‘Fellini de los espíritus’: La dimensión desconocida del genio de Rimini

Un documental celebra el centenario de Federico Fellini indagando en su querencia por el psicoanálisis, la espiritualidad y lo sobrenatural

El documental de Anselma Dell'Olio nos vino como anillo al dedo para celebrar un siglo del nacimiento de Federico Fellini, el genio italiano que vino al mundo el 20 de enero de 1920. No se trata sin embargo de un repaso cualquiera a su vida y obra, sino que se centra en su profundo interés por el Más allá, tanto el de los tortuosos pasillos de la mente como aquel otro al que uno accede cuando muere, una pasión que quedó perfectamente plasmada en sus mejores películas. 

Federico Fellini en el rodaje de ‘Roma’. Foto: Louis Goldman | Gamma-Rapho via Getty Images.

El documental de Anselma Dell’Olio nos vino como anillo al dedo para celebrar un siglo del nacimiento de Federico Fellini, el genio italiano que vino al mundo el 20 de enero de 1920. No se trata sin embargo de un repaso cualquiera a su vida y obra, sino que se centra en su profundo interés por el Más allá, tanto el de los tortuosos pasillos de la mente como aquel otro al que uno accede cuando muere, una pasión que quedó perfectamente plasmada en sus mejores películas. 

Hoy Fellini tendría 101 años, y lo cierto es que nos ha acompañado siempre. En un ataque de pánico protoerótico todos nos hemos visto, de pequeñitos, asfixiados por la opulenta estanquera de Amarcord (1973), aquella crítica a Italia que los italianos se tomaron como una oda. Pero, a medida que fuimos creciendo y convirtiéndonos en adultos, empezamos a apreciar las películas más abstractas y psicoanalíticas de Fellini, como Fellini 8 ½ (1963), su obra maestra. 

La no menos magistral La dolce vita (1960) es la que marca su ruptura definitiva con el Neorrealismo, adentrándose más y más en los pasillos de su mente en un proceso que llega a otra cúspide con Giuletta de los espíritus (1965), protagonizada por Giuletta Massina –la mujer de su vida–, de la que este documental parafrasea el título, para dar cuenta de que las sesiones de espiritismo del film también se daban en casa del cineasta, hasta que la cosa se salió de madre.

Estas tres películas son sin duda la cima del legado felliniano, sin que eso signifique por supuesto que el resto de su filmografía sea desdeñable. A estas alturas, nadie sería capaz de pensar semejante cosa. 

El féretro de Fellini

El documental de Dell’Olio –algo convencional en la forma, menos en el propósito–, que llegó a los cines y también puede verse en la Sala Virtual de Cine de A Contracorriente, arranca con una imagen turbadora: el ataúd de Fellini, afortunadamente cerrado, y expuesto al público para que pueda rendirle sus últimos respetos. Nos remontamos al 31 de octubre de 1993, cuando el maestro acababa de recibir, apenas unos meses atrás, el Oscar honorífico, tres años después de dirigir La voz de la luna (1993), su última película, protagonizada por Roberto Benigni. 

El féretro como punto de partida es toda una declaración de intenciones, por mucho que luego Fellini de los espíritus se desarrolle de manera prosaica, con la clásica y siempre algo cansina alternancia de clips de películas y bustos parlantes –entre los que se cuentan tan cinematográficos admiradores como como Terry Gilliam, William Friedkin o Damien Chazelle–. Pero si la forma es previsible, lo que sigue es una puerta abierta al Más Allá, por el que Fellini sintió una atracción digna de Jiménez del Oso. Nino Rota, sin ir más lejos, tenía una gran colección de libros de ocultismo.

El documental de Anselma Dell'Olio nos vino como anillo al dedo para celebrar un siglo del nacimiento de Federico Fellini, el genio italiano que vino al mundo el 20 de enero de 1920. No se trata sin embargo de un repaso cualquiera a su vida y obra, sino que se centra en su profundo interés por el Más allá, tanto el de los tortuosos pasillos de la mente como aquel otro al que uno accede cuando muere, una pasión que quedó perfectamente plasmada en sus mejores películas. 
Federico Fellini con su esposa Giulietta Masina en 1975. Foto: Santi Visalli | Getty Images.

Fellini era, en efecto, un apasionado del tarot, del mentado espiritismo y en definitiva de todo lo oculto. Aunque sus películas ya lo evidencian, el documental nos recuerda también su interés por el psicoanálisis, el determinante salto de Freud a Jung. Si, en plena depresión, pudo terminar La strada (1954) gracias a la ayuda de un psicoanalista freudiano, fue Jung el que le abrió la puerta del misterio y le invitó a traspasarla. Fellini leyó profusamente a Jung, a veces sin entender nada, y se dejó guiar por el psicoanalista jungiano Ernst Bernhard, que vivía en Roma. 

En el documental de Dell’Ollio, que ya había glosado la vida y obra de Marco Ferreri, se incluye una divertida aparición de Benigni en la que explica, a su manera, la diferencia entre Freud y Jung. El cómico nos dice algo así como que a Freud le gustaba etiquetarlo todo, explicarlo todo, en busca de un cierto rigor científico, mientras que Jung “te lleva al borde del abismo, y te dice: mira”. 

Entre el espiritismo y la espiritualidad

Al encuentro determinante con Bernhard se sumará el del mentalista turinés Gustavo Rol, más o menos en la época de Fellini 8 ½. Pero sus múltiples exploraciones de los abismos del Más Allá, que le llevarían a experimentar con el LSD –una experiencia palpable en Giulietta de los espíritus, su primera película en color(-es)–, no impidieron que dejara de considerarse nunca católico (como si un italiano pudiera no serlo), pese a que con La dolce vita casi le excomulgan y que no tenía reparos en jugar con la iconografía católica y en llevarla a su terreno. 

El documental de Anselma Dell'Olio nos vino como anillo al dedo para celebrar un siglo del nacimiento de Federico Fellini, el genio italiano que vino al mundo el 20 de enero de 1920. No se trata sin embargo de un repaso cualquiera a su vida y obra, sino que se centra en su profundo interés por el Más allá, tanto el de los tortuosos pasillos de la mente como aquel otro al que uno accede cuando muere, una pasión que quedó perfectamente plasmada en sus mejores películas. 
La Dolce Vita.

Aquella película que se abría con la llegada a Roma de un Sagrado Corazón colgado de un helicóptero causó, como es sabido, un escándalo mayúsculo, que se tradujo con un éxito descomunal. Pero, como bien señaló en su día Pasolini, era una película tan católica como lo habían sido las de los años 50. Para la directora de este documental que funciona como una generosa nota al pie, la fe del cineasta queda explicitada en el obispo de Fellini 8 ½, que no deja de musitar como una letanía “Fuera de la Iglesia, nadie se salvará”. 

Fellini era un católico, es decir un hombre con remordimientos, pero nunca renunció a sus sueños, que dibujaba en su famoso Libro de los sueños, de donde salieron tantas ideas para sus películas.

A menudo recordado como un espejo deformante de esa Italia empequeñecida por la televisión (la sociedad es del tamaño de sus pantallas), a la que devolvía un reflejo grotesco que gustaba, el de Rimini fue sobre todo un explorador del abismo, uno de esos genios que han demostrado que el cine no es un señor mayor que se te sienta al lado de la cama para contarte un cuento, con su planteamiento, su nudo y su desenlace, sino que va más allá, y que se plantea en términos visuales que no necesitan explicación. El triunfo de la imaginación sobre la vida. El arte por encima del corsé de lo cotidiano. El cine, en definitiva, no hay otra palabra. 

Estreno: Ya en cines y en Sala Virtual.

a.
Ahora en portada