Por qué Denis Villeneuve puede acabar con la maldición de ‘Dune’

Llega ‘Dune’, la versión Villeneuve del clásico de Frank Herbert; aunque todavía no se sabe si esta nueva saga galáctica alcanzará la continuidad deseada

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.

Este viernes se estrena ‘Dune’. Foto Warner Bros

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.

Y el gran interrogante, ahora mismo, es si el cineasta canadiense Denis Villeneuve (Québec, 1967) logrará romper con la maldición cinematográfica de Dune, y asentar los cimientos de una próspera franquicia.

Hablemos de la maldición

Según afirma Quim Casas en su libro sobre David Lynch, el primero en adquirir los derechos de l best seller de Frank Herbert, publicado en 1965, fue Franklin J. Schaffner, director de El Planeta de los Simios (1968).

Esa adaptación de la novela de Pierre Boulle dio para secuelas, serie de televisión y una línea de muñecos articulados marca Mego que causó furor en los 70’s.

Pero nunca sabremos a qué se hubiera parecido su Dune, porque falleció a los 69 años, antes siquiera de empezar a acariciar el proyecto.

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.
Villeneuve hace una relectura de la saga de Frank Herbert. Foto Warner Bros

Bien es sabido que Dune fue luego a parar a las manos de Alejandro Jodorowsky, psicomago, guionista de cómics y discutido genio del cine, autor de películas como El Topo (1970) o La montaña sagrada (1973), que no por nada se suelen asociar con el consumo de LSD.

Alejandro Jodorowsky soñó con hacer ‘Dune’ en donde Salvador Dalí habría sido el emperador Padishah

El chileno tuvo ocasión de acariciar el proyecto durante casi un lustro. Tal y como deja entrever el documental Jodorowsky’s Dune (Frank Pavich, 2013), pintaba impresionante –Salvador Dalí tenía que ser el emperador–, aunque finalmente los productores se echaron atrás, asustados por una desmesura desconectada hasta de la desmesurada realidad de Hollywood.

Por ironías del destino, tras pasar por las manos de Ridley Scott, el proyecto acabó convertido en la tercera película de David Lynch, el rarito oficial del mainstream, con resultados más que discutidos: la película no gustó a nadie, ni siquiera a su director a resultas del tira y afloja con el productor Dino de Laurentiis, a través de la hija de este, Raffaella, que se había hecho cargo de la película.

Masacrada por público y crítica, el Dune de Lynch, revisable en Filmin, tiene su qué, entre la genialidad y el despropósito, aunque quizás mejora con gafas de distancia irónica.  

El ‘Dune’ de Villeneuve

Dune también ha inspirado videojuegos y series de televisión, pero este artículo no pretende ser  exhaustivo, sino un mero precalentamiento a su ineludible visionado en pantalla grande, con el fin último de interrogarnos sobre el futuro de esta balbuceante saga para la que hay material de sobras.

De hecho Villeneuve ni siquiera ha adaptado la novela en su totalidad, amén de que quedan las cinco secuelas publicadas por Herbert, así como las precuelas coescritas por su hijo, Brian Herbert, que tal vez podrían aprovecharse a modo de flashbacks, o qué sé yo.

La presencia en el reparto de Oscar Isaac y Jason Momoa invita a comparar la nueva Dune, más que con sus predecesoras, con dos sagas de éxito, entre la ciencia-ficción y la más pura fantasía, como Star Wars, a la que Isaac se sumó como piloto (que cultivaba una amistad “especial” con el personaje de John Boyega), o la serie Juego de Tronos, en la que Momoa era el guerrero Khal Drogo.

El propio Villeneuve ya se encargó de anunciar su Dune 1 como un “Star Wars para adultos”, aunque no está claro si se refiere a los adultos que miran HBO.

En Dune, el siempre extraordinario Isaac ha subido de categoría, y dirige la casa Atreides, mientras que el hawaiano sigue guerreando y ahora también pilota helicópteros-libélula y naves de mayor envergadura.

La cuestión, sin embargo, es que Dune está lejos, muy, muy lejos de la orgía de sexo y violencia de la serie de HBO. Tampoco es que la novela de Herbert destacara por eso, al contrario que las de George R.R. Martin, pero el contraste es significativo.

Si Dune es una producción Warner, también podría pasar por Disney. Si Lynch apostó por la escatología, aquí la impresión es de una pulcritud casi clínica, aunque se escapen algunos escupitajos, que no podían dejar de estar en el guion, porque los fremen y su líder (Javier Bardem), ya se sabe, saludan echando esputo.

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.
Sí, habrá gigantescos gusanos de arena. Foto Warner Bros

El mainstream adulto

Como también es harto sabido, el triunfo de las series –otra maldición–, se debe en gran parte a que el público mainstream, es decir no particularmente interesado por el cine, que entiende como entretenimiento (hasta el punto de no leer críticas, y de guiarse, consciente o inconscientemente, sólo por la publicidad), quedó huérfano de grandes producciones comerciales aderezadas con las requeridas dosis de sexo, violencia, incorrección política y diálogos ingeniosos, que las siglas HBO saben espolvorear con precisión de laboratorio clandestino.

La versión de Villeneuve de ‘Dune’ es de una pulcritud casi clínica, lejos de la escatología de Lynch

Luego no podemos saber hasta qué punto ese público adulto va a responder a la llamada de una película, donde la tensión entre Paul Atreides y Chani, encarnados por dos iconos como Timothée Chalamet y Zendaya, no pasa prácticamente de miradas intensitas, pues apenas si llegan a juntar labios, y todo queda en románticas ensoñaciones que prefiguran un futuro mesiánico.

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.
Javier Bardem encarna a Stilgar. Foto Warner Bros

Y eso que a ella la hemos visto intimando con Hunter Schafer en Euphoria (HBO), y ya sabemos lo que Chalamet es capaz de hacerle a un melocotón, por no hablar de tocar ciruelo en aquella película sobre la adolescencia para un público adulto medianamente mainstream.

En Venecia, donde el Dune de Villeneuve provocó más de un stendhalazo ya hubo algunas voces, como la del crítico Alejandro G. Calvo, en su enésimo video viral, que protestó por lo recatado de la violencia, ya no digamos del no sexo, cosa que reafirmamos, llegando a la inevitable conclusión de que no se trata de una película para los espectadores de HBO.

En vez de sudor y sangre, van a tener un recital de belleza grandilocuente, exaltada por un Hans Zimmer positivamente desatado, que representa la culminación del estilo de Denis Villeneuve en muchos sentidos. 

El estilo Villeneuve

Dune es La llegada (2016) a lo grande, sin la presencia de la adorada Amy Adams, ni el Lost in Translation con los extraterrestres que relataba la novela de Ted Chiang, hasta el punto de que incluso sorprende que no se trate del mismo director de fotografía.

Las arenas del desierto de Arrakis también evocan a las de Blade Runner 2049, la secuela de Villeneuve para el clásico de Ridley Scott

En lugar de Bradford Young, tenemos aquí a Greig Fraser (también responsable de Rogue One y de algunos episodios de The Mandalorian), pero la grisácea elegancia de ambas películas nos recuerdan que han sido pensadas por el mismo diseñador de producción, Patrice Vermette, colaborador también en las muy distintas Prisioneros (2013), Enemy (2013) y Sicario (2015).

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.
Arrakis, el planeta de arena. Foto Warner Bros

Las arenas del desierto de Arrakis también evocan a las de Blade Runner 2049 (2017), la secuela de Villeneuve para el clásico de Ridley Scott, así como a las de Lawrence de Arabia, una de las inspiraciones de Herbert, aunque la referencia a la yihad queda hoy más rara que nunca.

El problema de Dune es que, en su apuesta por la solemnidad, carece del nervio de Prisioneros, la primera película Made in Hollywood de Villeneuve, un contundente thriller de niños secuestrados que conectaba con la angustia de Polytechnique (2009), la película que le puso en el mapa mundial del circuito festivalero.

Dune es una culminación más sinfónica que operística, por aquello de que la sangre no llega al río, un espectáculo acaso demasiado pulcro, alejadísimo de la lisérgica lynchiana, personificada por aquel barón interpretado por Kenneth McMillan, cuyo cuerpo y rostro había sido conquistado por toda clase de pústulas, ampollas y erupciones cutáneas de todos los colores.

Bajo la piel de Stellan Skarsgård, el nuevo barón se acerca más al coronel Kurtz, y la elegancia prima, una vez más, sobre lo desagradable, a pesar de que seguimos en una película de gusanos gigantes, que son como un cruce de Sarlaac, en El retorno del Jedi, y la babosa descomunal de El imperio contraataca.

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.
La exitosa Zendaya encarna a Chani. Foto Warner Bros

Una nueva sala galáctica

Si bien Dune se guarda muy bien de ser tan licenciosa y sanguinolenta como Juego de Tronos, a la que se asemeja por esos ecos de fantasía medievaloide que aquí enfrentan a las casas de Atreides y Harkonnen, tampoco es, como bien subrayaba Villeneuve, para el público más imberbe, por mucho que aparezca un ratón del desierto que hubiera podido ser el peluche de las próximas Navidades y acabar colgando distraídamente del retrovisor del coche.

De hecho, ha sido calificada PG-13 en USA, aunque la cosa varía según los países: en Francia es para todos los públicos, mientras que aquí no se recomienda para menores de 12 años.

Está por ver si más allá de juntar a los fans de Timothée y Zendaya con los freaks del fantástico de la ciencia-ficción, se llega al público necesario, en cines y luego en HBO Max, que permitan no sólo amortizar los 160 millones de euros de Dune 1, sino facturar lo suficiente para asegurar la continuidad de la saga.

Igual que hace algunas semanas hablábamos de Fernando Fernán-Gómez como un cineasta maldito, ya que, por distintos motivos, casi nadie fue a ver sus mejores películas; podemos hablar hoy de Dune como si fuera la maldición de Superman.
¿La nueva ‘Dune’ creará una saga de ciencia ficción?. Foto Warner Bros

Eso sería algo por lo que estaríamos totalmente a favor, por mucho que la experiencia se disfruta mucho más en el durante que en el después, ya que el poso que deja no es demasiado abundante, más allá del obvio mensaje ecológico: Arrakis se ha convertido en un desierto, porque la aridez es el clima idóneo para producir la especie con la que carburan todas las naves de la galaxia. 

Tampoco es Lawrence de Arabia, David Lean puso toda la carne en el asador en un monumento de más de casi cuatro horas servido de una vez por todas, mientras que Villeneuve al jugar a dejarnos con las ganas también nos deja un poquito a medias, imaginando cómo será esa segunda entrega que todavía está en el aire, a pesar de que ha sido anunciada como inevitable, aunque sin fecha.

a.
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