Cuando los libros se convirtieron en obras de arte modernistas

Una exposición en Sitges revela cómo el modernismo elevó los libros a objetos artísticos, con cuidadas ediciones e ilustraciones realizadas por talentosos pintores

El modernismo en Cataluña, así como en otros lugares de España, surgió con fuerza en el último tercio del siglo XIX y el primero del XX en campos como la arquitectura, la pintura, las artes decorativas. Y también en el mundo editorial.

El Museo de Maricel, uno de los cinco centros museísticos de Sitges, presenta la exposición ‘El libro catalán en tiempos del modernismo’, un viaje no solo al auge de la industria editorial sino a comprender cómo los libros se convirtieron en uno de los formatos preferidos para llegar al Arte Total.

El modernismo y el auge editorial

Alrededor del 1900, la cultura catalana había pasado de tomar conciencia de su singularidad con el movimiento de la renaixença a integrarse en las corrientes vanguardista de Europa por medio del modernismo.

Cubierta de Indiana, de Gaspar Camps i Junyent. Foto Colección Marc Martí

Hacia el 1900 surge el libro objeto, cuidadas ediciones donde las ilustraciones y la encuadernación encarnaban nuevas formas de arte

Su eclosión en paralelo a la industrialización de las comarcas catalanas, sobre todo en campos como el textil y el editorial, llevaron a la aparición del libro objeto.

Este era un campo donde los hombres de letras dialogaban con las creaciones de una nueva generación de artistas, que imprimían su talento no solo en las ilustraciones interiores sino también en los diseños de las portadas.

Historia del Arte, de Domenech i Montaner. Foto Biblioteca de Catalunya

Los cambios en el mundo del libro

En la muestra organizada por este museo, en el casco antiguo de Sitges, se puede ver cómo era el proceso de creación de un libro, desde los dibujos originales de los ilustradores hasta su reproducción impresa.

A través de un gran número de ejemplares se pueden analizar los cambios de tamaño, color y aspecto, hasta la publicidad que generó la industria editorial con el movimiento del cartelismo, otro campo fértil para el arte modernista.

El auge del esteticismo

Los libros ilustrados, a fines del siglo XIX, se dividían entre las ediciones de lujo y los ‘de bibliotecas’, obras literarias pequeñas que destacaban por la riqueza de sus ilustraciones y encuadernación.

Fortuny, ‘Biblioteca Arte y Letras’, de Domenech i Montaner. Colección particular

El arte que se veía era típico del esteticismo, la corriente interna del modernismo que defendía la belleza en el arte.

Entre sus grandes talentos estaban Lluís Domènech i Montaner, Josep Lluís Pellicer, Josep Pascó, Alexandre de Riquer y Apel·les Mestres.

Sus ilustraciones, tanto en el interior de los libros como en las cubiertas, y su refinado gusto decorativo, ya anunciaban cómo sería la estética del modernismo.

También las encuadernaciones se convirtieron en pequeñas muestras de arte figurativo, con elegantes composiciones planas, estilizadas, simbólicas y decorativistas.

Canigó, de A.Soler. Colección particular

La pasión por coleccionar libros

Otro motivo que dio alas a este movimiento fue la pasión por el coleccionismo de libros, donde es clave la edición de libros de gran belleza a cargo de la Sociedad Catalana de Bibliófilos a partir de 1903.

El auge del coleccionismo de libros llevó a la creación de cuidadas ediciones a cargo de talleres especializados

Como sus seguidores querían tener ediciones únicas surgieron en Barcelona y otras ciudades catalanas numerosos talleres de encuadernación de gran calidad técnica, como los de Àngel Aguiló, de Anglada & Basa, de Miquel-Rius y el de Hermenegildo Miralle, entre otros.

Biblioteca Clásica Española, de Josep Vilaseca i Casanovas. Colección particular

Los libros de poemas

La llegada de las técnicas fotomecánicas de impresión permitieron a muchos artistas prescindir del grabador, por lo que las ilustraciones dejaron de ser un complemento gráfico del texto para convertirse en imágenes plenas que acompañaban al texto.

Ley jurídica de la industria, de Enric Prat de la Riba. Foto Biblioteca de Catalunya

Esta libertad creativa encontró su lugar en los libros de poemas, donde muchos escritores también se dedicaron a ilustrar sus palabras.

Sus dibujos transmitían el legado simbolista de los poemas, llenos de espíritus, ninfas, hadas y bestezuelas. Así, dibujo, poema y música se fundían creando una nueva experiencia sensorial, indican en el Museo Maricel.

a.
Ahora en portada