Santander y sus barcos de hormigón

A la clásica postal de Santander con el palacio de la Magdalena, el hotel Real y el Casino hay que sumarle otra con edificios en forma de barcos blancos de hormigón. Arquitectura racionalista de entreguerras

En Santander hay muchos más edificios nuevos que modernos. Estos últimos se empezaron a construir en el periodo de entreguerras, un descanso que se dieron las potencias mundiales mientras se aniquilaban unas a otras sus respectivas generaciones de jóvenes. Leer Sin novedad en el frente, de Erich María Remarque, ayuda entender por qué en esa loca década de los años veinte romper con todo lo anterior era más importante que la intensidad con la que la gente consumía los rescoldos de vida que quedaban después de enloquecer en las trincheras.

En ese contexto incierto, en el que arriesgar era la única opción, caló el discurso arquitectónico de formas, volúmenes y colores de Walter Gropius, Ludwig Mies van der Rohe y Le Corbusier, padres de la arquitectura racionalista, precursores de la construcción masiva de viviendas para la clase obrera. Diseñadores de una utopía de la razón como principio de orden.

El Sardinero, coto de la realeza y la burguesía

Aquella manera de entender la luz y el espacio, de inspiración industrial y náutica, se introdujo en la conservadora Santander de puntillas, de la mano de arquitectos locales e insulares; Deogracias M. Lastra, Gonzalo Bringas, Javier González de Riancho y José Enrique Marrero, entre otros, razonaron con el irregular entorno de la ciudad y diseñaron construcciones lógicas, útiles y modernas, a las que vistieron de hormigón, acero y vidrio. Elegantísimos edificios de fachadas blancas a la sombra de los iconos de la ciudad: el palacio de la Magdalena (inspirado en el palacio de los duques de Santo Mauro, en Las Fraguas, donde se rodó los exteriores de la película Los otros, de Alejandro Amenábar, obra del arquitecto inglés Selden Wornum), el hotel Real y el Casino del Sardinero.

Palacio de la Magdalena. Foto: Belén de Benito.
Palacio de la Magdalena. Foto: Belén de Benito.

Edificios que convirtieron Santander en un real sitio de veraneo, donde reyes, aristócratas y altos funcionarios disfrutaron de baños de ola en una playa decorada con casetas, sillas y tumbonas rayadas. Para que aquellos ilustres veraneantes disfrutaran de su estancia se mejoraron los accesos al Sardinero y al palacio de la Magdalena con la apertura de la avenida de Reina Victoria.

A pesar de aquella burbuja de arquitectura decimonónica, vinculada a una burguesía pujante, los arquitectos cántabros son conscientes de la ambivalencia en la que se mueve la arquitectura contemporánea, entre los ideales artísticos y la realidad social y económica de principios del siglo XX derivada de la revolución industrial.

Deogracias M. Lastra, Gonzalo Bringas, Javier González de Riancho o José Enrique Marrero diseñaron en Santander construcciones lógicas, útiles y modernas a las que vistieron de hormigón, acero y vidrio

Barcos anclados en las calles

En la línea del muelle y en el ensanche santanderino aparecen edificios en forma de barco y de color blanco que muestran la incorporación de la ciudad al racionalismo; el edificio Siboney, el Club Marítimo y el Ateneo Popular son buenos ejemplos del racionalismo cántabro. Construcciones urbanas con aires industriales y marinos. Arquitectura de armadores en vez de arquitectos. Ninguno de esos edificios de formas volumétricas puras ardió en el gran incendio que quemó buena parte de la ciudad de Santander en 1941.

Edificio Siboney. Foto: Belén de Benito.
Edificio Siboney. Foto: Belén de Benito.

Puertochico y los jardines de Pereda son una prolongación del puerto de Santander. Parece que en vez de aceras uno camina por pantalanes. Pantalanes cubiertos de cemento que no se tambalean y en los que se amarran edificios que simulan barcos. Barcos sin quilla, con cimientos invisibles que les impiden navegar por la bahía.

Uno de esos buques de hormigón es el edificio Siboney, en la calle Castelar, proyectado en 1931 por el arquitecto canario José Enrique Marrero. Su porte imponente resalta en contraste con el resto de inmuebles historicistas que lo rodean. Es tan bonito y elegante que es una suerte que nunca zarpe, lo que sí hacía el trasatlántico del que toma su nombre y forma con destino a Cuba. Esta insignia del racionalismo santanderino no la desgasta ni el salitre, ni las miradas de la gente que no se cansan de su presencia. Los residentes del Siboney pueden ir o al garaje o al vecino muelle en el que atracan las embarcaciones de recreo en el Club Marítimo.

El Club Marítimo (1934) es un proyecto que podía haber firmado Le Corbusier, pero lo diseñó Gonzalo Bringas

El Club Marítimo es un proyecto que podía haber firmado Le Corbusier, pero lo hizo Gonzalo Bringas en 1934. También podía ser un ferry, pero es un edificio que se concibió para dar acomodo a los burgueses espectadores y participantes de las competiciones deportivas náuticas celebradas en la bahía. Al mismo, los socios y las visitas no entran, embarcan. Varios pilotes de hormigón armado lo levantan por encima del mar, junto al espigón de Puertochico, con el que le comunica una corta pasarela.

Club Marítimo, en Santander. Foto Belén de Benito.
Club Marítimo, en Santander. Foto: Belén de Benito.

Es un edificio funcional, con volúmenes nítidos y geométricamente simples, y asimétrico. Su fachada blanca tiene dos caras; una más urbana que mira a la ciudad y otra con unos grandes ventanales horizontales de marcos rojos y terrazas abiertas que mira al mar. Mar en el que navegan las embarcaciones que dirige el práctico desde el edificio de los Prácticos del Puerto, obra de Javier González de Riancho. Esta pequeña oficina, en la que su forma de barco, otra vez, deja entrever su función, rezuma templanza, la misma que gastan los prácticos en su trabajo. Al uso portuario hay que sumarle el de reunión popular. Cuando la meteorología acompaña, en los bancos adosados al mismo toman asiento algunos lugareños y celebran su particular consejo de ministros con vistas a la bahía.

En esa bahía en la que no pueden navegar ni el Siboney, ni el Club Marítimo, ni el edificio de los Prácticos, flota la isla de la Torre. Una miniatura en la que se asienta una Escuela de Vela a la que no le faltan los pertinentes guiños náuticos y que se aprecia mejor a bordo de una de las lanchas de la Pedreñera yendo a la playa del Puntal.

En Santander no solo algunos edificios son racionalistas; también lo son una parada de autobús y una gasolinera (que ahora surte cafés)

La razón como principio de orden

A medida que nos alejamos del mar los edificios racionalistas de Santander parecen esconderse entre otros edificios menos agraciados. Su sobria elegancia y la tipografía les delata en un entorno urbanístico cruel al que la gente se ha acostumbrado.

Ateneo de Santander. Foto Belén de Benito
Ateneo de Santander. Foto: Belén de Benito.

El Ateneo (calle de Gómez Oreña 5), proyectado por Deogracias M. Lastra en 1937, es un edificio construido en una calle en curva con desnivel. La topografía santanderina no hace concesiones a nadie, al Movimiento Moderno tampoco. Los amantes de esta arquitectura contemplan los huecos geométricos y simétricos de la fachada, lo que combina la sensibilidad racionalista de la época con una vocación institucional clásica. Los que no tienen conocimientos para ver esos elementos, sí reparan en las letras que nombran al edificio: A T E N E O.

Lo mismo pasa con el cine Los Ángeles, que también está en una calle empinada y angosta, su cartel de neón nos hace creer que estamos en Broadway. Tipografía que reproduce el nombre de la mujer del propietario del cine tal cual lo escribió en un papel. A Los Ángeles se va a ver mejor arquitectura que películas.

En Santander no solo algunos edificios son racionalistas, modernos, también lo son una parada de autobús y una gasolinera que ahora surte cafés. En la parada de autobús de san Martín, exquisita y funcional, uno se puede apear para ir a la mole del palacio de Festivales o arrancar a recorrer la avenida de Reina Victoria. Un paseo que da la espalda al racionalismo santanderino y se adentra en el historicismo que representan los edificios ya citados del palacio de la Magdalena, el hotel Real y el Casino del Sardinero.

Parada San Martín en Santander. Foto Belén de Benito.
Parada San Martín en Santander. Foto Belén de Benito.

Esta parada es buena arquitectura urbana sin pretensiones. Su cubierta elíptica, a modo de sombrero, la soportan unos cuerpos habitados en sus extremos, lo que habilita un espacio para que la gente se resguarde de la lluvia, del viento y, en los días de sol, disfrute de sombra, mientras se espera al autobús.

Rutina que ya no se repite en la gasolinera de los jardines de Pereda, convertida en cafetería con las obras del Centro Botín, de Renzo Piano. Una gasolinera que fue bella, útil y a prueba del viento sur que sopla en la bahía. Su voladizo elíptico, sujeto por dos esbeltos pilares, hacen que más que una gasolinera parezca una nave espacial sesentera. Desde entonces, mucha pretensión y poca modernidad en Santander.

a.
Ahora en portada