Los colores de Formentera en la cerámica de Concha Badell

Muerta de aburrimiento en la escuela, a los 16 años Concha Badell dijo “mamá quiero ser ceramista”. Y lo fue

“Quiero ser ceramista”. Así comenzó, con apenas 16 años, la carrera artesana de Concha Badell y sus hábiles manos acariciando el barro. Porque entre todos los materiales que existen, ella se queda con el barro “por la textura, el color, blanco o gris, los refractarios negros, me apasiona, es mi material”, dice.

Es la quinta de 8 hermanos. “Cuando Franco murió recuerdo la sensación de una España oscura y triste. En casa cambiábamos mucho de ciudad por el trabajo de mi padre, que era catedrático de Medicina, y a mí me tocó nacer en Pamplona”. Después fue a Valladolid y acabó en Barcelona, donde comenzó los cursos de cerámica.

Conexión Formentera

Continuó el aprendizaje en Manises, la tierra de las baldosas de cerámica (manisetes). Tampoco le interesó, “pasaba las horas dibujando pajaritos sobre las piezas” y sobrevino de nuevo el aburrimiento. Volvió a Barcelona, a la escuela en la que había comenzado y la contrataron de profesora. “Fue estimulante, me sentí presionada por mi propia curiosidad, por buscar algo nuevo, lo disfruté mucho”.

Sus piezas son imperfectamente bellas. Foto: Anna R. Alós.

Abrieron una sucursal de la escuela en el barrio de la Ribera, “pero los barceloneses no iban al barrio. En aquel momento conocí a Gabrielet, el ceramista que vivía y trabajaba en Formentera. Necesitaba una ceramista para traspasar sus dibujos y me fui con él a la isla, ni lo dudé”, cuenta.

“Llegué a Formentera en febrero, con la soledad absoluta, pero vi el color del mar, me senté en Es Caló y me quedé 10 años en una casita de La Mola. Allí nació mi hijo”.

Artesanos de La Mola

Eran los años 80, pronto construyó su propio horno y sus propias piezas. “Apenas nadie subía hasta La Mola, pero éramos todos artesanos, no como ahora que está lleno de ‘pasabolas’ y ya no me interesa, pero lo que sí me gusta es la Casa dels Majors, donde los mayores pasan su tiempo y también hay actividades culturales, como cine al aire libre, teatro, una sala de ordenadores. Ahora suelo ir a la isla en octubre, que ya están todos relajados y contentos”.

En aquellos años 80 montó la Fira de la Mola con un grupo de artesanos entre los que estaba el joyero Enric Majoral y en el 91 dejó la isla con un bebé de dos años para volver a Barcelona. “Tenía que tirar adelante y nada más llegar hice un curso de auto edición y me pasé 10 años maquetando libros”.

Concha Badell trabajando el barro. Foto: Anna R. Alós.

Mientras cuenta su historia, Concha construye una pieza. Masajea el barro hasta formar una bola compacta sobre la que después pasa un rodillo que la deja completamente plana y con el grosor que ella decide, el necesario en esta ocasión para un plato hondo. Después la coloca en el molde en el que irá dándole forma y cortando el material sobrante. “Este material se recicla, aquí no se tira nada”, dice. Una vez resuelta la forma, aplicará el esmalte para realzar y proteger la pieza si es que va a ser útil. Su obra puede verse los días 5 y 6 de septiembre en La Mercantil del Diseño en el Hotel ME de Sitges.

Azul Formentera

No le interesan los esmaltes industriales y se hace los suyos, “me permite tener los colores más propios, a los otros tiene acceso todo el mundo”. Cada año saca un máximo de 5 tonos y al ser artesanos la uniformidad es difícil.

“Yo peso los gramos de color y pongo la temperatura en el horno, pero el clima exterior también influye, puede haber variaciones”. De este modo logra su azul intenso, el verde suave, el negro, el blanco alterado por sus trazos dibujados en la superficie.

Badell crea sus propios esmaltes para tener colores únicos. Foto: Anna R. Alós.

Da clases a grupos de 4 personas, “pocos alumnos porque mi proyecto es estimular la creatividad, relajar, socializar, lograr la cohesión entre personas, lograr que disfruten con su trabajo. Para mí también es estimulante”, explica.

La maestra enseña la técnica y los alumnos deciden qué pieza realizar. Su duración es la de un curso escolar, aunque también convoca a seminarios concretos, como los grupos de niños para que realicen su set de desayuno, plato y bol, o para los adornos de Navidad.

La maestra y sus aprendices

El taller de la ceramista está en su propia casa rodeada de jardín en Cabrils, un pueblo de la costa del Maresme, cercano a Barcelona. Sentada en su porche concluye la conversación con una idea muy clara: “Lo mío es un concepto, la naturaleza, lo orgánico, no se trata de construir objetos sin sentido. Cada pieza es diferente y tiene su propia personalidad. No esperen que sean perfectas porque la belleza creo que está en su imperfección. Con ellas hay que saber jugar”.

Piezas especiales de la artista. Foto: Anna. R. Alós.

Es, además, un juego sin reglas en el que las formas y los colores avanzan mezclados al libre albedrío de quien las usa para llegar a la casilla final en la que todo es armónico y en este caso con sello de identidad.

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