Cuando Barcelona inspiró las mejores obras de Tennesse Williams

El Teatre Nacional de Catalunya presenta una nueva adaptación de ‘La nit de la iguana’, dirigida por Carlota Subirós, que reafirman el amor de la ciudad por el dramaturgo estadounidense

El verano de 1953, Tennessee Williams estaba en su habitación del Hotel Colón, en uno de los julios más calurosos que se recuerdan. Asfixiado por las cuatro paredes, con la pintura corrida por la extrema humedad, salió a dar un paseo por el Barrio Gótico.

Sin saber cómo, acabó en la Barceloneta, donde a orillas del mar vio a un grupo de niños de aspecto lúgubre y desamparado, con sus caras pintadas por la suciedad. No se atrevió a acercarse. Parecían de otro mundo. Cantaban en busca de limosna a cualquiera que se cruzase en su camino. Habría seis o siete y aguantaban latas colgadas al cuello para tener un poco de percusión para sus improvisadas serenatas.

El dramaturgo vio un ellos una especie de bandada de cuervos crepusculares y la imagen quedó tan gravada en su memoria que unos años después los utilizaría como el atroz final de su excelente De repente, el último verano.

La obra se puede ver hasta el 28 de marzo. Foto: May Zircus-TNC

Como un golpe al estómago

De esta época también se remonta La noche de la iguana, una obra en la que vuelve a explorar el fondo del deseo, la culpa y la irracionalidad moral.

‘La noche de la iguana’ es casi una advertencia de cómo el deseo no aceptado puede degenerar en odio, rencor y muerte

Si De repente, el último verano lo hacía de una forma más metafórica, como un cuento simbólico, un sueño o, mejor dicho, una pesadilla existencial, en La noche de la iguana lo representa de una forma más realista y directa, casi como un puñetazo en el estómago.

El resultado es una de sus obras más estremecedoras y casi una advertencia de cómo el deseo no aceptado y celebrado como revelación personal puede degenerar en odio, rencor y muerte.

Carlota Subirós dirige esta representación de ‘La nit de la iguana’ . Foto: May Zircus-TNC

La obra en el TNC

El Teatre Nacional de Catalunya (TNC) acoge ahora una adaptación de la seminal obra de Williams, que en el cine popularizaron William Holden, Deborah Kerr, Ava Gardner y la célebre “Lolita” en persona, Susan Lyon, bajo dirección del gran John Houston.

Carlota Subirós traduce, adapta y dirige esta nueva versión que se adentra sin remilgos en los estragos emocionales de unos personajes que se mueven entre el deseo y la represión sin poder evitar el cataclismo que se avecina.

La pasión de Williams por Barcelona

Sus veranos en Barcelona vuelven a ser fuente de inspiración para esta obra. Williams estuvo tres años regresando a la Barcelona de mediados de los 50, que le servían de refugio del mundanal ruido de Broadway y Hollywood, y le permitían ser un “americano” más perdido en las calles del Raval en busca de amantes jóvenes y experiencias de levedad y erotismo.

La Barcelona de los años ’50 fue una musa inspiradora para Williams. Foto: May Zircus-TNC

Barcelona se convirtió así en una especie de paraíso perdido y una fuente tanto de placer como de culpabilidad, que daría pie a esta época de exploración sobre el deseo.

Para Williams Barcelona se convirtió así en una especie de paraíso perdido y una fuente tanto de placer como de culpabilidad

Incluso cuando se adaptó al cine De repente, el último verano fue él quien insistió que se rodase en las playas de Barcelona, sobre todo en el pueblo de Begur, donde Elizabeth Taylor se regocijaba al sol.

El reparto de la obra

La obra del TNC cuenta con un reparto de campanillas que incluyen a Joan Carreras como Lawrence Shannon, el retirado e inestable párroco reconvertido en guía turístico que esconde en el alcohol su incapacidad de librarse del deseo.

Junto a él están Paul Berrondo (Jake Latta); Màrcia Cisteró (Hannah Jelkes); Ricardo Cornelius (Pedro); Antònia Jaume (Srta. Fellowes); Paula Jornet (Charlotte Goodall); Wanja Manuel Kahlert (Wolfgang Fahrenkopf); Nora Navas (Maxine Faulk); Hans Richter (Herr Fahrenkopf); Juan Andrés Ríos (Pancho); Claudia Schneider (Frau Fahrenkopf) y Lluís Soler (Nonno).

El paraíso mexicano es la contracara de la capital catalana. Foto: May Zircus-TNC

Cara y cruz de Barcelona

El argumento nos lleva a un espacio idílico de la costa pacífica, en un México soleado, asfixiante y sin color. Es el negativo a trasluz de Barcelona. El paraíso que esconde un infierno. Barcelona era el infierno que escondía un paraíso.

En ese apocalipsis de deseo y represión, Williams nos presenta a Lawrence Shannon, antiguo párroco con un misterioso y oscuro pasado que le llevó a un centro psiquiátrico.

Allí se reencuentra con una antigua amante y con la seducción de una joven que le enfrentará a su guardia custodia, una terrible monja castradora.

Es Tennessee Williams, o sea es deseo y tragedia, y el final será digno de todos los presagios de imposibilidad y destrucción.

Retrato de Tennesse Williams. Foto Angus McBean

Un motivo para olvidar la pandemia

Como cuenta Subirós: “En esta obra rica y poderosa, todos los colores se mezclan como en una grandiosa puesta de sol. El costumbrismo, el existencialismo, el melodrama, la comedia, la tragedia, el expresionismo, incluso lo grotesco. En el centro, la figura de Shannon, ese hombre que puede esconderse todo lo que quiera, pero que el deseo siempre le encuentra desnudo y vulnerable”.

El montaje podrá verse del 11 de febrero al 28 de marzo. Si hay un buen motivo para olvidarse de pandemias y acercarse sin miedo al teatro, es esta obra.

La torturada relación de Williams

La importancia de La noche de la iguana en la vida de Williams es indiscutible. Estrenada en 1961, su gira se convirtió en “la peor que haya tenido nunca”.

Allí se cimentó su torturada historia de amor con Frankie, Frank Merlo, actor y secretario personal al que dedicaría la obra La rosa tatuada. Cuando la compañía llegó a Detroit el perro de Frankie mordió tres veces a Williams después de que éste saltase en la cama de su amo.

Tuvo que ser ingresado en el hospital y Frankie no tuvo más remedio que sacrificar al animal.

Andy Warhol y Tennessee Williams.

En su relación empezó a crecer un cierto resentimiento entre el joven y guapo Frankie y el maduro dramaturgo, que ya era considerado uno de los grandes de las letras estadounidenses.

La infidelidad de Williams, al que Truman Capote señaló que “se lo había follado todo”, hizo que los últimos años de vida de Frankie estuvieran marcados por los celos y la violencia.

Aún así, cuando murió, Williams lo lloró con desolación. Solía marcharse a Barcelona solo, sin Frankie. Ahora ya no podía echarlo de menos y no volvió a escribir nada del calado de La noche de la iguana.

Joan Carreras encabeza el elenco. Foto May Zircus-TNC

Aquellos veranos en Barcelona

Los tres veranos que Williams estuvo en Barcelona fueron del 53 al 55. Durante esos años, escribió, entre otras, La gata sobre el tejado de zinc. ¿Pudo escribir fragmentos de una de sus grandes obras maestras en la Ciudad Condal?

Difícil de decir, pero Williams siempre aseguró que vivir sólo era adquirir material para escribir sobre ello, así que todo es posible.

Aun así, solía ser lento a la hora de asimilar sus propias vivencias y trasladarlas al papel. Lo que le ocurría tardaba mucho en reflejarse en sus obras. Por ello, tres años después, en el 58, estrenaría De repente, el último verano y en el 61 La noche de la iguana las dos obras realmente “barcelonesas” del autor.

Redescubrirlas de nuevo, en plena pandemia, es algo que nadie se puede perder.

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