«Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita»

El último documental de Ramon Vilaró recupera la relación entre el “inventor" de El Floridita y del cóctel Daiquirí, Constante Ribalaigua y su cliente de “leyenda" Ernest Hemingway

El documental Constante y el Floridita de Hemingway de Ramon Vilaró —que competirá en el 23 Festival de Cine de Málaga y se podrá ver el domingo 23— es un trabajo de investigación en el que el periodista catalán se sumerge en la apasionante historia del célebre coctelero Constantí Ribalaigua i Vert (Lloret de Mar, 1888-La Habana, 1952).

Éste emigró a Cuba a principios del siglo XIX, alcanzando fama mundial como propietario del ‘Floridita’. Se trata de la fascinante historia de uno de los cocteleros más influyentes de la historia, a pesar del olvido en el que yace su figura fuera del mundo de la mixología.

Constantí fue autor de más de 200 fórmulas, entre ellas cuatro de los más grandes cócteles cubanos. También reinventó el Daiquirí en La Habana, para satisfacer la insaciable sed de su asiduo cliente y amigo de 20 años, Ernest Hemingway, quien  lo bautizaría como El rey del Daiquiri

En la década de 1930, dos hombres —uno a cado lado de la barra— construyeron gota a gota la leyenda del Daiquirí, que el documental de Vilaró se encarga de reconstruir.

Érase una vez un barman que inspira literatura

El documental empieza con la referencia que el escritor norteamericano —premio Nobel de literatura del 1954— hace de Ribalaigua. El largometraje recita un fragmento de Islas en el Golfo, publicado por Alianza Editorial en 1972. En él,  Thomas Hudson (el alter ego de Hemingway) se deja caer por el Floridita: “Había bebido daiquiris dobles helados, los grandiosos daiquiris que preparaba Constante. No tenían sabor de alcohol y producían la misma sensación al beberlos que la de esquiar barranco abajo por un glaciar cubierto de nieve en polvo. Después de haber tomado el sexto o el octavo, daba la sensación de esquiar barranco abajo por un glaciar cuando se va sin cuerda”.

Constantí fue autor de más de 200 fórmulas, entre ellas cuatro de los más grandes cócteles cubanos

El protagonista del documental, Constantí (Constante para los cubanos) —cuando era aún un adolescente—, se fue a hacer las Américas poco después de la independencia de Cuba. En La Habana acabó triunfando, como barman (cantinero) en El Floridita, local que hizo suyo convirtiéndolo en un referente de leyenda de la mano de su mejor cliente y amigo el escritor Ernest Hemingway. 

Floridita. Infografía: Jordi Català.

Vilaró, que es guionista y también director de esta cinta, recuerda que Ribalaigua se hizo internacional “gracias a tener de cliente al señor Hemingway (el escritor norteamericano Ernest Hemingway) durante 22 años, y no le quiero sacar mérito”. 

El documental fue rodado en Lloret, La Habana y diversas localidades de Cuba e incluye las aportaciones del historiador y escritor Ciro Bianchi, que ofrece una historia de este local y habla, en especial, de Constantí Ribalaigua —que se haría famoso como propietario del Floridita—. En el legendario local, perfeccionaría el Daiquiri y el «Big Constante» o “Constante». De esta manera lo llamaba su amigo Ernest Hemingway, uno de sus clientes más habituales y quién lo bautizaría como el rey del Daiquiri, dedicándole varias páginas de su novela Islas del Golfo.

Cuna del daiquirí y uno de los siete bares más famosos del mundo

En el 1817, se fundó una taberna en la esquina de Obispo y Monserrate, El bodegón La Piña de Plata, junto a una de las puertas de la muralla que entre 1797 y 1863 rodeaba y protegía “la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana”.

Este local iba a sobrevivir durante doscientos años, hasta hoy. Al debutar el siglo XIX, por las polvorientas calles de la Habana amurallada, se paseaban comerciantes y terratenientes españoles con trajes afrancesados y sombreros de copa alta. Mientras, mujeres adornadas con delicados vestidos escotados se abanicaban para amortiguar el calor.

Cartel original del local El Floridita. Foto: El Floridita

Fue en la intervención militar de Estados Unidos en 1898, que los buenos catadores norteamericanos y sus cantineros importaron para esa antigua bodega bebidas más actuales. Después de 1902, cuando nace la República de Cuba, La Piña de Plata se convierte en El Florida. Con el tiempo, pasa a ser Floridita “por dejarse querer”, como decía Fernando G. Campoamor, historiador del ron. Aunque la razón fue más prosaica, pues había otro bar famoso con el mismo nombre y en la misma calle (Obispo). Se trataba del hotel Florida, por lo que los clientes necesitaban diferenciarlos. 

El Floridita fue propiedad de los Ribalaigua desde 1918, hasta que pasó a pertenecer al Estado cubano al triunfar la Revolución de 1959 —siete años después de la muerte de Constante—. La familia emigró a Estados Unidos, donde actualmente reside su hijo Jorge.

En dos siglos de vida, por sus paredes han pasado miles personajes de la cultura, la política, el arte, el cine, la literatura y la vida social (cubanos o no) que han podido disfrutar de su legendaria coctelería y de la exquisitez de sus platos. “Un estudio hecho para Un brindis para La Habana constata que, en el 1956, el centro de La Habana tenía nada menos que 756 bares», explica José Rafa Malem en el documental. El Floridita es uno de los más importantes. De hecho, era considerado en 1953 uno de los siete bares más famosos del mundo según la revista norteamericana Esquire

El Floridita en los años cincuenta. Foto: El Floridita

Actualmente, el local sigue anclado en el tiempo con la misma barra de siempre, interiorismo estilo Regency británico. Tiene las paredes decoradas con murales de la histórica ciudad y una gran parte del mobiliario original de principios del siglo XX.

En dos siglos de vida, por las paredes del Floridita han pasado miles personajes de la cultura, la política, el arte, el cine, la literatura y la vida social (cubanos o no) que han podido disfrutar de su legendaria coctelería y de la exquisitez de sus platos

El ambiente de El Floridita es tranquilo y cálido, con un letrero de neón en 3D invita a entrar y sentarse en la barra. Junto a él, hay una estatua de bronce a tamaño real de Ernest Hemingway en el lugar que ocupó durante más de 20 años. En la barra en la que los disciplinados camareros —ataviados con camisa blanca, delantal, corbata y chaqueta roja— preparan los combinados.

Valía la pena visitar La Habana para ver a Constante en acción»

Constante llegó al Floridita en 1914 como dependiente y en 1918, junto con dos empleados más, adquirió el bar. El lloretense era un hombre muy emprendedor, con mucha iniciativa y una gran capacidad de trabajo.

Floridita bar, Havana, Cuba. Foto: El Floridita

Entraba al Floridita a las siete de la mañana y se iba de madrugada, cuando se despedía el último cliente. Desde su llegada a La Habana, Constante había sido cantinero, aprendiendo y mucho de algunos de los mejores bares de la capital. En el Floridita, las cosas no salieron bien al principio pero, a pesar de tener grandes deudas, convenció a sus socios para que le vendieran su parte.

El retrato que de él hace el historiador Ciro Bianchi es que «Constante era un hombre de estatura regular, bien plantado, muy serio. Afable, pero parco. Entablaba el diálogo solo cuando el cliente buscaba conversación. Bebía tan poco que casi podría decirse que era abstemio. En fiestas particulares (si asistía a alguna) no era raro que se diera su trago, pero en el Floridita lo hacía únicamente cuando no podía eludir el compromiso. Creaba un coctel para un cliente y jamás lo cataba antes de servírselo ni después». 

Héctor Zumbado, escritor y ensayista cubano, cita en El sexto sentido del barman, sin dar su nombre, a un escritor inglés. Éste, viendo trabajar a Constante, exclamaba: “Seis de ustedes visitan el Floridita y piden el cóctel Mary Pickfords. Un muchacho exprime la piña mientras que otro ayudante llena con hielo seis vasos a fin de enfriarlos. Cuando el jugo de piña está listo, Constante lo vierte en una coctelera gigante, toma la botella de ron y, sin mirar, echa una cantidad en la coctelera. También sin mirar, echa en la coctelera el curazao o la granadina. La bebida se bate pasándola de una coctelera a otra, con lo que se forma un semicírculo en el aire. Esta proeza se repite varias veces y Constante entonces saca el hielo que enfrió los vasos, coloca los vasos en hilera sobre el mostrador y con un solo movimiento los llena todos. Cada vaso queda lleno exactamente hasta el borde y en la coctelera no queda una sola gota. Vale la pena visitar La Habana solamente para ver a Constante en acción”.

Ernest Hemingway y Spencer Tracy en El Floridita. Foto: El Floridita.

Cuando el barman muere en 1952 y es enterrado en el Cementerio Colón de La Habana, Hemingway escribe: “Ha muerto el maestro de los cantineros. Inventó el Floridita…”.

Paseo por la historia con los asesores más indicados

Además de Ciro Bianchi, el film cuenta con la participación del conocido actor Jorge Perugorría. También colaboran en la cinta, José Rafa Malem presidente de la Asociación de Cantineros de Cuba (AC), José Villa Soberon, y el historiador y exalcalde de Lloret Joan Domènech, entre muchos otros. 

Malem afirma que el Floridita es la cuna del daiquiri y que Constante “pasó y permanecerá por siempre jamás en la historia de la cultura cubana como fundador de un bar donde empezó como empleado, acabó como propietario y dejó como legado una historia inolvidable”.

“Dicen que el Floridita es la cuna del Daiquiri, y nosotros decimos también que es la cuna de los Daiquiris. El que creó Constante es el aula magna de la coctelería cubana”, añade. Ribalaigua murió el 1952 y su hijo Jorge vive ahora en los Estados Unidos.

Ramon Vilaró con el busto de Hemingway. Foto: Vilaró

El documental, que se ha podido ver en el Instituto Cervantes de Moscú, tuvo su preestreno oficial el 15 de diciembre en el Teatro de Lloret, población marinera, pescadora y ahora turística de la Costa Brava que vió nacer a muchos indianos ilustres.

Algunos de ellos son el propio Ribalaigua, el capitán Cunill i Sala, Narciso Gelats, Narciso Font y los hermanos Sala Parera, pero que también cuenta con otro mito de la mixología universal: Miquel Boadas. Se trata de uno de los padres de la coctelería en España, que coincidió durante un tiempo en el Floridita con Ribalaigua pero que, a diferencia de Constante, regresó a Cataluña y fundó el Boadas Cocktail Bar en Barcelona, en el 1933. 

Un autor de gran mundo: Ramon Vilaró

Nacido en Vic el 1945 y establecido actualmente en Lloret, ha sido testigo de excepción y protagonista de primera mano de múltiples acontecimientos de medio siglo de historia. Vilaró es periodista, escritor, documentalista y un gran investigador de la historia. También es un erudito cronista de viajes.

Ha sido corresponsal de El País en Bruselas, Washington y Tokio (1976-1989). Columnista de La Vanguardia. Subdirector del diario Cinco Días. Delegado de Cambio16 desde 1998. Autor de libros de ensayo: EE.UU (1985) Japón (1989), Nova York y Washington (1996), Gringolandia (2004), Sol Naciente (2011) y Mabuhay (2016) y, en inglés (2017).

Constante y los daiquiris. Foto: El Floridita

En novela, es autor de Dainichi (2000) y, en japonés, bajo el nombre de Samurai y Cristo (2011), Tabaco, (2002) La novela Tabaco (40.000 ejemplares) y La última conquista (2006). 

Es gran experto en Cuba, sus historias y sus cigarros puros. De hecho, Ramon descubrió la figura de Constantí Ribalaigua en uno de sus viajes a Cuba, cuando visitó El Floridita, y cuenta que la obra “explica la vida de Ribalaigua, sus orígenes lloretenses y su creatividad, enfatizando el tratamiento que hizo del daiquiri con hielo». 

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