‘All Eyes Off Me’: sé millennial y no mires con quién

La nueva película de la israelí Hadas Ben Aroya ha sido la que más nos ha motivado del Atlàntida Film Festival, de Filmin, donde sigue hasta el 26 de agosto

Un lustro ha tardado en volver con la tan cautivadora como polémica All Eyes Off Me, que no protagoniza ella misma, sino amigas suyas del mismo ambiente hipster de Tel Aviv.

Elisheva Weil y Leib Levin en ‘All Eyes Off Me’

La jovencísima Hadas Ben Aroya, nacida en 1988, cautivó a la cinefilia hace ya casi cosa de un lustro cuando debutó con People that Are Not Me, una película protagonizada por ella misma, que fue la Mejor Película en el Festival D’a de Barcelona, y ganó el premio de la crítica en la Atlàntida de 2016, entre otros trofeos.

Un lustro ha tardado en volver con la tan cautivadora como polémica All Eyes Off Me, que no protagoniza ella misma, sino amigas suyas del mismo ambiente hipster de Tel Aviv.

En People That Are Not Me, la propia Hadas paseaba su malestar por los bulevares más icónicos de Tel Aviv, con unos enormes cascos rosas, en los que sonaba a todo trapo This is not a love song, el clásico de PIL, que no lograban aislarla de la realidad. Acababa de romper con su novio, y no lo llevaba nada bien. Iba de aquí para allá, de un chico a otro, llamando constantemente a su ex. Sexo casual y conducta disoluta, el clásico estrés post ruptura, ya sabemos de qué se trata.

Un lustro ha tardado en volver con la tan cautivadora como polémica All Eyes Off Me, que no protagoniza ella misma, sino amigas suyas del mismo ambiente hipster de Tel Aviv.
Hadas Ben Aroya en ‘People That Are Not Me’.

Este no es un cuento de Hadas

En All Eyes Off Me ya no vemos el rostro de la Ben Aroya a punto de romper a llorar en el emblemático cruce de la King George con Dizengoff, pero las historias que arrastran Danny (Hadar Katz) o Avishag (Elisheva Veil) también podría haberlas protagonizado ella misma, o Joy, su alter ego en la ficción de People That Are Not Me.

«Ben Aroya vuelve a ser crítica, más bien autocrítica, con su generación: la felicidad no está en Instagram, bajo el brillo engañoso de la fotogenia se esconde el vacío existencial de toda la vida»

Philipp Engel

Danny se mete en una fiesta repartida por las distintas habitaciones de un laberíntico local, con la cámara pegada al cogote en una inmersión bastante fascinante que nos trae vagamente a la cabeza la de Millennium mambo (Hou Hsiao-hsien, 2001). Pronto sabremos que está embarazada, y que ha venido a la fiesta para poner al padre, un amigo, al corriente del asunto. Este, sin embargo, está por otros menesteres. Y no pasa nada, aparentemente, que estamos en ‘Mundo Millennial’.

Pero sí que pasa. Como Joy en el pasado, no lo lleva nada bien. Obviamente, se trata de su cuerpo, y cualquiera que sea su decisión nunca dejará de ser trascendente. Es bastante admirable cómo la cineasta nos relata su viaje a través del tubo de la fiesta, donde acaba por sentirse vulnerable y por certificarse a sí misma que tiene que cuidarse, porque nadie lo hará por ella.

Como en People that are Not Me, Ben Aroya vuelve a ser crítica, más bien autocrítica, con su generación: la felicidad no está en Instagram, bajo el brillo engañoso de la fotogenia se esconde el vacío existencial de toda la vida.

Un lustro ha tardado en volver con la tan cautivadora como polémica All Eyes Off Me, que no protagoniza ella misma, sino amigas suyas del mismo ambiente hipster de Tel Aviv.
Hadar Katz en ‘All Eyes Off Me’.

I Wanna Be Your Dog

Y luego está Avishag, la paseadora de perros, que frente a la simpática androginia de Danny ostenta una belleza digamos que más clásica, rolliza y atemporal. Su novio es aquí el que quiere hacer gala de cierta fluidez, no del todo asimilada, pues anda un poco demasiado obsesionado con las mujeres trans. Ella tiene otro tipo de fantasías, pongamos que un poco más violentas, que dejan de resultar satisfactorias cuando terminan por materializarse.

Aunque Avishag y su novio mantienen una relación tan abierta y sincera, en la que se lo cuentan todo y están tan atentos a cómo se siente el otro en cada segundo, terminan por no comunicarse, o a no entenderse del todo. La incomunicabiltà de antaño, cuando entre hombres y mujeres mediaba un abismo y andaban erráticos por los descampados del desarrollismo, sigue estando a la orden del día en el mundo de las redes sociales y de la conexión 24/7.

«A pesar de la sinceridad y de la libertad totales, los seres humanos pueden estar a galaxias de distancia por mucho que pasen mucho tiempo en la cama juntos»

Philipp Engel

A pesar de la sinceridad y de la libertad totales, los seres humanos pueden estar a galaxias de distancia por mucho que pasen mucho tiempo en la cama juntos, como explica muy gráficamente esta película.

Lo que está claro es que, por muy maravilloso que sea que el ser humano avance y sea cada vez más abierto en su búsqueda de la diversidad, que es el único sinónimo de riqueza, no por ello dejará de lidiar con ese humano sentimiento de insatisfacción que lo perseguirá siempre.

La foto del hombre jubilado

Hace unos días, quizás semanas, causó no poco revuelo en Twitter (una red que normalmente, ya lo saben, es un remanso de paz) la foto de un hombre mayor, de pie en la playa, y creo recordar que vestido, mirando ostensiblemente el cuerpo de una mujer tomando el sol semidesnuda, como cualquiera. El clásico mirón, regalándose la vista. Una cosa muy desagradable, a nadie le gusta sentir una mirada tan lasciva como indeseada recorriendo cada centímetro de su piel.

La polémica vino de que alguien le definió como “un jubilado”, mientras que otr@s se indignaron argumentando, es un decir, que se trataba de “un hombre”, y que la edad no tenía nada que ver con el asunto. Reconozco que, en un primer momento, acaso sintiéndome atacado en mi condición masculina, pensé que la edad sí que tenía que ver con el asunto, que si uno es viejo, feo, tonto, pobre, y por algún milagro de la naturaleza conserva el vigor de la adolescencia, tiene más posibilidades de incurrir en tan patético comportamiento que “un hombre” que sea, digamos, todo lo contrario: joven, apuesto, interesante, etcétera.

«En la era virtual hacer ‘match’ en el mundo real sigue siendo tan mágico como antaño, y los caminos del amor continúan igual de inescrutables»

Philipp Engel

Ya no pensé más en el hombre, jubilado o no, de la foto de Twitter hasta que llegué al epifánico desenlace de la segunda película de Hadas Ben Aroya. Ojo que aquí me dispongo a revelarlo. Si les va la vida en ello, mejor ven la película, que no sólo está bien sino que además es breve (y lo breve…), y luego ya siguen leyendo.

Pues ahí va: la bella Avishag se acaba liando con el afable propietario de uno de los perros que pasea, un hombre ya mayor, entre 50 y 60, que parece Donald Pleasence hinchado de antidepresivos. Ni él mismo se lo cree.

Estar tranquilamente, el uno junto al otro, mirando el techo

Después de explorar fantasías sexuales supuestamente sofisticadas, Avishag acaba encontrando algo parecido al amor, o a la paz, aunque sea por unos instantes, o unos días (quizás incluso semanas), simplemente mirando el techo al lado de un señor mayor, objetivamente feo y muy barrigón, al menos que quisiéramos hablar de belleza no normativa.

Un lustro ha tardado en volver con la tan cautivadora como polémica All Eyes Off Me, que no protagoniza ella misma, sino amigas suyas del mismo ambiente hipster de Tel Aviv.
Elisheva Weil en ‘All Eyes Off Me’.

Hay que decir que no tiene un pelo de tonto –está completamente calvo–, va equipado con un alma sensible (es cantante melódico) y dispone de una casa de persona acomodada con piscina que no está nada mal. Sólo se parece al de la playa en que es hombre, mayor y poco agraciado.

La imagen de la bella Avishag (repito la bella Avishag a propósito) estirada junto al orondo y calvo Dror, que así se llama el señor mayor, no deja de resultar sorprendente. Impactante, incluso. Le impacta incluso hasta la propia directora de la película, que según ha declarado no ha querido ser provocadora.

Y desmiente cualquier conclusión a la que pudiera haber llegado después de leer el tuit aquel: en la era de la diversidad, las jóvenes poliamorosas también pueden encontrar satisfacción al lado del señor mayor, tímido y alopécico, y eso también está bien, como todo lo demás, siempre y cuando no se haga daño a nadie.

La cosa también podría ser que conectar con alguien, ya sea hombre o mujer, viejo o joven, sigue siendo más complicado que un simple match con alguien a quien también le gusta la naturaleza, viajar y los animales de compañía. En la era virtual hacer match en el mundo real sigue siendo tan mágico como antaño, y los caminos del amor continúan igual de inescrutables, a pesar de todas las innovaciones. En cualquier caso es un final intrigante, abierto a varias interpretaciones. Y probablemente es lo mejor que verás este año en la Atlàndida Film Festival.

a.
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