Almodóvar, ‘La voz humana’ y el futuro del cine

Casi un siglo después de que Cocteau institucionalizara el teléfono como ‘instrumento de tortura’, Almodóvar le da otra vuelta a aquel universal despecho

¿Quién no ha esperado horas, días, acaso semanas, una llamada que no llegaba? La voz humana, el célebre texto de Jean Cocteau sobre el desgarro telefónico, cobra nueva vida en estos 30 minutos dirigidos por Pedro Almodóvar y protagonizados por la gran Tilda Swinton que llegan a los cines a un precio proporcionalmente reducido. Todo para contribuir a la ansiada repoblación de las salas oscuras. 

Escrita unos años antes, la primera representación de La voz humana tuvo lugar en 1930, en la Comédie Française, con la actriz Berthe Bovy sentada en una chaise longue de Le Corbusier, sola en la escena. Hasta que, por fin, después de lo que se intuía como una larga espera, sonaba el ansiado ring ring. Así arrancaba un diálogo memorable, que se queda en monólogo, ya que nunca alcanzaremos a escuchar las réplicas masculinas. 

Y así se ha mantenido en esencia la pieza de Cocteau, adaptada en infinitas ocasiones a lo largo de estos 90 años hasta llegar al corto de Almodóvar, su primer trabajo en inglés, rodado justo después del confinamiento y presentado en la pasada Mostra de Venecia ante los aplausos de la crítica internacional. 

Bajo la influencia de Rossellini

No parece casual que fuese precisamente Roberto Rossellini, padre del cine moderno, quien llevara a la gran pantalla La voz humana, presentada como primera parte de un díptico titulado El amor estrenado en 1948, que puede verse en Filmin. 

En El amor es la gran Anna Magnani la que se desgañita acariciando y descolgando -para comprobar el estado de la línea- el diabólico teléfono, antes de recibir la llamada de despedida de su amante, al que escucha sumisa, saboreando con delectación masoquista esas últimas palabras sobre cartas a devolver y maletas que venir a buscar.

No sólo se trató de la última película que Rossellini y la que fuera su amante rodaron juntos, sino que Ingrid Bergman, que la sustituyó en el corazón del realizador, también acabó recitando, eso sí, muchos años después de la ruptura, su propia versión del monólogo de Cocteau, en este caso para un telefilme dirigido por Ted Kotcheff (sí, el director de Acorralado), que se emitió en 1966. Luego volvió a grabarlo para un disco. 

El teléfono rojo de Almodóvar

Como cualquier cinéfilo, Almodóvar adora a Rossellini y dejó particular constancia de ello en Los abrazos rotos (2009), película que no sólo se construye como un eco de Te querré siempre (1954) –el clásico con Bergman y George Sanders–, sino que la película dentro de la película que protagoniza Penélope Cruz, titulada Chicas y maletas, es una parodia de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), a su vez inspirada en La voz humana. 

La heroína ya no está conectada al aparato sino a esos auriculares inalámbricos que han convertido el mundo en un lugar lleno de locos que parecen estar hablando solos

La fijación de Almodóvar por el arrebatado monólogo de Cocteau ya quedaba patente en su película anterior, La ley del deseo (1987), en la que Carmen Maura encarna a la actriz transexual Tina, que se aferra sobre las tablas al teléfono de La voz humana en una representación que termina con una versión de Ne me quitte pas, interpretada por la brasileña Maysa. La voz humana en una representación que termina con una versión de Ne me quitte pas, interpretada por la brasileña Maysa. Ya saben, posiblemente la canción de ruptura más demoledora de la Historia. 

En Mujeres al borde de un ataque de nervios, Almodóvar traviste la historia de vodevil extravagante en el que, a los ingredientes clásicos como son la presencia de las maletas y la dependencia del aparato endemoniado (Maura espera la llamada de Fernando Guillén), se suman ya otros, como el fuego y el deseo de venganza (el gazpacho adulterado con somníferos), que cristalizan en esta nueva versión protagonizada por Swinton. 

Tilda Swinton protagoniza la versión almodovariana del célebre texto de texto de Jean Cocteau.

‘La voz humana’, de última generación

Sería imposible citar a todas las actrices que han interpretado La voz humana. Pero no podemos dejar de mencionar a la adorada Simone Signoret, otra gran sufridora, que grabó –sólo oralmente– el monólogo de un tirón en su propia casa de la Plaçe Dauphine, aferrada a su propio teléfono, para un premiado vinilo que sólo se publicó gracias a la insistencia de su pareja, Yves Montand.

Eso fue en 1964, pero en este fluido 2020, ¿quién mejor que la andrógina Tilda Swinton para encarnar a la mujer actual? En el corto, de hecho, está más Bowie que nunca, permitiéndonos soñarla, una vez más, como la protagonista de ese biopic imposible: ¿acaso Cate Blanchett no fue el mejor Bob Dylan de cuantos aparecen en aquel magistral I’m Not There? Pues ya sería hora que Swinton nos contara si hay vida en Marte. 

Lo que aporta esta nueva Voz humana es la salvaje afirmación del yo por encima de todo; la liberación femenina, el empoderamiento

Philipp Engel

A diferencia de sus muchas predecesoras, en los tiempos de Swinton la desesperación se ha hecho portátil: la tecnología móvil le ha permitido salir de su confinamiento emocional para pasear su desespero -y a su perro- hasta la ferretería del barrio en lo que (preceptivo cameo de Agustín Almodovar mediante) parece tanto un homenaje a la Isabelle Huppert de Elle (Paul Verhoeven, 2016) como una excusa para fabricar los títulos de crédito con herramientas de bricolaje. 

El plató como escenario

Al margen de esa salida con perro, todo transcurre en lo que parece algo así como la réplica teatral del piso de Dolor y gloria (2019), es decir la casa del propio cineasta, con algunos objetos recurrentes, como ese libro de Alice Munro. También aparece por ahí un deuvedé de Kill Bill, quizás un chiste demasiado fácil. 

Y, como decíamos, la heroína ya no está conectada al aparato -ha cortado el cordón umbilical de la angustia primordial–, sino que pasea su desamparo con esos auriculares inalámbricos que han convertido el mundo en un lugar lleno de locos que parecen estar hablando solos. Ya sabemos que los avances tecnológicos son siempre tramposos, que lo que se presenta como progreso y comodidad no es otra cosa que un paso más en el camino de la alienación. 

En cualquier caso, el monólogo vuelve a ser más o menos el mismo, con Tilda recordándonos simplemente que hace tiempo que ya no tiene que demostrar nada, acaso demasiado perfecta encarnando la angustia de la mujer despechada, que también podría ser un hombre, porque hace tiempo que los hombres también pasamos a esperar llamadas que no llegaban. 

Despecho y venganza

Lo que aporta esta nueva Voz humana, 30 años después del gazpacho dopado de Pepa, es unos cuantos grados más en el deseo de venganza. La salvaje afirmación del yo por encima de todo. La liberación femenina, el empoderamiento. El amor se acaba, pero Tilda no parece dispuesta a dejarse pisotear. 

Almodóvar se congratula de haber hecho un corto, cuando todo el mundo “sueña con hacer series”, y ha prometido otros dos, con los que este intuimos que podrá formar una suerte de trilogía. Quizás entre todos formen un largo. Sería los más deseable porque, después de la apoteósica Dolor y gloria, La voz humana tiene algo de pieza de puzzle. 

De los otros dos cortos prometidos, uno tendrá aires de western mientras que el otro nos llevará a un futuro distópico en el que han desaparecido las salas de cine. Esperemos que pueda acabarlo antes de que esa pesadilla se haga realidad y que todavía queden salas abiertas cuando se vaya a estrenar. Por lo pronto, toda munición es bien recibida, aunque aparente no ser más que un capricho imperial. 

Estreno: 21 de octubre

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