Daniel Abreu: “El movimiento permite que las ideas fluyan”

Dice Daniel Abreu que nunca estuvo en sus planes ser bailarín y que fue su actitud y no su aptitud la que le empujó a un mundo en el que ha logrado triunfar

Para comprender la magnitud de la hazaña creativa de Daniel Abreu (Santa Cruz de Tenerife, 1976) es recomendable saber que, entre otras cosas, ha sido reconocido por el INAEM con el Premio Nacional de Danza, en la categoría de Creación (2014), y cuya compañía homónima cumple hoy 16 años de éxitos y audacias.

Así las cosas, basta con una conversación cara a cara para confirmar que la de Abreu es una trayectoria en equilibrada sintonía con su serenidad, una convencida inclinación por la soledad, su fascinación por la astrofísica y una obra escénica que apela a cuestiones psicológicas profundas: “Después de Psicología, estudié un Máster en Terapia Sistémica que me cambió la manera de ver y de entender las relaciones. De ahí surgen La desnudez, Abisal y, este último año, El hijo”. Si nos remontamos hasta sus primeros recuerdos en movimiento, el coreógrafo tinerfeño dice verse a sí mismo “escapándome de la cuna con tres años”. Y añade: “Recuerdo con nitidez ir caminando sin pañal, con una camiseta corta y descalzo por la casa, en busca de mi madre”.

¿Cómo y cuándo empieza a germinar la semilla de la danza?

No estaba en mis planes ser bailarín. En mi familia tampoco hay antecedentes en la danza, pero todos tienen una vena artística. La mía nació con una amiga del instituto me propuso hacer los coros, mientras ella hacía playback de Madonna en algunas verbenas. También sentí fascinación por la astrofísica hasta que me frustré en el instituto (risas). En la danza acabé casi por inercia. Del grupo que montó esta amiga mía, Isa Perdomo, acabé en la escuela de danza de mi pueblo, Matanza del Acentejo (Tenerife). Era la época de Dirty Dancing. De ahí salté al Centro Internacional de Danza de Tenerife, con Rosalina Ripoll y Miguel Navarro. Ellos supieron ver mi actitud, más que las aptitudes. No tenía cuerpo de bailarín.

Momento del espectáculo ‘El hijo’. Foto: Compañía Daniel Abreu.

¿Bromea?

¡Esto ha sido un trabajo de años! Nunca tuve condiciones físicas para bailar. He tenido la suerte de tener grandes maestros que me han enseñado cómo afrontar el contacto y el lado artístico del cuerpo. Lo que sí he tenido siempre presente es esa capacidad de comunicar y de rigurosidad escénica. Tras mi paso con varias maestras (Dania Salazar o Helena Berthelius), en 1999 me marché a Madrid con el dinero de una beca. Fue un momento clave en mi carrera. Financié las clases trabajando de modelo en escuelas de dibujo y enseguida entré a formar parte de Provisional Danza. El resto es historia.

«El streaming es uno de los grandes peligros de las artes escénicas. Es frío, distante y enfermo. Yo necesito sentir la respiración del bailarín en directo»

Daniel Abreu

¿Cree que el baile debería ser una asignatura obligatoria en la escuela?

La educación infantil tiene muchas carencias. Se preocupa por cubrir un currículo, sin tener en cuenta el lado creativo y las cuestiones emocionales del ser humano. En mi época, la única referencia ‘artística’ era Plástica y Pretecnología. Ni siquiera el profesorado está preparado para ofrecer asignaturas creativas, porque no les forman en esas ramas artísticas. Estudiar música no es saberse la historia de los músicos, es conocer la matemática de un pentagrama.

Más de quince años con su compañía, un puñado de reconocimientos y galardones e hijo predilecto en su tierra, ¿en qué momento se encuentra ‘la danza de su realidad’?

Acabo de hacerme un regalo, que es la producción de El hijo. Después de dos años de mucha intensidad y desgaste, tenía la necesidad de reencontrarme conmigo mismo como creador. No ha sido un proceso fácil, pero me ha dejado limpio para seguir adelante con gente a la que aprecio artísticamente como Dácil González (Premio Nacional de Danza 2019, en Interpretación). En este momento de mi vida, necesito mantener algunas losetas bien fijas al suelo y esta es una de ellas.  

Abreu asegura haber tenido más actitud que aptitudes para la danza. Foto: Daniel Olsson.

Y en este magma creativo, ¿qué lugar ocupa la docencia?

La casa donde se construye mi presencia artística tiene los pilares de la educación, de la creación y de la interpretación. La formación es la manera de transcribir tu conocimiento. Me encanta enseñar y me encanta aprender enseñando. Es un proceso muy inspirador y, a la vez, agotador.

Cuando uno recibe el Premio Nacional de Danza, ¿qué responsabilidad y qué repercusión conlleva un reconocimiento de esta dimensión?

Ha repercutido sobre todo por dos razones: ya no te tienes que presentar y, además, impone una responsabilidad. Al ser más visible, eres más cuestionado. Los premios suelen estar ligados a la tradición, en este caso al ballet clásico. Mi danza es heterodoxa. A mí la técnica me encanta, porque tiene que ver con la capacidad de expresión del cuerpo, pero eso no significa que, traducido a la creación, tenga que ser tradicional. Es complicado presentar programadas fuera de lo común a gestores culturales con poca amplitud de miras.

En 2018, ‘La Desnudez’ es galardonada con el Premio Max a la Mejor Coreografía, Mejor Espectáculo de Danza y Mejor Intérprete Masculino de Danza, ¿tuvo que desnudarse del todo para semejante proeza?

Lo dicen los psicólogos: la frustración es esencial para el proceso creativo. Eso no significa estar hundido en la miseria, es sobre todo hacerse preguntas que no siempre tienen respuestas. En el proceso de La desnudez, que duró dos años, entré de la mano de Dácil González y, después, se incorporó Hugo Portas. Me dejé llevar por la intuición y surtió efecto con mi equipo. Hay algo que tiene que pasar en la creación que se llama acto de fe. La desnudez fue eso: un acto de fe de todo el equipo.

La Desnudez cosechó tres premios Max. Foto: MarcosGpunto.

‘El hijo’ formó parte del programa del Festival de Otoño de Madrid, ¿qué desafíos supone un espectáculo con un solo bailarín?

Para mí no supone un reto el trabajo en soledad. Uno de esos regalos este año ha sido trabajar solo en el estudio. Lo difícil es contar desde las distintas caras a la misma persona. La obra se mueve desde conceptos más psicológicos que familiares. Hablo del hijo como del futuro, como legado de nuestras sombras que se proyectan hacia adelante. Ser hijo es transmisión. No habla de papá ni de mamá, sino de cómo estamos nosotros en la vida. (Tras su estreno en varias ciudades, en febrero, verá la luz en el LAVA de Valladolid).

«Ha sido un regalo saber que el entorno no nos necesita, la creación ocupa su lugar. Ese mensaje para un artista es potente»

Daniel Abreu

Como espectador, ¿se considera implacable o condescendiente con sus colegas?

Con los años, me he vuelto condescendiente. Soy muy crítico y me fijo en el más mínimo detalle, pero ahora veo las cosas con amabilidad, respeto y cariño. Uno ha de saber escuchar. Ahora uso mi ego para ponerlo a mi favor.

¿En qué medida la pandemia ha modificado su agenda profesional y personal de 2020?

Cuando nos confinaron, me encontraba en Bangalore (India) creando una obra para una escuela. Como iba con la Embajada de España, me llamaron un día de marzo y me dijeron que tenía que volver a Madrid esa misma noche. Al principio, estaba desubicado. Así todo, fue un alivio volver y parar un tiempo, a pesar de las cancelaciones y de los movimientos constantes de la agenda.

Cabeza. Foto: Javier Paz.

De todos esos cambios, ¿reconoce alguno positivo?

No ha sido un periodo fácil, pero tengo mucho que agradecer al confinamiento. Me pude administrar el tiempo. No me da miedo pasar tiempo solo, me caigo bien jajaja. Me permitió leer, meditar, hacer una práctica profunda que ha derivado en El hijo. Y hubo algo bello: ver la naturaleza de Madrid desde mi terraza, cómo se iba limpiando todo. Puede sonar a ñoñería, pero ha sido un regalo saber que el entorno no nos necesita, la creación ocupa su lugar. Ese mensaje para un artista es potente.

Muchos creadores han aprovechado sus días en casa para componer, escribir, dibujar… ¿Es igual de sencillo para un coreógrafo?

Lo más complicado es mantenerse en forma como bailarín. Hice mucho Ashtanga Yoga. Cuando salí del confinamiento, tuve que ponerme en forma rápidamente gracias al Bikram Yoga, con entrenamientos en el gimnasio y caminando. A mí me inspira mucho caminar o correr en la cinta cuando tengo que crear. El movimiento permite que las ideas fluyan. Durante el confinamiento era inviable, pero me dediqué a poner en forma la mente con la escritura de relatos y la lectura de textos de temática psicológica.

«He aprendido a vivir con menos y más despacio, aunque el ritmo me lleva a vivir rápido de nuevo»

Daniel Abreu

¿Qué cree que ha aprendido el mundo de esta crisis sanitaria?

Pienso que no mucho. Tengo la sensación de que somos como el selfie que te haces en Tokio: “Yo estuve allí”. Yo sí he aprendido a vivir con menos y más despacio, aunque el ritmo me lleva a vivir rápido de nuevo. Y me ha enseñado a que todos tenemos un amplio abanico de cosas por hacer y que nos podemos acompañar bien a nosotros mismos. Para mí, el silencio y el vacío que invadían Madrid fueron un regalo.

Mas o Menos Inquietos. Foto: Nathalie Debroise.

¿Y qué hay de positivo?

Hay algo en ese nuevo respeto por la distancia que me parece positivo y tiene que ver con los límites del espacio vital. A veces somos muy invasivos, hay mucho postureo con el cariño y no siempre es agradable.

En lo que respecta a la cultura, ¿qué reclamaría, si pudiera, a los responsables políticos?

La política se ha apropiado de nuestro comportamiento. Nos limita, en vez de posibilitar. Hay una especie de psicosis sobre la promoción de la política en los medios donde se ha establecido un juego que es de patio de colegio. La política no está cuidando al ciudadano, su deber en última instancia.

Apenas restan unas semanas de este 2020, ¿cuál es su balance y perspectiva de 2021?

Hay una cosa que me destroza últimamente y es ver esas colas de gente al lado de mi casa porque no tienen para comer. Esa crisis que ya se siente me preocupa. Desde las artes escénicas, nuestro sector se resiente. Esas limitaciones tan absurdas que obligan a cumplir en los centros culturales no son rentables. Eso es falta de sentido común. Hay grandes propuestas de la danza contemporánea española que han de verse y no en streaming, otro de los grandes peligros de las artes escénicas. Es frío, distante y enfermo. Yo necesito sentir la respiración del bailarín en directo.

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