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‘Blanco en blanco’, el primer western sobre el genocidio en Tierra del Fuego

El chileno Théo Court, que se declara fan de John Ford, nos cuenta su viaje a la tierra de los desaparecidos selknam, exterminados a principios del siglo XX

Un fotógrafo obsesionado con las ninfas, al que da vida el gran Alfredo Castro, es llamado al extremo sur del continente suramericano para fotografiar a la preadolescente prometida por carta a un gran latifundista. A través de su mirada alucinada intuimos un proceso de colonización que significó el fin para 5.000 nativos de la Isla Grande. No quedó ni uno. Mucho se habla del genocidio indio en Estados Unidos, y muy poco de el de Tierra del Fuego

La primera película de Théo Court, también hablaba, ya desde el título –Ocaso (2010)–, del fin de algo. “Sí”, admite el director, con el que nos entrevistamos en el Festival de Gijón, “hablaba de los últimos momentos de una casa de latifundistas, antes de la llegada de los nuevos dueños. Los últimos tiempos de una forma de habitar las cosas. Era una película más minimal, más gestual, aunque se parece a esta en cuanto al sentido de lo pictórico y a la sensualidad de la atmósfera”. 

Ocaso, como ocurre a menudo con las propuestas más exigentes, no llegó a estrenarse en nuestro país, pero podemos celebrar la reapertura de los cines catalanes con Blanco en blanco, una película particularísima, tan fascinante en su forma como interesante en el fondo. 

Alfredo Castro, el fetiche de Larraín

El actor chileno de 64 años es de sobras conocido por la cinefilia gracias a su colaboraciones con Pablo Larraín en películas como Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) o El Club (2015). Court reconoce que su presencia estelar fue clave para levantar el singular proyecto, que cuenta con un 80% de participación española en la producción, a cargo de la productora El Viaje Films, de José Ángel Alayón, que también ha dirigido la fotografía de Blanco en blanco.

“Sí, está claro que tener a Alfredo Castro fue de gran ayuda. Pero también es un actor muy contenido, que trabaja muy bien el rostro y maneja muy bien la mirada”. El halo siempre algo siniestro de Castro envuelve la turbia moral de un fotógrafo, que coloca a la novia, de apenas 11 años, que ha venido a retratar en poses lolitescas, cual David Hamilton avant la lettre. 

Court se ríe con la ocurrencia de Hamilton, que pasó de dominar la sección de pósters de El Corte Inglés en los 70 a quitarse la vida en 2016 tras ser acusado de abusos. “Aunque yo pensé más bien en Lewis Carroll, y en todas esas fotos demasiado sugerentes que le hizo a Alicia. Me gustó añadirle eso a la historia, el arco dramático de un personaje cuya moral está al servicio de su arte. Por un lado la obsesión con la belleza, y por el otro el maquillaje de la muerte. Y luego, claro, también me interesaba el símil con el cineasta, en cómo nosotros también representamos, y nos olvidamos de que estamos filmando a personas porque estamos tratando de conseguir algo”. 

Alfredo Castro da vida al fotógrafo a través de cuya visión se refleja el exterminio de los selkman.

Una odisea digna de Werner Herzog

Alfredo Castro se entregó al proyecto, y a sus 64 años sufrió estoicamente las inclemencias del invierno de Tierra del Fuego. Rodar en la Isla Grande tiene algo de los épicos rodajes del director de Aguirre o Fitzcarraldo. En versión más de bolsillo, pero sigue siendo una aventura. 

“Sí, ya es complicado llegar a Tierra del Fuego, pero nos metimos 300 kilómetros más al sur. Éramos un equipo de 45 personas, una semana en barco para llevarlo todo. El equipo, los muebles, toda clase de cosas, porque ahí no hay nada, sobre todo en la parte chilena de la isla, que tiene otra parte que es argentina. No hay hoteles, casi no hay gente, no hay nada. Se quedó todo como estaba entre 1930 y 1940. Estuve un mes, las dos primeras semanas con Alayón para la preproducción, y luego dos semanas de rodaje. La parte final, como había mucho dinero canario, la rodamos en el Teide, que es un paisaje muy de western”, explica Court. 

Una colonización de lo más sangrienta

En el origen de esta película protagonizada por un fotógrafo hay, claro, una imagen: “una de Julius Popper, un rumano que fue uno de los primeros colonizadores de la zona, y solía fotografiar sus matanzas. Primero mataba, luego escenificaba la matanza y la inmortalizaba con una foto que acababa enseñando a todo el mundo como si fueran actos heroicos. Me interesó mucho desde el punto de vista de la representación y de la tergiversación de la Historia”. 

La colonización significó el fin para 5.000 nativos de la Isla Grande.

A partir de ahí, Court empezó a investigar todo lo que encontró sobre la desaparición de los selknam, una tribu ya completamente extinguida: “En apenas quince años, acabaron con todos. Los nativos no sabían nada de la propiedad privada y mataban ovejas, perjudicando a los colonos. Había tantas ovejas que Tierra del Fuego se convirtió en una de las industrias textiles más importantes del mundo. Así que los latifundistas, que habían adquirido sus tierras gracias a concesiones del gobierno, como en Estados Unidos, pagaban una libra esterlina por cada oreja que le traían los mercenarios”. 

Y luego estaban los salesianos, primordialmente italianos: “Compraban a los selknam a su vez por una libra esterlina para que no los mataran, y los ponían a trabajar a su servicio, creando una suerte de campos de concentración donde los nativos, despojados de sus pieles, morían de pulmonía. Se lucraron tanto con esto que el Vaticano tuvo que intervenir. Uno de esos salesianos filmó un documental muy bello en 1915, y luego está el de la antropóloga Anne Chapman, que en 1964 entrevistó a la última de los onaso selknam, que quedaba viva”. 

El primer western revisionista en Chile

En los 70, se dieron un montón de westerns americanos que le dieron la vuelta a la Historia, y a su mitología, evidenciando que la conquista del Oeste había sido una masacre. La de los indios. Pero en el caso de Chile…. “Ni el gobierno de Chile, ni el de Argentina han reconocido nunca el genocidio. Tampoco han habido películas chilenas. Sólo una, que no me gustó nada: Tierra del fuego (2000), de Miguel Littín, con Ornella Mutti Jorge Perugorría. Era muy de cartón piedra, y el guion también era muy malo por mucho que lo firmara Tonino Guerra”. Era la historia de Julius Popper. 

En apenas 15 años los colonos acabaron con todos los nativos de Isla Grande. No quedó ni uno.

“Luego como documentales han habido cosas mejores, como El botón de nácar (2015), de Patricio Guzmán, en donde se menciona el tema. Pero sí, podría decirse que Blanco en blanco es el primer western revisionista chileno”. Un western en el que los indios, es decir los selknam, aparecen tangencialmente –algunas mujeres, no pocos cadáveres–. “Soy hijo de la colonización, y no conozco suficientemente el tema para ponerme del lado de los indios, no sabría representarlo. Tendría que renunciar a una cierta profundidad, y quedaría como algo exótico”. 

Hay una aparición, sin embargo, como la moto roja de Caballo dinero (Pedro Costa, 2014) o el tigre de Tropical Malady (Apichatpong Weerasethakul, 2004), que no se olvida. “Es una aparición que espanta al personaje de Alfredo, que no sabe si lo que ve es real o sobrenatural. Se trata de un ritual de iniciación de los selknam, que a los 15 años se disfrazaban de espectros para asustar a las mujeres e imponer el patriarcado”, explica Court. ¿Qué curioso, no?, le comento para acabar, dos sociedades tan distintas y tan opuestas como la de los selknam y la de los colonos, pero marcadas a fuego por el patriarcado y todas sus consecuencias.

a.
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