La danza (y su creación) en tiempos de COVID

El cuerpo y el espacio, grandes herramientas de la danza, son la parte frágil en esta pandemia. ¿Cómo se crea movimiento en esta situación? Cuatro coreógrafas y bailarinas nos lo cuentan

Decía Martha Graham que “la danza es el lenguaje oculto del alma”. Seguro pero la danza es también, y de manera más evidente, el lenguaje manifiesto del cuerpo. En tiempos de COVID, el cuerpo anda tocado por la soledad a dos metros de distancia, a resguardo de otros poco conocidos, tuneado con mascarillas y desinfectantes. Con este escenario, ¿es posible la creación colectiva en danza, cuerpos coronados por la libertad?

Sin duda, aunque con algún matiz que deja al descubierto la importancia de no pocos detalles. “Ver a los bailarines ensayar con mascarillas resultó raro y en mí, que estaba creando la pieza, se producía una desconexión al no poder verles sus caras, que también deben bailar”. Lo explica Mar Aguiló, bailarina de la Compañía Nacional de Danza desde hace catorce años y coreógrafa, junto a Joaquín de Luz, director de la agrupación, y Pino Alosa, del espectáculo Arriaga, último estrenado por la compañía.

“Nos tocó crearlo durante el confinamiento”, continúa, “al principio a través de plataformas virtuales y, en cuanto se pudo, en la sala de ensayo. El pensar que los cuerpos de los 20 bailarines no podían tocarse me marcó mucho el material coreográfico, pero lo que marcó, sobre todo, fue trabajar juntos después de tres meses de aislamiento. Ha salido un montaje muy fresco, intuitivo, liberado”.

¿Bailarines que no puedan tocarse?

El tiempo fue pasando, los datos ajustándose y los tests más accesibles. Una vez superados, los colectivos artísticos se convertían en unidad familiar en las salas y recuperaban algo de espontaneidad. “Retomamos los ensayos el 31 de agosto y para entrar en el teatro nos hicimos los tests, que dimos negativo”, cuenta la bailarina y coreógrafa Poliana Lima. “Cuando estoy dentro de la sala de ensayo lo gozo. Por un momento se me olvida la situación que tenemos, pero la realidad te la devuelve rápidamente con los aforos tan reducidos o la imposibilidad de invitar a programadores internacionales”.

Ensayo de las cosas se mueven pero no dicen nada, de la bailarina y coreografa Poliana Lima. Foto: Teatros del Canal.
Ensayo de las cosas se mueven pero no dicen nada, de la bailarina y coreografa Poliana Lima. Foto: Teatros del Canal.

Lima acaba de estrenar Las cosas se mueven pero no dicen nada, una obra para doce bailarinas que permanecen en escena a un par de metros de distancia. “Comencé a idearla hace tiempo y no está pensada de esta manera por la COVID, pero ha resultado perfecta para este momento”, declara la coreógrafa. “Cualquier arte que implique presencia es frágil con la situación que vivimos. Pero lo que más me asusta, en última instancia, es que la sociedad se polarice y la cultura, estandarte de libertad, tolerancia, etc. vea mermado el encuentro y la reflexión”.

Teatros seguros

“Los teatros son los sitios más seguros en este momento, pero no se está contando lo suficiente”. Lo dice Mónica Runde, bailarina y coreógrafa que se encuentra preparando junto al resto de la compañía 10&10, el trabajo Dos de Gala (26 y 27 de septiembre en Teatros del Canal), un recorrido por la figura de Gala, más allá de Dalí.

«La pandemia estará en las artes a todos los niveles; se trata de uno de los acontecimientos colectivos más fuertes que hemos vivido en los últimos años”

María Pagés

“Nos hacemos pruebas cada quince días, dejamos los zapatos fuera del estudio y nos lavamos mucho las manos”, cuenta. “Mi familia es ahora la compañía y por precaución procuro no ver a nadie más. Cada vez que nos hacemos el test y damos negativo aprovechamos para abrazarnos”. Cuenta esta bailarina que, más allá de la preocupación sanitaria y cumplir los protocolos requeridos de manera escrupulosa, su gran inquietud por el mundo de la danza pasa por la incertidumbre. “Además de algunas funciones que nos han anulado con otro trabajo, ahora estamos creando Dos de Gala sin saber realmente si podremos estrenar. El horizonte y la proyección se estrechan y se crea de otra manera”.

Autorretrato, de Maria Pages. Foto: Hiroyuki Kawashima.
Autorretrato, de Maria Pages. Foto: Hiroyuki Kawashima.

La necesidad de contar

“Todos los acontecimientos de la vida influyen en el arte y, por supuesto, la pandemia estará en las artes a todos los niveles; se trata de uno de los acontecimientos colectivos más fuertes que hemos vivido en los últimos años”, explica María Pagés, bailaora y coreógrafa, directora del Centro Coreográfico María Pagés de Fuenlabrada, que está montando Paraíso de los negros,una producción inspirada en Poeta en Nueva York, de García Lorca, con dramaturgia del escritor El Arbi El Harti, que se verá del 15 al 25 de octubre en Teatros del Canal.

“Va a repercutir en la creación, en la gestión y va a mermar algunas cosas. Por eso hay que estar muy atentas a que no se nos caiga el arte ni se difumine, al contrario hay que reforzarlo. En cierta manera esto puede ser una revolución”.

Preguntada por el público, parte fundamental en el acto comunicativo, Pagés aplaude y subraya la fidelidad de la comunidad de espectadores que entiende la necesidad de seguir adelante.

“Antes de subirme a un escenario me fui de espectadora para ver cómo era el estar con mascarilla frente a un espectáculo, poder experimentar como público lo que sentirían quienes vinieran verme a mí. Y puede decir que una vez que se levanta el telón, agudizas los sentidos y te centras. Lo que pasa en el escenario sigue siendo igual de mágico, especial y emocionante y, de alguna manera, te reconcilia con la normalidad”.

a.
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