¡Por fin solo!

Tras 40 años con Tricicle, Carles Sans se lanza a la aventura por su cuenta. Así son sus primeros 90 minutos solo y sin parar de hablar

Ha llegado uno de los días más decisivos en muchos años de profesión. Es mediodía, he comido apresuradamente y con poco interés. Me falta todavía llenar la maleta de mano con los enseres que un actor necesita en su camerino antes de la función. Objetos que durante 40 años me he encontrado siempre, con minuciosa disposición, sobre la mesa del camerino compartido con mis socios, mis dos amigos y compañeros de Tricicle.

Ahora, después de haber tomado la decisión de parar la actividad de la compañía, después de haber recorrido medio mundo y haber actuado en multitud de teatros frente a cientos de miles de espectadores, he decidido seguir trabajando en solitario con un espectáculo que reúne las mejores anécdotas personales y profesionales vividas durante todo ese tiempo.

Un monólogo que rompe con el silencio que tanto ha significado en Tricicle. Un reto nuevo que, a estas alturas de mi vida, supone tomar las riendas sin la presencia de nadie más. Noventa minutos solo y sin parar de hablar. Un reto ilusionante, que, todo hay que decirlo, sin el convencimiento y el estímulo que me ha dado la mujer que me acompaña desde hace 27 años, seguramente no hubiese tenido el valor de tomar.

Primer ensayo con público

Pasan unos minutos de las tres y voy colocando dentro de la maleta todo cuanto necesitaré antes del primer ensayo general con público de esta tarde. Después de muchas semanas de trabajo bruscamente interrumpido por la covid-19, ahora he vuelto para terminar lo que había empezado: un proyecto, un reto que significa una nueva vida profesional.

Mientras conduzco en dirección al teatro, pienso en que estoy a pocas horas de saber si todo lo ensayado a puerta cerrada durante tantas semanas habrá valido la pena, o si por el contrario habrá sido un proyecto mal calculado. Los comediantes trabajamos para conseguir el mayor número de carcajadas posibles durante la representación; cada risa, cada aplauso es como una pepita de oro que hay que cuidar para que no se pierda y salga a relucir todos los días durante la función. Pero la intuición no es infalible, y tanto el actor, el director y todo su equipo pueden equivocarse y eso se sabe el día del ensayo general con público; es decir, esta tarde. Hoy sabré si la risa del público, su energía o sus preocupantes silencios me demuestran que aquello podría ser un éxito o un más que probable fracaso.

¡Por fin solo!

Conduzco y voy pensando en las horas de memorización de un texto con el que todavía ando inseguro. Aprendérmelo no ha sido fácil porque nunca he tenido que memorizar demasiados. Me he aprendido muchos gestos pero pocas palabras. Llego al teatro. El equipo técnico me recibe y siento un solidario compadecimiento. Ese día todos están contigo, pero sabes que estarás solo durante la función. Entro en el camerino. Es amplio, desangelado, algo frío.

30 minutos para comenzar

Con Tricicle nunca conocimos la vaciedad de un camerino porque cuando llegábamos ya todo estaba en su sitio: las toallas, la ropa de la función, los zapatos, incluso un televisor que siempre iba con nosotros y en el que veíamos los partidos del fin de semana. Además la presencia de mis colegas Joan y Paco llenaba los camerinos siempre compartidos, fuesen grandes o pequeños. A tres horas de comenzar todavía quedaban por ultimar algunas cosas de la función. Las luces, el sonido siempre necesitan de un último retoque. Luego, en la intimidad del camerino, uno susurra en su cabeza el texto mil veces por hora. Llega el momento en el que el público entra en la sala. El regidor me advierte que quedan 30 minutos para comenzar.

«A cinco minutos [de salir a escena] no hay veteranía que valga; es como si nada de lo hecho valiera para un momento así. Me siento un aprendiz»

Carles Sans

Entonces, mientras oigo el lejano murmullo de la gente que va llenando el patio de butacas, me afeito y me visto con el traje de la función. Bebo agua, respiro profundo, camino entre aquellas cuatro paredes sumido en el texto que sigo repitiéndome y del que todavía me quedan ligerísimas lagunas.

Decido no contestar los whatsapps que algunos amigos me mandan deseándome suerte. Lo haré después, cuando sepa el resultado.

Salgo del camerino. Camino solo por un largo pasillo que me conduce hasta el escenario. Allí todo es oscuridad, la luz de la platea se refleja tenuemente en nuestras caras, e intento sacar una conversación banal que nada tiene que ver con la función. José Corbacho, cuya ayuda en la dirección ha sido fundamental, me hace compañía. Vuelvo a caminar de un lado para otro repitiéndome internamente las frases con las que arranco la función. Estoy a cinco minutos de demostrarme a mí mismo de lo que he sido capaz. En ese instante no hay veteranía que valga; es como si nada de lo hecho valiera para un momento así. Me siento un aprendiz.

Cartel de la primera función de Sans sin Tricicle.
Cartel de la primera función de Sans sin Tricicle.

Disfrutar a solas

Bajan las luces del teatro y suenan los altavoces: “¡Señoras y señores con todos ustedes Carles Sans!” Las luces del escenario se iluminan, la música trona por los cuatro costados y salgo brazos en alto y arranco a hablar. El público aplaude, yo siento un temblor interno, el texto fluye y ellos comienzan a reír; cuento una anécdota tras otra y siguen riendo, me interrumpen los aplausos. Esto funciona. Me tranquilizo, me empiezo a sentir cómodo, y una hora y media después, cuando el espectáculo llega a su fin, me gustaría seguir actuando.

El público me despide entre aplausos, les saludo desde una nube y entro, de nuevo, en la oscuridad del interior del escenario. Luego vienen las felicitaciones del equipo y vuelvo a encontrarme solo en el camerino blanco y frío, con la adrenalina disparada y la euforizante sensación de que ya no hay nada que temer.

Ahora tendré, solamente, que perfeccionar y mejorar muchas cosas, pero ya sé que con este Por Fin Solo podré disfrutar, a solas, por todos los escenarios de España. Un viaje que seguro valdrá la pena y que no ha hecho más que empezar.

a.
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