de las Pitiusas para descansar… tumbados junto a liberados cuerpos europeos. Antonio es el hijo del jefe, un libertino a la española, y Miguel, el empleado endeudado que se deja arrastrar. Los dos acabarán demostrando lo que valen, que no es mucho. 

Rafael Azcona, célebre por sus más de 100 guiones, entró en el mundo del cine gracias a una de sus novelas, El pisito, que Marco Ferreri le pidió que convirtiera en un guion cinematográfico para la homónima película, un hito neorrealista con cartel de Mingote, estrenada justamente en agosto de 1958, en el muy exquisito Festival de Locarno (Suiza), mientras Antonio y Miguel doraban sus cuerpos al sol de una Ibiza de ficción, en la que empezaban a florecer las fiestas y las turistas. 

El año pasado, cuando ya se estaba fraguando la presente adaptación de Los europeos, que compite en el festival de Málaga y no tardará en llegar a los mejores cines de toda España, la novela, originalmente publicada en 1960, fue reeditada por Pepitas de Calabaza, editorial tan logroñesa como el propio Azcona, que ya había rescatado, en varios volúmenes, todos sus artículos para la mítica revista humorística La Codorniz. 

De qué hablamos cuando hablamos de humor

Azcona se hizo famoso por la negrura del humor de El pisito, donde José Luis López Vázquez se casaba con una anciana para heredar un hogar en el que poder vivir con su no menos sufrida pareja.

Luego vino el humor no menos negro de El cochecito, también de Ferreri y, por supuesto, el de Plácido o El verdugo, ya con Berlanga tras la cámara. En muy pocos años, una pequeña serie de clásicos instantáneos que convirtieron a Azcona en español universal. 

Los europeos, sin embargo, no muestra sus dientes negros hasta el final, sobre todo en la película del no menos esquinadamente humorístico Víctor García León, director de la estratosférica Selfie. 

A diferencia de la novela, la película arranca directamente en una Ibiza paradisíaca donde la belleza de los paisajes más agrestes de la isla, hermosamente fotografiados por Eva Díaz, combinan a la perfección con el colorismo vintage de la dirección artística de Anna Pujol Tauler y los no menos vistosos decorados de Maite Sánchez, como si estuviéramos en un musical de Jacques Demy, o en su defecto de su esforzado discípulo Christophe Honoré.

Musical sin coreografías

Un musical sin números de baile, pero tan repleto de música como un jukebox de la época. No hay explícitas coreografías, pero llueven las canciones, italianas, francesas, españolas… Europeas. Entre ellas la muy vianesca L’homme, de Leo Ferré, que nunca había sonado todavía en ninguna película. Una excelente selección que dejamos que descubran los oídos del espectador. 

Son himnos de un guateque perpetuo que nos arrastran, como en un sueño, de fiesta en resaca, y de resaca en fiesta, cegados por la belleza del sol veraniego y nostálgicos perdidos de una época que no hemos vivido, a medio camino entre una película retro de David Trueba, que pudiera desembarazarse de su embarazoso sentimentalismo, y un Arde Madrid de colores cremosos, aunque sin alcanzar el grado de desopilante canallismo de la serie de Paco León.

Victor García León tira exitosamente por una tercera vía, que sintoniza tanto con el espíritu de la novela como con el de su trayectoria personal. Pienso por ejemplo en Botto como en el hijo no deseado de Vete de mí pues -y sin querer desvelar demasiado el meollo de la trama ya que la película tiene su premiere en el Festival de Málaga el próximo 28 de agosto- lo que hubiera podido ser un hijo no deseado precipitará el turbio desenlace. 

Empezar por el final

Fan como soy del cine de García León, de la consagratoria Vete de mí (2006) a Selfie (2017), la mejor radiografía que se ha hecho de la España contemporánea, tan despiadada como las que llevó a cabo en su día Azcona, no pude evitar dejarme caer por la Estación del Norte, cuando el equipo recaló en Barcelona para rodar la última escena de la película. 

Ahí estaba Pere Vall, que había sido mi jefe de redacción durante algo más de tres lustros, haciendo de vagabundo que recoge colillas; el producto Enrique López Lavigne, con el que siempre es un placer hablar de cine; y también de visita, como yo mismo, pero cubriendo el rodaje para Cinemanía, mi no menos admirado Santi Alverú, con el que siempre me hago selfies desde que protagonizó la película homónima, ese pequeño gran hito de nuestro cine que no fue lo suficientemente reconocido. 

Tenía pues sobrados motivos para andar por el set, aunque como suele ocurrir en los rodajes no entendía gran cosa de lo que sucedía. Raúl Arévalo, nuestro Kirk Douglas patrio (aunque sin hoyuelo), acudía a la estación acompañado de la francesa Stéphane Caillard, cuyo personaje se llama Odette, como mi abuela, aunque la actriz se parece más a Romy Schneider. Y lo que sucede es desolador. 

La estación de los desamores

Lejos de Ibiza, en la Estación del Norte, que ahora no es más que una desagradable estación de autobuses, se acaba de dibujar el arco dramático de Miguel, el personaje de Arévalo, que viene a ser la demostración, casi podríamos decir científica, de lo bajo que podemos llegar a caer los hombres -me refiero a los varones, no a la Humanidad en general- cuando se trata de dar la talla en esos momentos verdaderamente importantes en los que las mujeres necesitan nuestro apoyo. Imposible no verse reflejado. 

A poco que uno esté familiarizado con la vida conserva algún momento claramente deshonroso agazapado en la memoria –quizás más de uno, acaso demasiados–, de esos en los se ha comportado cual impresentable, o simplemente no ha sabido o querido, aunque suelen ser sinónimos, estar a la altura.

Y de eso habla la película: de los actos fundacionales que determinan la formación de un carácter y de una moral de base no demasiado sólida, sino todo lo contrario. 

Retrato de una época, sí. Pero también del desencuentro entre hombres y mujeres que navega a través de los tiempos, como si se tratara de un MeToo avant la lettre, que no creo que vaya a ser malinterpretado. Ojalá hayamos cambiado en algo. 

Al parecido de Arévalo con Douglas y de Caillard con Schneider hay que sumar el de Botto con el Vittorio Gassman de La escapada (1962), que no tenía nada que hacer en Barcelona porque no le tocaba la escena de la estación. Me atrevería a decir que esa fuente de inspiración ya es mucho más deliberada, ya que la novela ya suscitó elocuentes comparaciones con la obra maestra de Dino Risi, esa otra gran película veraniega, en el desierto del ferragosto. 

Adiós al verano, adiós eterno

Los europeos es la película ideal para despedir el verano con todas las dosis de melancolía que exige ese eterno adiós.

Aquel deliberadamente irreal verano del 58, pero también este, del que ya nos alejamos lentamente, con el tiempo escurriéndose como arena entre los dedos de las manos, bajo el sol de una creciente incertidumbre.

Al menos Miguel y Antonio sabían a dónde se dirigían, tenían muy claro su futuro, aunque fuese más o menos gris. En cualquier caso, Los europeos es el final del verano como pocas veces se habrá visto en el cine español, un brillante y deslumbrante ocaso.  Ojalá le vaya bien a este delicioso artificio, aunque mucho me temo que es demasiado sutil para un país en el que lo que triunfa es la brocha gorda. 

Estreno: 31 agosto (exclusivo en Orange Series).

a.
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