La jaula de las locas: ¿por qué nos divierte ver a personas fingiendo ser lo que no son?

La exitosa comedia dirigida y protagonizada por Àngel Llàcer regresa al Tívoli entre protestas de los trabajadores de Balañà y dudas sobre un futuro confinamiento

Hace unos días, Pablo Casado, líder del PP, subía a la tribuna del Parlamento durante la moción de censura de Vox y sorprendía a todo el mundo con un apasionado discurso en el que aseguraba que él era una persona moderada y quería apartarse de cualquier discurso agresivo y poco constructivo. El líder de Vox, Santiago Abascal, se quedó de piedra. No fue el único, pero está claro que a él le afectó más. Casado votó en contra de la moción y de pronto la noticia ya no fue que Abascal había perdido o que Pedro Sánchez había ganado, sino que Casado había dado un giro inesperado a su discurso.

No sabemos si ese discurso era sincero o una mera estrategia política, pero tampoco es importante. Imaginemos que era una retórica muy estudiada y fingida. Ahora vayamos un poco más allá e imaginemos que nosotros somos el público de una obra de teatro y que sabemos de antemano que es un discurso estudiado y fingido. Es decir, sabemos mucho más que el resto del Parlamento. Escuchemos entonces el discurso otra vez, veamos la reacción del resto de partidos, sobre todo la de Vox. Lo que tenemos entonces, sin ninguna duda, es una comedia de equívocos, el gran género teatral español, convertido en obra maestra durante el Siglo de Oro. Porque si algo nos hace reír en este país es en lo tontos que son los demás y lo fácil que es engañarles.

Música y comedia

Esta sensación no se consigue de forma más directa y eficaz que cuando el público de una comedia sabe mucho más que los personajes. Ésta es una de las claves del éxito de La jaula de las locas, la comedia musical basada en la obra de teatro de Jean Poiret, que lleva desde 1983 en todos los teatros del mundo. Su éxito fue tal que incluyó una célebre adaptación cinematográfica con Robin Williams de protagonista.

La premisa de la obra es una nueva desviación del vodevil clásico y la comedia de equívocos. Dos homosexuales que regentan un club de drags se verán obligados a hacer ver que son un matrimonio convencional cuando el hijo de uno de ellos les presente a su prometida, la hija de una pareja ultraconservadora. La sencillez de la puesta en escena inicial no esconde, sin embargo, un calado mayor.

El mensaje de la obra es que todos somos personas disfrazadas. El problema es que tenemos que disfrazarnos para ser quienes queremos ser, no para ser lo que no somos o lo que nos dicen que tenemos que ser

El gran qué de esta comedia y la razón de su éxito es la reivindicación de la pareja homosexual. Ellos siempre se han “disfrazado” para ser verdaderamente quienes son. En su caso, son drags, pero podrían ser cualquier otra cosa. Su canción emblemática es Soy lo que soy, todo un himno desde su estreno para la comunidad LGTBI, y que quiere decir simplemente que soy lo que me da la gana ser, nada más, pero nada menos. Ahora, por primera vez en sus vidas, se tendrán que disfrazar para ser quienes no son, lo que hace que el juego de espejos sea brillante y revelador.

Disfraces y autenticidad

Disfrazados son auténticos, sin disfraz son falsos, demostrando que la premisa de la máscara como ocultación de la realidad es absurda. La máscara es la auténtica reveladora de la realidad. El mensaje es bien sencillo, todos somos personas disfrazadas, personas con máscara, ese nunca es el problema. El problema es que tenemos que disfrazarnos para ser quienes queremos ser, no para ser lo que no somos o lo que nos dicen que tenemos que ser.

El transformismo en la comedia teatral viene de lejos y tiene hitos como Noche de Reyes, de William Shakespeare, que utilizó este esquema en al menos cinco obras más. Lope de Vega, el gran maestro, utiliza este recurso cómico al menos en 80 obras, siempre con el disfraz o el juego de identidades con algún rol importante de la trama.

Noche de Reyes de William Shakespeare
Noche de Reyes de William Shakespeare.

La lista es infinita, a veces llegando a extremos esquizofrénicos. En Viktor und Viktoria, comedia alemana de 1933 dirigida por Reinhold Schünzel, se nos presenta el personaje de una mujer que se hace pasar por un hombre transgénero que afirma ser una mujer. Su éxito fue tal que se hicieron varias versiones, una francesa, una inglesa, hasta llegar a la más célebre, la dirigida por Blake Edwards, protagonizada por Julie Andrews y estrenada en 1983, el año del estreno de La jaula de las locas. ¿Soy lo que soy? Efectivamente, nadie puede decirte lo que eres salvo tú mismo.

‘La jaula de las locas’

Hace dos temporadas, Àngel Llàcer se hizo cargo de esta comedia musical y realizó una sobresaliente versión que llenó el Teatro Tívoli con más de 140.000 espectadores. El público disfrutó de lo lindo con este gran juego de disfraces, sobre todo con esa sensación de sentirse más listos que la pobre pareja ultraconservadora, que no sabe que les están engañando de cabo a rabo al ofrecerles la imagen de pareja que quieren ver y no la que es. Los equívocos se sucederán uno tras otro hasta llegar al absurdo y a la más sonora carcajada.

En su primera adaptación de ‘La jaula de las locas’, Àngel Llàcer llenó el teatro Tívoli con más de 140.000 espectadores

Siempre está bien hacer que el público se sienta más inteligente que los personajes. Si no parece que estás en un sermón y eso pone al espectador a la defensiva. La comedia, por tanto, es la mejor manera de implantar importantes mensajes sociales.

Ahora Llàcer regresa al Tívoli con una nueva versión de la comedia musical con la necesidad de ofrecer al público, ahora poco reacio a salir de casa, una obra de calidad contrastada. Ivan Labanda acompaña en escena al director y actor en un montaje que mueve a 80 personas entre actores, bailarines, técnicos y músicos y que estrena nuevas coreografías de Míriam Benedítez.

jaula de las locas con Angel llàcer en el centro
jaula de las locas con Angel llàcer en el centro

A diferencia de la primera adaptación, ésta es más corta, poco más de dos horas, y no se realiza entreacto para adecuarse a los condicionantes sanitarios de la era covid. El aforo, por supuesto, está limitado a menos del 50 por ciento. Aun así, todavía está en el alambre. Primero el toque de queda la ha dejado tocada, pero al final ha podido asegurar funciones. Ahora habrá que ver si un posible confinamiento de fin de semana o, peor aún, uno total durante 15 días la mantiene en cartelera o acaba por tirar la toalla y esperar a volver en tiempos más amables.

Rodeada de polémica

De momento, las perspectivas son poco halagüeñas, pero la comedia sigue siendo igual de importante y divertida. Lo que está claro es que la obra no está hecha para épocas amables, sino para tiempos difíciles, para que todos disfruten del disfraz que quieran y se diviertan siendo quienes quieran ser. Porque si el mundo se acaba, vale la pena que te pille con tus mejores galas o al menos la mejor representación de ti mismo.

La verdad es que a la obra siempre le ha rodeado la polémica, sin ni siquiera pretenderlo. El pasado jueves, en su estreno, decenas de indignados trabajadores del Grup Balañà, dueño del teatro, protestaron a sus puertas por lo que afirmaban ser despidos injustificados e ilegales. En total, ha habido 12 despidos, un 70% del total de trabajadores. La empresa promotora asegura que los despidos se deben a que han externalizado los servicios que ofrecían. De esta forma, se han visto afectados el personal de sala, de bar y de taquilla.

La vida no parece en estos momentos una comedia, ni mucho menos, pero en realidad nunca lo es. Esperemos que el conflicto se solucione favorablemente para ambas partes y que el teatro siga adelante, si la covid lo permite.

a.
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