Fernando Fernán Gómez, cineasta maldito

El cómico monumental que cumpliría cien años el 28 de agosto también dirigió auténticas obras maestras como ‘El extraño viaje’, que en otoño regresará a los cines

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.

Fernando Fernán Gómez tras su último largometraje. Foto EFE

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.

“De algunos títulos, como La vida por delante, El extraño viaje, El mundo sigue, Mambrú se fue a la guerra, El viaje a ninguna parte, El mar y el tiempo me encuentro incluso satisfecho, aunque la primera tardase ocho años en amortizarse y no diera ni una peseta de beneficios y la segunda y la tercera no llegaran a estrenarse normalmente y hayan quedado como dos de los más claros exponentes del llamado ‘cine maldito’”, precisaba.

Y lo cierto es que, antes de la lluvia de Goyas de El viaje a ninguna parte (1986) –hasta tres cabezones en los primeros premios de la Academia, más otro como Mejor Actor por Mambrú– Fernán Gómez había sido un ‘cineasta maldito’, que apenas podía mostrar sus películas, pese a ser también uno de los más grandes detrás de la cámara.

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
En 2021 se conmemora a Fernan Gomez y a Berlanga. Foto: EFE.

Su exigua, y ciertamente irregular, carrera como realizador quedó eclipsada por el “¡A la mierda!”, anecdótico episodio mediatizado hasta el cansancio, y sobre todo por su gigantesco legado como cómico, tan enorme en cantidad, aproximándose a los 200 títulos, como en calidad, pues su presencia ciranesca marcaba la diferencia.

Pero eso ya lo sabe cualquiera, recordemos mejor al cineasta, que todavía queda algún espectador despistado que no se ha dado por enterado.

Aprendiz de cineasta

Parece ser que el pelirrojo siempre quiso dirigir, y antes del pequeño gran triunfo de La vida por delante (1958), una comedia de matrimonio apurado protagonizada por él mismo y la diosa peronista de melena platina Analía Gadé –su gran amor de entonces (hasta que le engañó con Espartaco Santoni, doloroso episodio omitido en El tiempo amarillo)– dirigió tres películas de aprendizaje: “Invertía mis mis ahorros en ellas para aprender el oficio ya que, por mi condición de actor que vivía de su trabajo, no podía hacerlo de una forma normal: matriculándome en la Escuela o empezando como ayudante de dirección”.

‘La vida por delante’, testamento de las esperanzas defraudadas de toda una generación, regresará a los cines en otoño

Antes de que Belmondo rompiera la cuarta pared en Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960), Fernán Gómez ya había hecho lo propio en esta audaz película cuya rauda secuela, La vida alrededor (1959), ya no obtuvo el éxito esperado.

Con ecos del neorrealismo italiano o de Esa pareja feliz, que protagonizó para Berlanga unos años antes, era una película tan fresca como desbordante de imaginación, con escenas memorables, como aquella descripción de un apartamento, todavía no construido, que la pareja dibuja mentalmente en el cielo al dictado de la inmobiliaria, o la hilarante deconstrucción de un cómico accidente de tráfico, en el que interviene, como estrella invitada, Pepe Isbert en el papel de testigo tartamudo.

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
‘La vida por delante’.

Para Fernán Gómez tenía que haber sido una sátira sobre eso tan nuestro que es la ‘chapuza española’: “Queríamos explicar que muchos obreros trabajaban chapuceramente, que casi nadie trabajaba por amor a la obra bien hecha, sino para salir del paso, para ganarse la vida, aunque su modo de mal trabajar fuese también en detrimento de los demás, y que tan chapuceros como esos obreros eran muchos estudiantes de Medicina, de Derecho, etcétera y, por tanto, muchos médicos, abogados, etcétera —y no decíamos nada de los políticos porque en aquellos tiempos prehistóricos no los había—; en fin, queríamos contar que todos éramos chapuceros y que así nos engañábamos, nos estafábamos unos a otros”.

La vida por delante quedó como el testamento de las esperanzas defraudadas de toda una generación, y puede exportarse a las siguientes –estudios que no sirven para nada, precariedad, pluriempleo…–, y también regresará a los cines en otoño, ¡en compañía de El extraño viaje y de Los palomos (1964), de la mano de A Contracorriente, distribuidora que ya reestrenó en pantalla grande otros títulos del maestro. Si La vida por delante conectó con el público, ya con la secuela empezó la desconexión entre España y el cine rompedor de Fernando Fernán Gómez.

Una obra maestra ignorada

Y, después de un par de comedias no demasiado relevantes, llegó la que, por si les sirve de algo, este cronista suele citar como la mejor película española de todos los tiempos. Cuando toca expresarse en estos términos, y quedarse con una sola película suele ser El extraño viaje (1964), que ahora mismo está en Filmin, por si algún descreído quisiera verificar la absoluta fiabilidad de nuestro criterio.

El extraño viaje es una deliciosa comedia negra, que mezcla esperpento con ramalazos góticos casi británicos a lo Hammer Films y que, aún sumergida en aquella España profunda todavía no vaciada, es de una modernidad absolutamente adelantada a su tiempo, que llega a incluir hasta el pase de modelos de un hombre travestido, cosa inédita por estos lares (aunque la abiertamente gay Diferente, de Luis María Delgado, se había saltado alegre e inexplicablemente la censura tres años antes).

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
‘El extraño viaje’.

Alrededor de la plaza del pueblo giran un músico de orquesta (Carlos Larrañaga), que al inicio de la película se arranca con un twist que lleva a bailar descalza a la única maja del lugar, sin contar a la empleada de la mercería (Lina Canalejas), su casta prometida. Presidiendo la plaza de Loeches, se erige un siniestro caserón en el que Doña Ignacia (Tota Albar) mantiene aterrorizados a sus hermanos pequeños, encarnados por Rafaela Aparicio, que ya estaba en La vida por delante (y acabaría llevándose el Goya por El mar y el tiempo), y Jesús Franco, que acto seguido emprendería su longeva y ultra prolífica carrera como cineasta.

Esta vez, Fernán Gómez se limita a dirigir, es decir que no aparece en pantalla, y lo hace a partir de una idea que el mismísimo Berlanga habría imaginado como solución al famoso crimen de la época. Una idea que Manuel Ruiz-Castillo y Pedro Beltrán recogieron en una sinopsis de la que Fernán Gómez se hizo cargo.

Tras su estreno en 1964, ‘El extraño viaje’ quedó olvidada en los anaqueles de la distribuidora y no volvió a aparecer hasta seis años después

Cuando encaró El extraño viaje, la carrera de Fernán Gómez como actor andaba “declinante”, y se encontraba en la “más absoluta ruina”, si por ruina “entendemos no tener dinero de bolsillo ni del otro, ni contratos a la vista, aunque la ruina no fuera perceptible desde el exterior gracias al grado de conservación de mis trajes y al crédito en las tiendas del barrio conseguido por el mayordomo Paco”.

El estreno no le sacó de pobre, porque la película que, por parte de la censura apenas sufrió “uno o dos cortes estúpidos para justificar su sueldo y seguir fieles a su carácter”, quedó “olvidada en los anaqueles de la distribuidora, que era también productora asociada, y no volvió a aparecer hasta seis años después, momento en que, sin anunciarse, se exhibió en un cine de barriada como complemento en un programa doble de una película americana del Oeste”.

El fracaso asumido

En aquel cine de barriada empezó, muy lentamente, el amplio culto a El extraño viaje, y la carrera de Fernán Gómez como “cineasta maldito”. Una condición asumida con tal amarga resignación que tampoco se sorprendió de la decisión del distribuidor “dados los criterios habituales. Siempre sospeché que a algún empleado de la casa que debía haber leído el guión le pilló en un momento de pereza o rellenando las quinielas, y sin leerlo, dijo que no estaba mal”. España no estaba preparada para la modernidad, tampoco en materia cinematográfica.

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
‘El mundo sigue’.

Y sin embargo, mientras llegaba la hora de la justicia poética, después de protagonizar Rififí en la ciudad para aquel mismo Jesús Franco, Fernán Gómez invirtió todos sus ahorros en la magnífica El mundo sigue (1965), otra absoluta obra maestra, esta vez ambientada en un Madrid de posguerra, a partir de una novela del falangista Juan Antonio de Zunzunegui, para la que volvió a contar con Lina Canalejas, y con él mismo.

Contrariamente a lo que había hecho hasta la fecha, y a lo que haría después, aquí no cabría apenas humor, el final no podía resultar más trágico, y la censura no tragó con que, en esta historia de dos hermanas mal avenidas, saliera adelante la de más que dudosa moralidad, y quedara en cambio castigada la más virtuosa.

Vetada por la censura franquista, ‘El mundo sigue’ no se pudo estrenar y nunca se exhibió ante el público de una manera normal

Era la vida y miserias de una familia cuyo balcón daba a la madrileña plaza de Chueca, resuelta una vez más con gran imaginación, que también marcó el debut en el cine de la recientemente fallecida Pilar Bardem. Para continuar con la maldición, “El mundo sigue no se pudo estrenar nunca, nunca se exhibió ante el público de una manera normal”. Apenas si pudo verse un par de años después en un cine de Bilbao, casi clandestinamente, y el gran público no pudo disfrutarla en todo su esplendor hasta que, en 2015, medio siglo después de aquel fallido estreno, y ocho años después de la muerte de Fernán Gómez, el distribuidor Adolfo Blanco la devolvió a la gran pantalla debidamente restaurada, cual regalo para aliviar los primeros calores de julio.

La reivindicación del genio

En otro de esos veranos aciagos, el mismo Blanco nos gratificó con ¡Bruja, más que bruja! (1977), otra genialidad que nos pilló completamente desprevenidos, pues casi podríamos hablar de otra obra maestra, sin la más mínima pretensión de serlo, pues se hacía gala de un humor bruto no, lo siguiente; con destape de su amada Emma Cohen, y los miembros del reparto arrancaban a cantar cada dos por tres zarzuela en ostentosos playbacks, como si estuvieran en un musical de los de antaño, cuando todavía no había muerto Franco.

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
‘Bruja más que bruja’.

El propio Fernán Gómez daba vida a un garrulo cacique con boina que forzaba en matrimonio a la despampanante Emma, y la película sólo podía verse como un hachazo literal a esa España carpetovetónica, fijada en el pasado, inmune al progreso, que seguía desangrándose poco a poco.

Fernán Gómez la calificó de “invento fallido”, pero damos fe de que, una vez más, fue demasiado implacable consigo mismo. ¡Bruja, más que bruja! lo tiene todo, un humor desopilante que va la presencia de Mary Santpere como la bruja titular, delirante preparadora de potingues, a un bebé espantoso interpretado por el propio padre de la criatura, para dejar en evidencia su horrible parecido. También está en Filmin, para quien quiera amenizar lo que queda de verano con unas buenas risas.

Con el mismo humor bruto, bordó años después Fernán Gómez otro título memorable, que sigue siendo ahora tan invisible como entonces: Siete mil días juntos (1994), que contiene muy probablemente el mejor papel de esa misma Pilar Bardem a la que dio la alternativa con El mundo sigue. Aquí es la odiosa pareja de un apocado José Sacristán, forense de profesión, que se enamora de una risueña dependienta de Galerías Preciados (María Barranco).

El humor, de nuevo tan bruto como negro e inmisericorde, que se ha impuesto como uno de los rasgos fundamentales del Fernán Gómez director, llega aquí a su punto máximo con el personaje de Agustín González (el gran amor de la Bardem), compañero de morgue de Sacristán, que se declara plenamente satisfecho de su doble vida como promiscuo necrófago.

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
‘El viaje a ninguna parte’.

El reconocimiento tardío del genio

A pesar del triunfo en los Goya de El viaje a ninguna parte, sobre las penurias de una compañía de cómicos encabezada por Sacristán, Siete mil días juntos cosechó “un notorio fracaso. Aparecieron unas cuantas notas muy elogiosas en la prensa, la película obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival Cinematográfico de Comedia de Peñíscola y nada más”. Nadie fue a verla. Y Fernán Gómez esta vez quedó algo sorprendido.

En sus 40 años de carrera como director maldito, se había acostumbrado al ninguneo. Pero no había pasado ni una década desde aquella primera gala de la Academia a la que decidió no ir porque estaba ya mayor, para no desear la derrota de sus contrincantes parapetado tras una hipócrita sonrisa, y porque, visto lo visto, no esperaba ganar en absoluto.

Pero Emma Cohen le sacó de la cama, para anunciarle las buenas nuevas. Los cuatro cabezones, que le recompensaban en cada una de sus facetas. Como actor, como director, como guionista, y por una película como Viaje a ninguna parte, elegía de una compañía de cómicos, que además se basa en una novela suya, faceta por la que sí obtuvo el debido reconocimiento ya que hasta obtuvo letra en la RAE. La B.

A raíz de aquella primera noche de los Goya debió pensar que su suerte como director había cambiado, y por eso no entendió nada cuando nadie fue a ver Siete mil días juntos. Y eso que Siete mil días juntos es una culminación en muchos aspectos. Sacristán representa, de alguna manera, al hombre sin atributos que él mismo había encarnado en décadas anteriores, y la película vuelve a combinar el gusto por el esperpento, el humor negro, la sana provocación y los toques fantásticos. ¡Hasta sale una bruja! Una memorable Chus Lampreave que se gana el pan con hilarantes sesiones de espiritismo.

“A pesar de que mi labor en este terreno no es nada abundante, poco más de veinte películas en más de treinta años, y de que ninguna de ellas ha alcanzado un éxito clamoroso, no estoy decepcionado de la experiencia”, escribía Fernando Fernán Gómez en sus magníficas memorias, El tiempo amarillo, recién reeditadas por Capitán Swing.
‘Siete mil días juntos’.

Tenía todos los ingredientes del éxito, pero fue un fracaso. Un fracaso que, retrospectivamente, justifica su ausencia en aquella primera gala de los Goya, cuando fue el Rey de la noche, una velada a la que asistieron los mismísimos reyes. No faltó quien le reprochó su ausencia al anarquista (a Fernán Gómez le enterraron con la bandera roja y negra). Menudo trabajo hubiera tenido el maldito cineasta si hubiese querido cubrir de improperios a todo aquel que no había ido a ver sus películas, algunas de las más importantes de nuestro cine.

a.
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